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Biografía

Tomás de IriarteLa breve vida de Tomás de Iriarte (Puerto de la Cruz, Tenerife, 1750 - Madrid, 1791) -murió a los 41 años- es una sucesión de escaramuzas con los zaheridos en sus fábulas, escaramuzas que desembocaron en un proceso y en un destierro. En todo momento se supo defender tranquilamente, sin sobresalto alguno. El desenfado y la ramplonería de sus versos soliviantaron a los más.

Su tío, don Juan de Iriarte, humanista y bibliotecario de Madrid, le guió en la formación de su temperamento crítico, y fue a manera de mentor en las tertulias madrileñas de aquel entonces, donde supo sobresalir inmediatamente por su extraordinario carácter flagelador y por su clara inteligencia.

En 1786 fue procesado por el tono marcadamente volteriano de algunas de sus fábulas y por un opúsculo demasiado satírico.

Meléndez le venció en el certamen de la Real Academia Española (1779-1880) para premiar una égloga sobre la felicidad en la vida del campo.

Llegó, por los buenos oficios de su tío, a ser archivero en el Consejo Supremo De Guerra.

En los últimos años de su vida fue desterrado a Sanlúcar de Barrameda. Toda su existencia estuvo marcada por una clara sencillez y por una altiva independencia. Vivió poco, pero sin doblegarse ante la estulticia de los más, y murió tranquilo y satisfecho de sí mismo.


Obras

Fábulas literarias (1782)

El burro flautista
El caballerito
El escarabajo
El galán y la dama
El gato, el lagarto y el grillo
El ricote erudito
El té y la salvia
La ardilla y el caballo
Los dos conejos

Sonetos

A los ojos de Laura
Al ver yo mil poetas zalameros
Aunque es verdad
Ay de ti, si proféticos amores
Cierto galán a quien París aclama
Del oro, como muchos, no dependo
El mismo
El que de su quietud tanto se olvida
Fresca arboleda del jardín sombrío
La semana adelantada
Lamiendo reconoce el beneficio
Metiose Amor a boticario un día
Ni siquiera un renglón ayer he escrito
Reconciliación después de unos celos y un desmayo
Situación crítica de un poeta
Trabajos por Juana
Tres potencias bien empleadas
Vióse un guerrero


Estilo

Las fábulas de Iriarte, más que un tratado de preceptiva literaria, son un compendio de sátira sin hiel. Exponen los mil defectos de los hombres y sacan de ellos una sencilla moraleja que alecciona, pero no hiere. Iriarte fue un fácil versificador intencionado, sin llegar a ser un auténtico poeta.

La mayoría de los personajes del siglo XVIII se encuentran puestos en solfa en sus fábulas severas y lógicas, que pretenden ser didácticas. Así, García de la Huerta, don Ramón de la Cruz, Vicente de los Ríos y Sedano y Samaniego, aunque a éste último le zahiriera con más persistencia por ser fabulista como él. Entre toda su producción tiene Tomás de Iriarte, como todo autor prolífico, un escaso número de fábulas que han quedado como ejemplo del género, entre ellas la que hace referencia a que una obra nunca se acredita tanto de mala como cuando son los ignorantes los que la aplauden:

Guarde para su regalo
esta sentencia un autor:
si el sabio no aprueba ¡malo!
si el necio aplaude ¡peor!

En lenguaje llano, sin preocupaciones estilísticas, Iriarte va presentandonos los seculares defectos humanos, como quien habla entre familia, para educar por medio del ejemplo, de la comparación, como cuando se refiere a ciertos críticos que esperan que un autor muera para criticarle:

Cobardes son y traidores
ciertos críticos que esperan
para impugnar, a que mueran
los infelices autores
porque vivos respondieran.

Mas, con todo y su prosaísmo, Iriarte, como Samaniego, permanecerá siempre en la atención del público, por esa característica de presentar defectos para llegar a consecuencias de una lógica y de una moralidad indiscutibles, y por la sencillez literaria, aunque falta de estilo.


Textos

Fábula XI

Por entre unas matas,
seguido de perros,
no diré corría,
volaba un conejo.
De su madriguera
salió un compañero
y le dijo: «Tente,
amigo, ¿qué es esto?»
«¿Qué ha de ser?», responde;
«sin aliento llego...;
dos pícaros galgos
me vienen siguiendo».
«Sí», replica el otro,
«por allí los veo,
pero no son galgos».
«¿Pues qué son?» «Podencos.»
«¿Qué? ¿podencos dices?
Sí, como mi abuelo.
Galgos y muy galgos;
bien vistos los tengo.»
«Son podencos, vaya,
que no entiendes de eso.»
«Son galgos, te digo.»
«Digo que podencos.»
En esta disputa
llegando los perros,
pillan descuidados
a mis dos conejos.
Los que por cuestiones
de poco momento
dejan lo que importa,
llévense este ejemplo.

A los ojos de Laura

¿Un soneto a tus ojos, Laura mía?
¿No hay más que hacer sonetos, y a tus ojos?
-Serán los versos duros, serán flojos;
pero a Laura mi afecto los envía.

¿Con que ha de ser soneto? ¡Hay tal porfía!
-¡Ta!, que por estos súbitos arrojos
se ven tantos poetas en sonrojos,
que lo quiero dejar para otro día.

-Respondes, Laura, que no importa un pito
que no sea el soneto muy discreto,
como hable de tus ojos infinito.

-¿Sí?- Pues luego escribirle te prometo.
Allá voy... ¿Para qué, si ya está escrito,
Laura mía, a tus ojos el soneto?

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