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Biografía

Romain RollandClamecy es un pequeño pueblo de la Borgoña, aldea de campesinos laboriosos y de burgueses simples, que se reúnen al caer la tarde en la taberna para hablar de política. En un pueblo así no hay mayores motivos de interés, como no sean los que se relacionan con la cría de los percherones, o el jornal de los lancheros, o los pequeños problemas y sucesos locales. Las aguas del canal llevan siempre las mismas imágenes y en ellas se retratan monótonamente las caras rubicundas de los porqueros y los mal compuestos rostros de toscas aldeanas.

Una tarde, sin embargo, otra es la cara que aparece en las ondas del canal de Clamecy: un niño esmirriado, extraño, que parece absorto en la contemplación del cauce cristalino y fugitivo. Ese niño ama la música, deletrea los viejos cuadernos de óperas, ejecuta en el piano algunas piezas de Mozart. Las fatigadas aguas lo atraen, porque tienen ritmo, porque vibran toda vez que las proas las hienden. La música, hállese donde se halle, es descubierta por él con prontitud. Perdido entre los trastos del desván encuentra cierta vez un libro de Shakespeare, adquirido hace tiempo por el abuelo. Lo lee y descubre que la literatura es también música. Desde ese momento Romain Rolland (Clamecy, Nièvre, 29 de enero de 1866 - Vézelay, 30 de diciembre de 1944) se preocupa por el arte que lo llevó a conquistar el Premio Nobel de literatura en 1915.

Si alguien perjudicó al estudiante Rolland durante sus años de primera juventud, ese fue William Shakespeare. Por su culpa fracasó dos veces en los exámenes de admisión de la Escuela Normal, hasta que asentó cabeza y se alejó de tan absorbente compañía. Claro está que no podía ser el Shakespeare físico quien turbara el sosiego de un mozalbete, allá por 1886; pero sí un Shakespeare rescatado de la vieja biblioteca familiar y, por eso mismo, mucho más profundo que cualquier otra influencia. Rolland se inició en las lecturas shakespearianas en su pueblito natal de Clamecy, en Borgoña. Muy joven se incorporó al liceo Luis el Grande, en París, donde tuvo como maestro a Spinoza, cuyas obras también asimiló.

En 1886 ingresó en el internado de la Escuela Normal, de donde, como Jaurés, Renan, Michelet y Monod, egresó con la herencia de los grandes maestros. De los años del liceo (donde estudió filosofía, historia y geografía) le quedó la amistad con Paul Claudel, Andrés Suárez y Carlos Péguy. Estudioso profundo, Rolland se destacó en la historia cultural. En 1888 abandonó la Escuela Normal y se enfrentó con su destino. Ya sentía la pasión del novelista y su mente elaboraba el gran mensaje de Jean-Christophe. En Italia dio rienda suelta a sus pasiones de aventurero y en 1903, de vuelta en París, fue nombrado profesor en la Escuela Normal y en la Sorbona.

Antes que escritor fue una noble figura moral, espejo de virtudes en el que se miró la juventud de su tiempo. Pacifista insigne, conoció en 1931 al mahatma Gandhi. Los apóstoles de la paz se reunieron en la villa Olga, de Suiza; el gran conductor del resurgimiento hindú abrazó al hombre cuyo ideario tantos puntos en común tenía con el suyo. En tal ocasión, Rolland estampó al dorso de una fotografía que les fue tomada: "Las luchas por la paz son más duras que las de la guerra". Muy cerca de su Clamecy natal, en Vézelay, se creyó a buen recaudo de la agitada ola belicista, que por momentos conmovía al mundo. En esa ciudad medieval, que fuera asiento de agitadas asambleas religiosas en el siglo XII, vio con espanto como la humanidad se deshacía tras olvidar los principios morales que tanto había defendido.

Una noche de diciembre de 1944 se apagó su vida. No lejos de allí, los cañones lanzaban un desafío de muerte. Rolland, por vez primera, no pudo apostrofarlos.


Obras

Dramas históricos y filosóficos

Aert, 1897
Los lobos, 1897
El triunfo de la razón, 1899
Danton, 1901
El catorce de julio, 1902
La Montespan, 1904

Biografías

Beethoven, 1903
Miguel Ángel, 1907
Haendel, 1910
Tolstói, 1911
Mahatma Gandhi, 1923
Vida de Ramakrishna, 1929
Vida de Vivekananda, 1930
Goethe y Beethoven, 1930
Péguy, 1944
El viaje interior, 1943, publicada en 1956.

Novela

Jean-Christophe, 1904-1912
Colas Breugnon, 1919
El alma encantada, 1922-1934
Clérambault. Historia de una conciencia libre durante la guerra, 1920

Ensayos

Por encima del conflicto, 1915
A los pueblos asesinados, 1917
Los precursores 1923.


Estilo

Años más tarde, lejos del villorrio natal, Rolland se enfrenta con graves cavilaciones acerca de su vocación y del sentido que debe dar a sus sacrificios. Pero muchos no podían perdonar la humildad en quien, valiendo más que ellos, más se alejaba de los fines mezquinos, de las ambiciones y del afán publicitario. Lo golpearon repetidas veces, lo acecharon… Es cuando Rolland se refugia en la soledad ascética, sin reproches, sin extender la mano para alcanzar la fama, con una sublime calma de incomprendido, escribiendo sin aspirar a recompensas, ni siquiera al mendrugo de los derechos de autor.

Con esa impenetrable soledad extrae el poderoso espíritu de su Jean-Christophe, verdadero milagro de amor que sólo su visión del trasfondo humano pudo realizar. En Jean-Christophe retrata a Francia, a Alemania y a Italia. "Demuestra al hombre de cada día la vida de cada día -le hace decir a su héroe, buscador de emociones-: ella es más profunda y más amplia que el mar. El más insignificante de nosotros lleva dentro de sí un infinito…". Jean-Christophe Krafft es la fuerza alemana, sustentada en el vigor campesino; Olivier, la esencia espiritual de Francia, y Grazzia la estática belleza femenina que ayuda al impaciente a encontrar la ultima armonía.

Amó Rolland la amistad y la soledad, pero tuvo que luchar duramente en un mundo donde su noble aspiración sembró amor y recogió envidia. Nadie, a pesar de todo, fue capaz de hacerlo retroceder. Bien había escrito en su Vida de Vivekananda: "El alma varonil se lanza al combate y corre en busca de las heridas".


Textos

Jean-Christophe (Juan Cristóbal)

Sentía Cristóbal una lasitud y una inquietud extremadas. Sin causa aparente se sentía como abrumado, con la cabeza pesada; le zumbaban los oídos, y todos sus sentidos parecían dominados por la embriaguez. No le era posible fijar su espíritu en ninguna parte, pues éste, presa de una fiebre agotadora, pasaba incesantemente de un objeto a otro. Aquel perpetuo mariposeo de imágenes le causaba vértigos. Lo atribuyó en un principio al exceso de fatiga y a la sacudida nerviosa que producen los días de primavera. Pero iba pasando ésta y su mal iba en aumento.

Los poetas, que sólo tocan a las cosas con mano elegante, llaman a esta inquietud de la adolescencia, turbación de querubín, despertar de los deseos amorosos en el corazón juvenil. ¡Como si pudiese reducirse a una bobada de niño la espantosa crisis en que todo el ser cruje, muere y renace en todas sus partes, y el terrible cataclismo en que todo, la fe, el pensamiento, la acción y la vida entera, parecen a punto de anonadarse y adquieren nuevo temple en las convulsiones del dolor y del placer! Fermentaban todo su cuerpo y toda su alma, y él, sin fuerzas para luchar, los contemplaba con una mezcla de curiosidad y de hastío. No comprendía lo que le pasaba. Su ser entero parecía disgregarse. Pasaba los días en una especie de abrumadora modorra. El trabajo era para él un tormento. Por la noche tenía sueños pesados y entrecortados, pesadillas monstruosas y como un torrente de deseos. Parecía que surgía en su ser un alma de bestia. Ardoroso y lleno de sudor, se contemplaba con horror; procuraba arrojar de sí aquellos pensamientos irracionales e inmundos y se preguntaba si iba a volverse loco.

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