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Biografía

Rafael ObligadoRafael Obligado (Buenos Aires, 27 de enero de 1851 - Mendoza, 8 de marzo de 1920). He aquí un poeta que sin ser extraordinariamente fecundo, ni demasiado brillante, sobresalió entre los románticos argentinos del siglo XIX por las cualidades de perfección que caracterizan su vena lírica.

El romántico fue, antes que todo, un enamorado de la libertad, un pesimista incorregible, un melancólico consuetudinario. La libertad lo hizo refractario a los convencionalismos; el pesimismo lo enfrentó con la amargura y con la angustia; la melancolía melló sin pausas su corazón, hasta transformarlo en un incomprendido. Tales atributos, sin embargo, no se dieron del todo en Obligado, cuya vida transcurrió apaciblemente en el seno de un hogar respetable, siempre cordial con quienes lo frecuentaban.

No quiso ser ni militar, ni abogado, ni político, tal como le hubiese cuadrado en aquel tiempo en mérito a su abolengo. Solamente aspiró a ser un hombre de letras, un cantor del Paraná, el río familiar a sus recuerdos de la niñez.

Como sucedió con Guido Spano, Obligado nucleó en derredor de su ejemplo lo más representativo de su generación, tuvo discípulos y trascendió con su obra las fronteras argentinas. Fue, sin lugar a dudas, el poeta nacional por excelencia, dueño de recursos muy ricos en matices y de formas esmeradas y armoniosas.

Su poesía entronca con la de Echeverría, y en toda ella domina la imagen graciosa, plástica, expresiva como una acuarela pintada frente a risueñas visiones del pasado, con sus niños, sus adolescentes y sus amores puros.

También abordó el tema histórico -Ayohuma, El negro Falucho, La retirada de Moqueguá- y tradiciones populares -La luz mala, La salamanca, La mula Anima, El Yaguarón y El Cacuí.

El poema Santos Vega es su obra maestra. En él recoge, con admirable vigor, los atributos legendarios del payador de las pampas, de aquél que fuera melodiosa raíz de la tradición, arraigada con acentos de juglaría en el alma del paisano.


Obras

Santos Vega

Poesías

(1920)

Leyendas argentinas

(1920)

Ayohuma

El negro Falucho

La retirada de Moqueguá

La luz mala

La salamanca

La mula Anima

El Yaguarón

El Cacuí

Poesías:

Basta y sobra

Canción infantil

La flor de seibo

Ofrenda

Pensamiento

Visión


Estilo

Antes que Obligado, Mitre y Arcasubi trataron el tema del payador. En Santos Vega se personifica el espíritu de la pampa, lleno de aristas populares, de explosiones generosas. Todo un ambiente, una idiosincrasia, un ideal, caben en este poema que pertenecía a la serie de "leyendas argentinas" recogidas de la tradición candente, de los labios de los mismos gauchos que el poeta frecuentó en la estancia de su padre.

Santos Vega no aparece por primera vez en estos versos, sino que ellos no hacen más que darle forma definitiva a una sombra, a un hombre, a una conducta largamente conocida por los lugareños. Es la triste historia de un cantor cuya voz de timbre cristalino y trágico inundaba el alma de sorpresa y de arrobamiento; sus manos arrancaban a la guitarra acordes que eran sollozos, burlas, imprecaciones.

Todo el desierto se llenaba con su fama; de todas partes llegaban multitudes a escucharlo; sus "payasadas de contrapunto" causaban la admiración de los oyentes, porque en ellas era imbatible. Allí donde llegaba, los criollos hacían rueda para extasiarse con su canto, lo agasajaban y lo ungían rey de la pampa.

Después de haber cantado a su prenda y convocado con su himno a las huestes emancipadoras, aceptó el desafío de Juan Sin Ropa, el forastero cuya voz era el llamado del progreso.

Juan Sin Ropa lo venció con un poderoso grito dado al viento, muy superior al cantar de Santos Vega. Y es lógico que esto sucediese, porque el forastero Juan Sin Ropa llevaba en su esencia la profecía del futuro, con sus renovaciones y sus reformas capaces de abatir a los héroes legendarios.

Debajo de un corpulento ombú, frente al desconcertado auditorio de gauchos, el payador murió al tiempo que su rival se convertía en serpiente y desde la copa del árbol caía una brillante lluvia de escamas.

Desde entonces, Santos Vega deambula por las llanuras, convertido en sombra; en los atardeceres, su espectro huye a campo traviesa, la guitarra terciada en la espalda, en un caballo veloz como el viento.

Su historia está presente en todas las guitarras y pasa de boca en boca con la espontaneidad con que se dicen las cosas ingenuas.

Santos Vega fue el cantor de una época romántica, a la que sobrevinieron tiempos precursores de mecanización y de materialismo. Hoy, sin lugar a dudas, vivimos el clima de Juan Sin Ropa. Mañana... ¿tendrá que batirse el negro forastero con algún otro rival?


Textos

Santos Vega

Cuando la tarde se inclina
sollozando al Occidente,
corre una sombra doliente
sobre la pampa argentina.
Y cuando el sol ilumina
con luz brillante y serena
del ancho campo la escena,
la melancólica sombra
huye besando la alfombra
con el afán de la pena.

Cuentan los criollos del suelo
que, en tibia noche de luna,
en solitaria laguna
para la sombra su vuelo;
que allí se ensancha y un velo
va sobre el agua formando,
mientras se goza escuchando,
por singular beneficio,
el incesante bullicio
que hacen las olas rodando.

Dicen que en noche nublada,
si su guitarra algún mozo
en el crucero del pozo
deja de intento colgada,
llega la sombra callada
y, al envolverla en su manto,
suena el preludio de un canto
entre las cuerdas dormidas,
cuerdas que vibran heridas
como por gotas de llanto.

Cuentan que en noche de aquellas
en que la Pampa se abisma
en la extensión de sí misma
sin su corona de estrellas,
sobre las lomas más bellas,
donde hay más trébol risueño,
luce una antorcha sin dueño
entre una niebla indecisa,
para que temple la brisa
las blandas alas del sueño.

Mas si trocado el desmayo
en tempestad de su seno,
estalla el cóncavo trueno
que es la palabra del rayo,
hiere al ombú de soslayo
rojiza sierpe de llamas,
que, calcinando sus ramas,
serpea, corre y asciende,
y en la alta copa desprende
brillante lluvia de escamas.

Cuando, en las siestas de estío,
las brillazones remedan
vastos oleajes que ruedan
sobre fantástico río,
mudo, abismado y sombrío,
baja un jinete la falda
tinta de bella esmeralda,
llega a las márgenes solas
...¡y hunde su potro en las olas,
con la guitarra a la espalda!

Si entonces cruza a lo lejos,
galopando sobre el llano
solitario, algún paisano,
viendo al otro en los reflejos
de aquel abismo de espejos,
siente indecibles quebrantos,
y, alzando en vez de sus cantos
una oración de ternura,
al persignarse murmura:
"¡El alma del viejo Santos!"

Yo, que en la tierra he nacido
donde ese genio ha cantado,
y el pampero he respirado
que al payador ha nutrido,
beso este suelo querido
que a mis caricias se entrega,
mientras de orgullo me anega
la convicción de que es mía
¡la patria de Echeverría,
la tierra de Santos Vega!

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