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Biografía

Pedro Antonio de AlarcónCuando empezaban a disiparse las brumas del amanecer madrileño, dos duelistas se apuntaron recíprocamente con sus grandes pistolónes y casi simultáneamente hicieron fuego. Uno de ellos, Heriberto García de Quevedo, disparó al aire; el otro, don Pedro Antonio de Alarcón (Guadix, Granada, 10 de marzo de 1833–Madrid, 19 de julio de 1891), no hizo blanco. La querella se dio por terminada sin más trámite y don Pedro volvió a la redacción de El Látigo, periódico anticlerical que dirigía contra viento y marea y por cuyas campañas tuvo que batirse esa mañana con un rival tan caballeresco como ascético. No le metían miedo estos lances, puesto que era hijo de su propia iniciativa, muy inclinado a seguir los dictados de su voluntad y lo suficientemente terco como para no ceder ante la presión ajena. Había abandonado la casa paterna por este motivo, después de estudiar Leyes y Teología en Granada. Como miembro de la "cuerda granadina", había frecuentado a famosos literatos (Castro y Serrano, Manuel del Palacio) y como ellos tenía talento para escalar las posiciones más altas.

Cuando sobrevino la guerra de África (1859-60) se enganchó como voluntario en el batallón de cazadores de Ciudad Rodrigo e, incorporado al cuartel General, ganó la cruz de San Fernando. En 1860 emprendió el viaje relatado en el libro De Madrid a Nápoles y, vuelto a Madrid, aceptó la protección de Pastor Díaz y de O'Donnell, se reintegró a los periódicos, concurrió a las tertulias, sin abandonar su expresión de indiferencia frente a sus muchos detractores.

Asistió a la batalla de Alcolea; renunció a un cargo diplomático en Suecia; fue nombrado consejero de estado y miembro de la Real Academia Española.

Murió en Madrid, decepcionado y triste por lo que llamó "conspiración de silencio" contra La Pródiga, su última novela.


Obras

Escribió crónicas de viajes (Diario de un testigo de la guerra de África, De Madrid a Nápoles, la Alpujarra), novelas cortas distribuidas en tres series (Cuentos amatorios, Historietas nacionales, Narraciones inverosímiles) y novelas extensas, entre las que el Escándalo (1875) es la más famosa y discutida y una de las mejores de las letras españolas modernas, a pesar de que muchos la criticaron por su tendencia espiritualista y religiosa.

El Escándalo nos presenta el carácter de Diego, muy bien estudiado y trazado con rasgos enérgicos; por su amenidad, interés, arte en la composición, en la narración y en el diálogo, así como por la delicadeza y exactitud en las notas de sentimentalismo o de pasión, merece un sitio de preeminencia y conquista con facilidad el aplauso.

El niño de la bola (1880), intensa, bella y fuerte, es también épica por lo primitivo de las pasiones puestas en juego, por el ambiente popular que la inspira y, sobre todo, por la figura gigantesca de Manuel Venegas, poseído del fatalismo de los héroes antiguos.

El capitán Veneno (1881), El sombrero de tres picos y La pródiga (alegato en favor de las leyes divinas y humanas) forman parte del rico bagaje argumental con que don Pedro Antonio de Alarcón deleitó a España y al mundo.


Estilo

Pedro Antonio de Alarcón perteneció al movimiento realista. Se trata de uno de los más destacados autores de este movimiento, que puso fin al romanticismo.

"Yo no soy discípulo ningún don Alberto Lista, grande ni pequeño", solía repetir Pedro de Alarcón, en rueda de amigos, muy orgulloso de su independencia intelectual, concebida por una sincera pasión de autodidacto a través de Walter Scott, de Alejandro Dumas padre, Víctor Hugo, Balzac, George Sand y Alphonse Karr.

Sus gustos literarios jamás se sometieron a las preceptivas. Por sí solo, sin ayuda de nadie, aprendió el francés y por su propia decisión imitó el estilo cortado y aforístico de Agustín Bonnat, rico en humorismo aparente, en rebuscadas paradojas, en charloteos con el lector, en constantes divagaciones.

Puso en sus novelas malicia y desenfado, sin traspasar los límites razonables; sus relatos están llenos de gracia, naturalidad y belleza; sus personajes, nobles o plebeyos, elevados o ruines, se adaptan a la armonía del conjunto y a la rapidez de la acción; lo característico del diálogo, la riqueza de color lo típico del paisaje, dan a sus obras las pinceladas de un Goya o de un Ramón de la Cruz.

Narrador nato, cautivó por su españolismo, interesó al lector con sus relatos de viajes y con sus cuentos y, sin cuidar ni pulir la forma, sin crear tipos humanos descollantes ni preocuparse demasiado por la solidez de sus conocimientos, dejó el recuerdo imborrable de principales figuras (el corregidor y el tío Lucas, Frasquita la molinera) y de otras que, no por ser accesorias carecen de fuerza psicológica y contribuyen a renovar la tradición del genuino y rico realismo de la novela española del siglo XVII.


Textos

El escándalo

El lunes de Carnestolendas de 1861 -precisamente a la hora en que Madrid era un infierno de más o menos jocosas y decentes mascaradas, de alegres estudiantinas, de pedigüeñas murgas, de comparsas de danzarines, de alegorías empingorotadas en vistosos carretones, de soberbios carruajes particulares con los cocheros vestidos de dominó, de mujerzuelas disfrazadas de hombre y de mancebos de la alta sociedad disfrazados de mujer; es decir, a cosa de las tres y media de la tarde-, un elegante y gallardo joven, que guiaba por sí propio un cochecillo de los llamados cestos, atravesaba la Puerta del Sol, procedente de la calle de Espoz y Mina y con rumbo a la de Preciados, haciendo grandes esfuerzos por no atropellar a nadie en su marcha contra la corriente de aquella apretada muchedumbre, que se encaminaba por su parte hacia la calle de Alcalá o la Carrera de San Jerónimo en demanda del Paseo del Prado, foco de la animación y la alegría en tal momento...

El distinguido automedonte podría tener veintiséis o veintiocho años. Era alto, fuerte, aunque no recio; admirablemente proporcionado, y de aire resuelto y atrevido, que contrastaba a la sazón con la profunda tristeza pintada en su semblante. Tenía bellos ojos negros, la tez descolorida, el pelo corto y arremolinado como Antínoo, poca barba, pero sedosa y fina como los árabes nobles, y gran regularidad en el resto de la fisonomía. Digamos, en suma, que era, sobre poco más o menos, el prototipo de la hermosura viril, tal como se aprecia en los tiempos actuales, esto es, tal como lo prefiere y lo corona de rosas y espinas el gran jurado del bello sexo, único tribunal competente en la materia. En la Atenas de Pericles aquel joven no hubiera pasado por un Apolo; pero en la Atenas de lord Byron podía muy bien servir de Don Juan. Asemejábase, en efecto, a todos los héroes románticos del gran poeta del siglo, lo cual quiere decir que también se asemejaba mucho al mismo poeta.

Sentado, o más bien clavado a su izquierda, iba un lacayuelo (groom en inglés) que no tendría doce años, tiesecillo, inmóvil y peripuesto como un milord, y ridículo y gracioso como una caricatura de porcelana de Sèvres, especie de palillero animado, cuyo único destino sobre la tierra parecía ser llevar, como llevaba, entre los cruzados brazos, el aristocrático bastón de su dueño, mientras que su dueño empuñaba la plebeya fusta.

El sombrero de tres picos

Comenzaba este largo siglo, que ya va de vencida. No se sabe fijamente el año: sólo consta que era después del de 4 y antes del de 8.

Reinaba, pues, todavía en España don Carlos IV de Borbón; por la gracia de Dios, según las monedas, y por olvido o gracia especial de Bonaparte, según los boletines franceses. Los demás soberanos europeos descendientes de Luis XIV habían perdido ya la corona (y el Jefe de ellos la cabeza) en la deshecha borrasca que corría esta envejecida parte del mundo desde 1789.

Ni paraba aquí la singularidad de nuestra patria en aquellos tiempos. El Soldado de la Revolución, el hijo de un oscuro abogado corso, el vencedor en Rívoli, en las Pirámides, en Marengo y en otras cien batallas, acababa de ceñirse la corona de Carlo Magno y de transfigurar completamente la Europa, creando y suprimiendo naciones, borrando fronteras, inventando dinastías y haciendo mudar de forma, de nombre, de sitio, de costumbres y hasta de traje a los pueblos por donde pasaba en su corcel de guerra como un terremoto animado, o como el «Antecristo», que le llamaban las Potencias del Norte... Sin embargo, nuestros padres (Dios les tenga en su santa Gloria), lejos de odiarlo o de temerle, complacíanse aún en ponderar sus descomunales hazañas, como si se tratase del héroe de un libro de caballerías, o de cosas que sucedían en otro planeta, sin que ni por asomo recelasen que pensara nunca en venir por acá a intentar las atrocidades que había hecho en Francia, Italia, Alemania y en otros países. Una vez por semana (y dos a lo sumo) llegaba el correo de Madrid a la mayor parte de las poblaciones importantes de la Península, llevando algún número de la Gaceta (que tampoco era diaria), y por ella sabían las personas principales (suponiendo que la Gaceta hablase del particular) si existía un estado más o menos allende el Pirineo, si se había reñido otra batalla en que peleasen seis u ocho reyes y emperadores, y si Napoleón se hallaba en Milán, en Bruselas o en Varsovia... Por lo demás, nuestros mayores seguían viviendo a la antigua española, sumamente despacio, apegados a sus rancias costumbres, en paz y en gracia de Dios, con su Inquisición y sus frailes, con su pintoresca desigualdad ante la ley, con sus privilegios, fueros y exenciones personales, con su carencia de toda libertad municipal o política, gobernados simultáneamente por insignes obispos y poderosos corregidores (cuyas respectivas potestades no era muy fácil deslindar, pues unos y otros se metían en lo temporal y en lo eterno), y pagando diezmos, primicias, alcabalas, subsidios, mandas y limosnas forzosas, rentas, rentillas, capitaciones, tercias reales, gabelas, frutos-civiles, y hasta cincuenta tributos más, cuya nomenclatura no viene a cuento ahora.

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