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Biografía

Paul GroussacCuando la cultura Argentina empezaba a tener verdadera trascendencia, allá por 1866, llegó a Buenos Aires, procedente de Burdeos, Paul-François Groussac (15 de febrero de 1848, Toulouse, Francia - 27 de junio de 1929, Buenos Aires, Argentina), un joven de dieciocho años, agudo psicólogo a pesar de su temprana edad, orgulloso, afable y hecho con la pasta singular de los trotamundos que no se detienen frente a los obstáculos que puedan interponerseles en el camino.

El país y los pueblos del Plata estaban en crisis. La guerra del Paraguay sometía a la nación a una dura prueba, sobrellevada con entereza por un pueblo que luchaba entre el rancio linaje colonial y la pasión revolucionaria del Movimiento de Mayo.

No resultaba fácil penetrar en el carácter mismo de los hombres así ocupados en un quehacer particularmente americano, pero Groussac lo intentó a pesar de todo, sin conocer siquiera el idioma.

Saturado de verbos latinos y de versos de Racine, se introdujo en el medio arisco y salvaje de las pampas, entre los campos apenas desbrozados cuya rudeza casi indómita descendía a los pies bajo la iracunda porfía de los malambos.

Llegó a tiempo para conocer a los protagonistas de los grandes momentos que había vivido y seguía viviendo la nación; pasó a San Antonio de Areco y estudió detenidamente a los gauchos.

Muy pronto iba a participar en acontecimientos memorables. En 1870 se lo nombró Profesor de matemáticas en el Colegio Nacional, donde conoció a José Manuel Estrada y a Pedro Goyena, cuya Revista Argentina lo aceptó y publicó su primer trabajo: un estudio sobre Espronceda.

Nicolás Avellaneda lo designó Profesor en Tucumán, en 1871. Desde allá, Groussac enviaba escritos que eran publicados en La Tribuna. Contrajo matrimonio (1879) con una joven santiagueña perteneciente a la alta sociedad, Cornelia Beltrán Alcorta. En 1882 volvió a Buenos Aires para intervenir en un congreso pedagógico y en esos días publicó su Ensayo histórico sobre el Tucumán, su primer libro, que significaba un esfuerzo, oportunamente señalado por Sarmiento. Desde entonces alternó su tarea con viajes a Europa, continuo enseñando desde la cátedra, publicó artículos sobre Leconte de Lisle, Bacó, Flaubert, Labiche, Pérez Galdós y Daudet. A su regreso a Buenos Aires fundó Sud-América, un diario de ideas liberales.

Era para él la Biblioteca Nacional (cuya dirección se le confirió el 19 de enero de 1885) una especie de gruta de Fafnir; un refugio seguro en el que había enclaustrado su espíritu, conmovido por los principios esquivos de su vida. Allí, entre los libros y los códices que él mismo había frecuentado anteriormente para concederse solaz, podía repasar las vicisitudes de su larga y tenaz lucha, iniciada en la Escuela Naval de Brest, proseguida en París y en Argentina.

En junio de 1929 Paul Groussac, ciego y enfermo, seguía dirigiendo la Biblioteca Nacional Argentina y trabajaba con el mismo entusiasmo de su juventud en la tarea de la investigación. Murió en las postrimerías de ese mes, cuando ya su obra había adquirido solidez definitiva.

Ni los cargos públicos, ni los honores, ni las mezquinas pasiones, pudieron torcer su modestia. Llegó a Argentina como un inmigrante intelectual y allí dio su batalla, para ganarla sin más armas que las de su voluntad, su competencia y su espíritu de concordia.


Obras

Como historiador e investigador publicó Ensayo histórico sobre el Tucumán (1882); Ensayo crítico sobre Cristóbal Colón (1892); Santiago de Liniers (1907); Mendoza y Garay (1916); El congreso de Tucumán (1916) y Estudios de Historia Argentina (1918).

Todas estas obras se sustentan, antes que en las grandes concepciones e interpretaciones históricas, en los documentos; quizás sea éste un mal involuntario que Groussac nos hizo, pues en adelante muchos se ocuparon de buscar documentos, como si la historia sólo consistiera en copiarlos y en agregarles un prefacio justificador.

En el género de la biografía escribió Los que pasaban (1919), con semblanzas de Estrada, Avellaneda, Goyena, Pellegrini y otros.

Las cataratas del Niágara en invierno, cubiertas por la nieve, animadas por el estrépito y los fulgores de las caídas de agua, dieron inspiración a sus páginas autobiográficas Del Plata al Niágara (1897).

Fruto vedado (1884), con atinadas observaciones sobre los campos argentinos, y Relatos argentinos (1922), integrada por cuentos y novelas breves, son sus libros de imaginación.


Estilo

La dilatada llanura que tanta sugestión ejerció sobre ciertos viajeros cultos, tuvo en él un sentido excepcional: su conocimiento o de los caracteres abarcó desde el orden vernáculo al orden ciudadano; durante más de cuarenta años organizó sus ideas enraizadas en el espíritu criollo, polemizó, trabajó con entera dedicación en la cátedra, en los círculos literarios, en los medios cultos de aquella sociedad ligeramente beótica y llegó a ser uno de los más notables historiadores argentinos.

Para expresar su mensaje, hubo de estudiar concienzudamente la formación de su vocabulario. No existían imposibles para su pasión de sembrador, de manera que se aplicó a la empresa con tanto entusiasmo que logró un castellano de transparencia poco común, dueño de una inquietud sutil que penetra en la frase y la envuelve, eliminando de paso esa pesadez habitual con que lo cargaron los cronistas y los togados. Sus imágenes saturan el párrafo de gracia ligera no reñida con la solidez ática de la construcción y lo impelen naturalmente, sin zancadillas gramaticales y sin la menor fatiga.

En el ensayo autobiográfico La ceguera, Borges menciona la influencia de Groussac sobre Alfonso Reyes, a quién apreciaba mucho: "Alfonso Reyes me dijo: Groussac, que era francés, me enseñó cómo debe escribirse en castellano."

Aquella generación de talentos entre quienes figuraron Sarmiento, José Manuel Estrada, Pedro Goyena y Nicolás Avellaneda, reconoció los méritos de Groussac, señaló su esfuerzo, lo situó entre los valores más auténticos de la literatura rioplatense y la historiografía nacional. No podía ser de otra manera, porque con él aparece un tipo más refinado de intelectual, desconocido hasta entonces; feliz con su sacerdocio, indiferente a la fortuna o el éxito, al relumbrón de la tribuna y a la ostentación, comprendió la biología de nuestro pueblo y concibió el mundo a la manera platónica, movido por la razón.

Taine, Renán, Daudet y Sainte-Beuve fueron sus modelos. Cultivó la poesía, la novela, la historia, la crítica y el ensayo político; creo entre nosotros el método de la crítica histórica y, por herencia francesa, uso giros sintéticos y precisos para llegar a la belleza y a la claridad de su prosa, verdadero ejemplo de estilo. Ni en la ancianidad, ni en la ceguera, este "cíclope rezongón" que evitó o el mal gusto y el disparate, abandonó un solo día su labor. No podía dejarla, porque, al modelar con primorosa estética la negruzca arcilla, iba preparando la alta torre de su dignidad intelectual, en la que un día alumbrarían las luces de su inmortalidad.


Textos

Del Plata al Niágara: Chile. La estructura nacional

Del cerro andino cuya meseta terminal separa las vertien-
tes argentina y chilena, manan los dos arroyos que, al engro-
sar en breve su caudal propio con diez corrientes adventicias,
dilatarán en la hoya respectiva su faja sinuosa hasta venir á
ser los ríos de Mendoza y Aconcagua.

¡Aquí el rendez-vous de las prosopopeyas y frases hechas!
Retórica obliga. Se llega cansado, hambriento, aterido y abru-
mado por la trasnochada á muía ; harto de valles y quebradas
uniformemente pintorescos, con la misma «sierpe de plata»
que se retuerce entre peñascos, reverberando al sol sus móvi-
les escamas. Horas hace que no se alzan los ojos hacia las are-
niscas y conglomerados de la serranía ; nos han fatigado hasta
las visiones fantásticas que el crepúsculo y la distancia evo-
can : ruinas de castillos y catedrales disformes cuyos sillares
colosales fueran los estratos ondulantes, remedando las estrías
verticales de la roca ya góticas columnatas sin bóveda visible,
ya juegos monstruosos de órganos para el Juicio final — con las
nevadas cúpulas del Tupungato y Aconcagua sobre el poniente
lívido... No importa: es asunto entendido que, al pisar la
cumbre, Perrichón ha estallado en gritos sublimes : «¡Dios!
¡Providencia! ¡Inmensidad! ¡Eternidad! ¡Oh!!.. » Todo lo
cual será redactado, tres días después, en un confortable hotel
de Valparaíso, y bien empenachado de signos admirativos.

La cordillera es imponente y bella ; pero la cumbre no es
más que su peldaño final, el menos interesante de todos ; se
la salva sin verla, embotados los sentidos por lo prolongado
de la misma sensación. Por lo demás, así en lo físico como en
lo moral, el último paso no conmueve ni sorprende : ha sido
previsto, anunciado, descontado. Guando la fortuna, el amor,
la gloria cumplen al fin su gran promesa, llegan demasia-
do tarde; nos hemos saciado con la ilusión, la realidad nos
deja tristes. Las emociones preliminares han agotado de an-
temano la del triunfo ; la fruta madura tiene resabio de ce-
niza, y el destino nos brinda la copa llena cuando ya no te-
nemos sed. — En sí mismo, el paisaje carece de variedad y
hasta de majestad. El paso de la Iglesia y la cumbre del Ber-
mejo, á pesar de su altitud absoluta, son dos boquetes ó
portillos, dos depresiones entre alturas mayores: es medio-
cre el horizonte contemplado. El cerro próximo, descarnado
y sombrío, corta duramente el azul metálico del cielo ; en los
repliegues de la roca, algunas chapas de nieve hacen cente-
llear sus agujas finísimas, cual hojuelas de mica ; asoma la
arcilla húmeda y negruzca debajo de la capa fundente: ello es
la «corona inmaculada» de la poesía de bufete. Intermina-
blemente, á lo largo de la senda estrecha, desgarrando la del-
gada epidermis caliza, las vértebras de la cordillera se suceden
en rosario de peñones ; y se roza con el estribo la cornisa su-
blime que, desde el valle, admirábamos ayer. — Ni un asomo
de vegetación, ni un grito de ave, ni una fuga de insecto entre
las grietas. Allá abajo, en el fondo del abismo, como un lus-
troso rastro de babosa en una piedra obscura, el torrente coagu-
lado en su quebrada se alarga indefinidamente, terso é inmóvil
por la distancia, sin una arruga, sin un rumor ; en el aire rare-
facto, un principio de fatiga y ansiedad penosa acrecienta la
impresión de abandono, de soledad, de inhospitalidad. El
hombre no se siente aquí pequeño, como suele decirse : tiene
la vaga conciencia de ser un punto extraño, un detalle cho-
cante en un medio hostil. Es este un paisaje lunar, reino in-
violado del silencio y de la muerte, en cuya atmósfera esteri-
lizada y glacial nuestra vida terrestre procura en vano el más
efímero asiento. Concibe la imaginación la grandeza salvaje,
el horror sublime de una noche de invierno en estas soledades,
cuando la tempestad de nieve desata los ventisqueros y arroja
al precipicio los aludes erráticos : pero tales cataclismos no se
perpetran para ojos humanos, así como las erupciones volcá-
nicas de nuestro helado satélite... Ahora, la tibia caricia del
sol amigo, la solidez del piso que retumba bajo el casco del
la muía, el silbido del arriero indiferente, al desvanecer toda
inquietud en la cruzada, acentúan su vulgar monotonía. Du-
rante la breve travesía de la planicie divisoria, la sensación
dominante no es otra que el deseo de bajar y divisar la posta
del Juncal. Como el Augusto de Gorneille, se experimenta
la nostalgia de la llanura :

Et monté sur le faite, on aspire á descendre...

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