Índice alfabético > R > Pantaleón Rivarola

Biografía

En el Buenos Aires colonial, cuando aún no vibraba en el ánimo colectivo el dulce y vigoroso reclamo de la libertad patria, nació Pantaleón Rivarola, el 27 de julio de 1754.

Allí curso humanidades, aunque su despejada inteligencia buscó graduarse en derecho, para lo cual viajó a Chile al finalizar el siglo XVIII.

Luego de doctorarse en ambas asignaturas fue catedrático de leyes en la universidad de San Felipe y notario del Santo Oficio en el reino de Chile, desde donde volvió a su país. Las juventudes porteñas necesitaban de su erudición y su elocuencia, tan útiles a la causa de la democracia cuyos albores despuntaban sobre las playas rioplatenses.

El novísimo colegio de San Carlos, cuyas aulas reunían a los estudiantes de las mejores familias patricias, le ofreció la cátedra de filosofía. Desde su alta posición moral, Rivarola impartió enseñanzas inolvidables a quienes, con el correr de los años, tendrían graves responsabilidades en el quehacer cívico argentino: entre sus alumnos de 1779 figuro Juan José Castelli, el que iba a ser en 1810 dialéctico formidable en el cabildo de mayo y esforzado caudillo en las guerras de la revolución.

De la enseñanza pasó a una capellanía militar, en el batallón del Fijo, como llamaban a uno de los regimientos que permanecían "de fijo" en la ciudad.

Con la misma facilidad que se había familiarizado con las letras, se fue acostumbrando al manejo de las armas. Tal vez un escondido presentimiento le dictara la conveniencia de saber empuñar un fusil en defensa del país que muy pronto sería invadido. Ambos aprendizajes los coronó con sus romances de "la reconquista" y "la defensa", sobre la epopeya que los soldados y paisanos escribieron con sangre heroica, batiéndose contra el enemigo inglés.

Cuando las campanas avisaron a la población, en 1807, Rivarola salió a la calle, para actuar, para ver, para luchar hombro con hombro junto a los mártires de la defensa de Buenos Aires. Su lira recogió con veracidad impresionante los capítulos del fervor popular: la viveza, el brío y el denuedo de los hombres, de los niños y las mujeres anónimas; los clamores de los que dejaban todo tras de sí, huyendo del saqueo; los rasgos de infinita audacia; la organización precaria aunque efectiva de los diversos barrios, que se unieron en la gesta...; todo, sin excepción, fue motivo harto o elocuente para que sus versos pudiesen cantar, con claridad y sencillez, el valor santo, el valor coronado por la victoria.

Consumada en 1810 la revolución democrática, se unió a ella con entusiasmo, a fin de ratificar una vez más sus experiencias de soldado y de maestro. El gobierno revolucionario lo nombró, en 1812, miembro de la junta conservadora de la libertad de imprenta.

Murió el 24 de setiembre de 1821; es decir, en los umbrales de la guerra civil, cuando ya comenzaban a sonar en los campamentos los dialogados romances de Hidalgo.


Obras

Romance heroico sobre la Reconquista de Buenos Aires y La gloriosa defensa

Las dos composiciones de este noble vate colonial suman alrededor de dos mil versos. No son verdaderas poesías, sino más bien crónicas rimadas, en las cuales se propuso, con cierta ingenuidad, pintar las jornadas trágicas de las invasiones inglesas, salvando el nombre oscuro de los que ayudaron a salvar la ciudad.

Resulta significativo que Rivarola dedicara al Cabildo su romance y que fuera en el Cabildo -única institución democrática en el régimen colonial- donde se tratara la disputa de las pasiones que suscitó. Si bien es cierto que la obra del poeta no llevaba en sí la intención de fundar escuela propia, ni aspiraba sobrevivir por espacio de mucho tiempo en la memoria de las gentes, debe reconocerse que obtuvo, en su momento, mucha popularidad. Esto se explica porque, tanto el Romance heroico como La heroica defensa, estaban construidos con elementos populares: el octosilabo tradicional; la rima suelta; los nombres de gentes y de lugares que se mencionan a cada momento. Fijó, pues, en verso vulgar, un testimonio colectivo, un sentimiento común a todos, nacido de las heroicas jornadas de las invasiones inglesas.


Estilo

Era Pantaleón Rivarola una respetable y grave figura patricia del Buenos Aires colonial, de esas que forjaron los brillos de la patria naciente. En su carácter de ilustre vecino asistió a los acontecimientos de armas que sacudieron a los rioplatenses en ocasión de las invasiones inglesas y que los prepararon para luchar más tarde con los veteranos españoles. Se familiarizó con las letras en las aulas que impartían la enseñanza rígida, propia del siglo XVIII; enseñó, más tarde, a las jóvenes generaciones que tuvieron participación directa en las jornadas libertadoras; se hizo soldado y actuó, a la manera de los poetas medievales, con singular fiereza, en la reconquista y defensa de Buenos Aires; enarboló luego el estandarte de los revolucionarios, poniendo su dialéctica y su verbo al servicio del ideal democrático.

Una vida tan fecunda pudo recoger y recogió numerosas experiencias. Una mente clara, unida a la inspiración desbordante y al fervor más puro, tradujo el pensamiento en romances que se consideran valiosos por su utilidad como testimonios históricos.

El relato de Rivarola es en verdad escrupuloso; los detalles, aun aquellos de menor significación, lo convierten en instrumento de orientación histórica; para algunos, el poeta nos ha legado un documento fidedigno; para otros, es el suyo un documento subsidiario.

A pesar de los ripios, los pasajes de su romances debieron de impresionar vivamente el alma popular que vibraba con fervores hasta entonces desconocidos: en ellos hay olor a pólvora, se oyen los quejidos de los moribundos, los clamores de las familias que huyen despavoridas, el estruendo de los cañones que disparan desde el castillo del fuerte, el ruido de los sables y de los cascos.

De estos versos afloran, también, los nombres de quienes carecían hasta entonces de toda importancia; de los negros esclavos del suburbio; los gauchos arribeños y los mestizos ignorados. Con estos romances, el "negro", tan visible después en el poema gaucho de Hernández, entra por primera vez en la literatura argentina.


Textos

Romance heroico

Pero ¡oh valor español,
superior a cuanto pueda
referirse en las historias,
fábulas, romances, poemas!
Cuarenta y nueve resuelven
mantenerse en la palestra,
y sostener el ataque
de toda la gente inglesa.
Dijeron, y luego al punto
se preparan a la guerra.
¡Viva España!, dicen todos,
y muera la Inglaterra.
Rómpese el fuego, y el campo
un Vesubio representa,
los tiros de artillería
por todas partes resuenan.
Aquí el bravo Pueyrredón,
lleno de valor se arrostra,
y sin temor de la muerte
embiste, corre, atropella,
y un carro de municiones
hace generosa presa;
mátanle el brioso caballo,
pero con gran ligereza
en ancas de otro montando,
sin daño escapa ni ofensa.
Aquí otros dos Pueyrredones.
y Orma con brío y destreza
por el Rey y por la patria
dan las más gloriosas muestras.
Aquí don Martín Rodríguez
con heroica gentileza
y su primo Don Juan Pablo
constantemente pelean.
Aquí don Antonio Tejo
su intrepidez manifiesta
en el brío con que embiste,
y ataca la gente inglesa.
Aquí el intrépido Ansoátegui
con otros de igual braveza,
su fe, valor y constancia
claramente manifiestan.
Aquí, finalmente todos
como unos héroes pelean;
nadie muere, y se retiran
con orden y gentileza,
dejando en el campo algunos
muertos de la gente inglesa.

La gloriosa defensa

Nuestras tropas ordenadas
en batalla, con denuedo
presurosas corren, vuelan
del anglicano al encuentro.
Innumerables muchachos
marchan en su seguimiento,
y en repetidos clamores
¡viva España! van diciendo.
Llegan al puente de Gálvez,
y todo en orden dispuesto,
trenes, cañones, obuses,
trincheras y parapetos,
al enemigo impacientes
esperan ya por momentos,
brotando llamas de brío
de sus generosos pechos.
Los bretones muy astutos
y en arte del fingir maestros
aparentan que hacia al frente
dirigen su rumbo cierto,
cuando por otros caminos,
rumbos y ocultos senderos,
al país se van internando
para avanzar luego al pueblo.
Nuestros húsares valientes
el rumbo les van siguiendo,
sin perderles de su vista
en su marcha y movimientos,
y de paso, escaramuzas
muy gloriosas van haciendo.
Ya les quitan las ovejas,
que traen para su alimento,
ya en sutiles emboscadas
sorprenden algunos de ellos,
y ya en sus mismos fogones,
sus tiendas y acampamentos
matan algunos ingleses,
sirviéndose de sus fuegos
en la tenebrosa noche
de farol y rumbo cierto.

Búsqueda personalizada