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Biografía

Miguel de UnamunoAunque nacido en Bilbao, Miguel de Unamuno adquirió una honda raíz castellana durante su larga estancia en Salamanca como catedrático de griego y como rector de su universidad, cargo para el que llegó a ser nombrado con carácter vitalicio.

Se graduó de bachiller en su ciudad natal, trasladándose luego a Madrid, donde cursó las disciplinas de filosofía y letras. Su afán de saber y su voluntad le formaron una sólida cultura humanística y literaria, familiarizandole con los clásicos griegos y latinos.

Vuelto a su tierra vasca para preparar las oposiciones a cátedra, dio, en una escuela privada, sus primeras lecciones, hasta que en 1891 obtuvo la cátedra de griego en la universidad salmantina, cuyo claustro de profesores le eligió para el rectorado en 1901.

En 1924 fue desterrado a Fuerteventura, en las Islas Canarias, de donde huyó a Francia para instalarse en Hendaya, en las cercanías de la frontera española. Sus siete años de destierro los dedicó a colaborar en diferentes diarios de Europa y América.

De nuevo en España retorno a su cátedra de griego y al rectorado de la Universidad de Salamanca, sin abandonar su actividad de articulista dentro y fuera de España.

La silenciosa ciudad castellana le llegó a lo más profundo de su alma y estuvo siempre en su pensamiento, en su corazón y en su pluma.

Miguel de Unamuno y Jugo murió en Salamanca la tarde del primero de enero de 1937, a los 73 años de edad, a consecuencia de un ataque cardiaco, cuando conversaba con un amigo en su despacho, abierto al salmantino Campo de San Francisco.


Obras

En torno al casticismo (1895), De la enseñanza superior en España (1899), Tres ensayos (1900), Paisajes (1902), Vida de don Quijote y Sancho (1905), Mi religión y otros ensayos (1910), Soliloquios y conversaciones (1912), Contra esto y aquello (1912), El porvenir de España (1912), y Del sentimiento trágico de la vida (1913) -su obra maestra- forman parte de esta producción, dedicada a sus reflexiones de filósofo.

Las novelas de don Miguel: Paz en la guerra, Amor y pedagogía, El espejo de la muerte, Niebla, Abel Sánchez, Tres novelas ejemplares y un prólogo, La tía Tula, Cómo se hace una novela; se caracterizan por la abundancia de las ideas, que predominan sobre la creación de caracteres.


Estilo

El disconformismo, muy peculiar del espíritu español, se manifestó desde los albores de las letras hispánicas, propensas a la crítica más severa de las costumbres y las empresas que, a pesar de esto, no perdieron pujanza ni grandeza. En el siglo XIX (muy especialmente en el último cuarto del mismo) arreciaron las lamentaciones, las quejas se hicieron más amargas y los escritores insistieron en la necesidad de una reforma capaz de rescatar los valores en decadencia.

En 1898, España perdió los últimos bastiones de su poderío colonial, merced a una guerra con los Estados Unidos. El acontecimiento encendió la iniciativa de aquella generación, cuya meta era salvar al país a todo trance, buscando nuevas fórmulas de progreso mediante la revisión de lo tradicional.

La generación del 98 reaccionó frente al desastre colonial con una actitud literaria, servida por un plantel de firmas, acaso las de mayor consistencia en nuestro panorama literario desde el Siglo de Oro.

Aquellos hombres, entre los que figuraban Azorín, Unamuno, Pío Baroja, Valle Inclán, Marquina, Maeztu, Miró, Pérez de Ayala, Benavente, Ortega y Gasset, y otros, influyeron de manera directa sobre la vida y la cultura de España, dejaron obras perdurables y alcanzaron una hondura y trascendencia pocas veces igualada, hasta forjar un nuevo renacimiento en la crítica, el ensayo, la erudición y el humanismo.

Poeta fecundo, cultivo del callado anhelo de la perfección, buscando de continuo la receta eficaz, cuyos ingredientes tuviesen la inquietud de lo moderno. Por eso su poesía, en apariencia ruda para el refinamiento muy en boga por entonces, resulta más intelectual que afectiva o imaginativa. El ensayo y la erudición constituyeron sus géneros preferidos, los que le llevaron a las mayores alturas, gracias a medulosos estudios sobre obras y autores, filosofía y cultura. Audaz y original, Unamuno puso en su trabajo un vigor extraordinario y de él extrajo fuerzas para nutrir su erudición.


Textos

Citas

"Acaso la enfermedad misma sea la condición esencial de lo que llamamos progreso, y el progreso mismo una enfermedad".

"Cuanto menos se lee, más daño hace lo que se lee."

"El hombre es un producto social y la sociedad debe impedir que se pierda para ella."

"Es muy triste no sentirse amado, pero es mucho más triste no ser capaz de amar."

"Es un hombre que sabe de todo, ¡qué tonto será!"

"La moda, es decir, la monotonía en el cambio."

"La razón es la muerte del fascismo."

"Venceréis, pero no convenceréis. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta; pero no convenceréis, porque convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta: razón y derecho en la lucha."

"Procuremos más ser padres de nuestro porvenir que hijos de nuestro pasado."

"¡Que inventen ellos!"

"Siente el pensamiento, piensa el sentimiento."

Niebla

Al aparecer Augusto a la puerta de su casa extendió el brazo derecho, con la mano palma abajo y abierta, y dirigiendo los ojos al cielo quedóse un momento parado en esta actitud estatuaria y augusta. No era que tomaba posesión del mundo exterior, sino era que observaba si llovía. Y al recibir en el dorso de la mano el frescor del lento orvallo frunció el sobrecejo. Y no era tampoco que le molestase la llovizna, sino el tener que abrir el paraguas. ¡Estaba tan elegante, tan esbelto, plegado y dentro de su funda! Un paraguas cerrado es tan elegante como es feo un paraguas abierto.

«Es una desgracia esto de tener que servirse uno de las cosas –pensó Augusto–; tener que usarlas, el use estropea y hasta destruye toda belleza. La función más noble de los objetos es la de ser contemplados. ¡Qué bella es una naranja antes de comida! Esto cambiará en el cielo cuando todo nuestro oficio se reduzca, o más bien se ensanche a contemplar a Dios y todas las cosas en Él. Aquí, en esta pobre vida, no nos cuidamos sino de servimos de Dios; pretendemos abrirlo, como a un paraguas, para que nos proteja de toda suerte de males.»

Díjose así y se agachó a recogerse los pantalones. Abrió el paraguas por fin y se quedó un momento suspenso y pensando: «y ahora, ¿hacia dónde voy?, ¿tiro a la derecha o a la izquierda?» Porque Augusto no era un caminante, sino un paseante de la vida. «Esperaré a que pase un perro –se dijo– y tomaré la dirección inicial que él tome.»

En esto pasó por la calle no un perro, sino una garrida moza, y tras de sus ojos se fue, como imantado y sin darse de ello cuenta, Augusto.

Y así una calle y otra y otra.

«Pero aquel chiquillo –iba diciéndose Augusto, que más bien que pensaba hablaba consigo mismo–, ¿qué hará allí, tirado de bruces en el suelo? ¡Contemplar a alguna hormiga, de seguro! ¡La hormiga, ¡bah!, uno de los animales más hipócritas! Apenas hace sino pasearse y hacernos creer que trabaja. Es como ese gandul que va ahí, a paso de carga, codeando a todos aquellos con quienes se cruza, y no me cabe duda de que no tiene nada que hacer. ¡Qué ha de tener que hacer, hombre, qué ha de tener que hacer! Es un vago, un vago como... ¡No, yo no soy un vago! Mi imaginación no descansa. Los vagos son ellos, los que dicen que trabajan y no hacen sino aturdirse y ahogar el pensamiento. Porque, vamos a ver, ese mamarracho de chocolatero que se pone ahí, detrás de esa vidriera, a darle al rollo majadero, para que le veamos, ese exhibicionista del trabajo, ¿qué es sino un vago? Y a nosotros ¿qué nos importa que trabaje o no? ¡El trabajo! ¡El trabajo! ¡Hipocresía! Para trabajo el de ese pobre paralítico que va ahí medio arrastrándose... Pero ¿y qué sé yo? ¡Perdone, hermano! –esto se lo dijo en voz alta–. ¿Hermano? ¿Hermano en qué? ¡En parálisis! Dicen que todos somos hijos de Adán. Y este, Joaquinito, ¿es también hijo de Adán? ¡Adiós, Joaquín! ¡Vaya, ya tenemos el inevitable automóvil, ruido y polvo! ¿Y qué se adelanta con suprimir así distancias? La manía de viajar viene de topofobía y no de filotopía; el que viaja mucho va huyendo de cada lugar que deja y no buscando cada lugar a que llega. Viajar... viajar... Qué chisme más molesto es el paraguas... Calla, ¿qué es esto?»

Y se detuvo a la puerta de una casa donde había entrado la garrida moza que le llevara imantado tras de sus ojos. Y entonces se dio cuenta Augusto de que la había venido siguiendo. La portera de la casa le miraba con ojillos maliciosos, y aquella mirada le sugirió a Augusto lo que entonces debía hacer. «Esta Cerbera aguarda –se dijo– que le pregunte por el nombre y circunstancias de esta señorita a que he venido siguiendo y, ciertamente, esto es lo que procede ahora. Otra cosa sería dejar mi seguimiento sin coronación, y eso no, las obras deben acabarse. ¡Odio lo imperfecto!» Metió la mano al bolsillo y no encontró en él sino un duro. No era cosa de ir entonces a cambiarlo, se perdería tiempo y ocasión en ello.

–Dígame, buena mujer –interpeló a la portera sin sacar el índice y el pulgar del bolsillo–, ¿podría decirme aquí, en confianza y para inter nos, el nombre de esta señorita que acaba de entrar?

–Eso no es ningún secreto ni nada malo, caballero.

–Por lo mismo.

–Pues se llama doña Eugenia Domingo del Arco.

–¿Domingo? Será Dominga...

–No, señor, Domingo; Domingo es su primer apellido.

–Pues cuando se trata de mujeres, ese apellido debía cambiarse en Dominga. Y si no, ¿dónde está la concordancia?

–No la conozco, señor.

–Y dígame... dígame... –sin sacar los dedos del bolsillo–, ¿cómo es que sale así sola? ¿Es soltera o casada? ¿Tiene padres?

–Es soltera y huérfana. Vive con unos tíos...

–¿Paternos o maternos?

–Sólo sé que son tíos.

–Basta y aun sobra.

–Se dedica a dar lecciones de piano.

–¿Y lo toca bien?

–Ya tanto no sé.

–Bueno, bien, basta; y tome por la molestia.

–Gracias, señor, gracias. ¿Se le ofrece más? ¿Puedo servirle en algo? ¿Desea le lleve algún mandado?

–Tal vez... tal vez... No por ahora... ¡Adiós!

–Disponga de mí, caballero, y cuente con una absoluta discreción.

«Pues señor –iba diciéndose Augusto al separarse de la portera–, ve aquí cómo he quedado comprometido con esta buena mujer. Porque ahora no puedo dignamente dejarlo así. Qué dirá si no de mí este dechado de porteras. ¿Conque... Eugenia Dominga, digo Domingo, del Arco? Muy bien, voy a apuntarlo, no sea que se me olvide. No hay más arte mnemotécnica que llevar un libro de memorias en el bolsillo. Ya lo decía mi inolvidable don Leoncio: ¡no metáis en la cabeza lo que os quepa en el bolsillo! A lo que habría que añadir por complemento: ¡no metáis en el bolsillo lo que os quepa en la cabeza! Y la portera, ¿cómo se llama la portera?»

Del sentimiento trágico de la vida

¿Quién no conoce la mítica tragedia del Paraíso? Vivían en él nuestros primeros padres en estado de perfecta salud y de perfecta inocencia, y Yavé les permitía comer del árbol de la vida, y había creado todo para ellos; pero les prohibió probar del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal. Pero ellos, tentados por la serpiente, modelo de prudencia para el Cristo, probaron de la fruta del árbol de la ciencia del bien y del mal, y quedaron sujetos a las enfermedades todas y a la que es corona y acabamiento de ellas, la muerte, y al trabajo y al progreso. Porque el progreso arranca, según esta leyenda, del pecado original. Y así fue cómo la curiosidad de la mujer, de Eva, de la más presa a las necesidades orgánicas y de conservación, fue la que trajo la caída y con la caída la redención, la que nos puso en el camino de Dios, de llegar a Él y ser en Él. ¿Queréis una versión de nuestro origen? Sea. Según ella, no es en rigor el hombre, sino una especie de gorila, orangután, chimpancé o cosa así, hidrocéfalo o algo parecido. Un mono antropoide tuvo una vez un hijo enfermo, desde el punto de vista estrictamente animal o zoológico, enfermo, verdaderamente enfermo, y esa enfermedad resultó, además de una flaqueza, una ventaja para la lucha por la persistencia. Acabó por ponerse derecho el único mamífero vertical: el hombre. La posición erecta le libertó las manos de tener que apoyarse en ellas para andar, y pudo oponerse el pulgar a los otros cuatro dedos, y escoger objetos y fabricarse utensilios, y son las manos, como es sabido, grandes fraguadoras de inteligencia. Y esa misma posición le puso pulmones, tráquea, laringe y boca en aptitud de poder articular lenguaje, y la palabra es inteligencia. Y esa posición también, haciendo que la cabeza pese verticalmente sobre el tronco, permitió un mayor peso y desarrollo de aquella, en que el pensamiento se asienta. Pero necesitando para esto unos huesos de la pelvis más resistentes y recios que en las especies cuyo tronco y cabeza descansan sobre las cuatro extremidades, la mujer, la autora de la caída, según el Génesis, tuvo que dar salida en el parto a una criatura de mayor cabeza por entre unos huesos más duros. Y Yavé la condenó, por haber pecado, a parir con dolor sus hijos.

El gorila, el chimpancé, el orangután y sus congéneres deben de considerar como un pobre animal enfermo al hombre, que hasta almacena sus muertos. ¿Para qué?

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