Índice alfabético > M > Ramón de Mesonero Romanos

Biografía

Ramón de Mesonero RomanosHeredero directo del gran costumbrista Mariano José de Larra (Fígaro), se dio a escribir, con estilo llano, sobre la realidad que presenciaba a diario; no hizo novelas, sino que trazó cuadros pintorescos que preparan al lector para la transición de la fantasía romántica al realismo cotidiano.

Aunque a los dieciocho años se había alistado como miliciano, trató de evitar contactos políticos, porque su pasión era frecuentar las bibliotecas y archivos donde hallaba preciosos documentos, que estudiaba atentamente. De tales tareas extrajo antecedentes muy valiosos para su producción.

Madrid lo sedujo. Inquirió su historia y sus costumbres; observó atentamente al hombre de la calle, sus hábitos, lenguaje y fisonomía; frecuentó aquellos lugares típicos que representan una expresión de vivo casticismo y fue nombrado cronista de Madrid.

Alejado de la "áurea mediocritas" que recomienda Horacio, don Ramón modernizó obras del teatro español del siglo XVII y escaló los umbrales de la Academia. En 1838 le fueron concedidos los laudos de académico. Su vida, pues, estuvo orientada por una firme personalidad literaria: el artículo de costumbres fue la base de esa personalidad, si bien merece recordarse su condición de poeta, que lo fue bueno.

Hijo dilecto de su ciudad, la amo y la cantó en su costumbrismo minucioso inquisidor, lleno de alegres colores y a su municipio le legó una biblioteca, que se encuentra entre las mejores de España.

Murió casi octogenario. En el casticísimo Paseo de los Recoletos, su busto recuerda que un madrileño supo ver, a través de sus ovalados espejuelos, más allá de la simple rutina de este mundo.


Obras

Las Escenas matritenses, segunda serie de notas que siguió al Panorama matritense, salieron a la luz en el Semanario pintoresco español y lo mostraron más avezado, ágil y suelto que en la primera.

Interesantes bocetos de cuadros y costumbres forman en conjunto sus Tipos y caracteres, que acabó en 1862 y reunió más tarde en una obra de tres volúmenes, a la que puso por subtítulo Cuadros de costumbres de la capital, observados y descritos por el curioso parlante.

Conocía a fondo a los novelistas y escritores de la edad de oro, cuyo estilo satírico tomó como modelo, así como halló antecedentes en los buenos costumbristas del siglo XVII (Zabaleta, Liñán, etc.).

También escribió El curioso parlante, Recuerdos de viaje por Francia y Bélgica en 1840 a 41, El antiguo Madrid, paseos histórico anecdóticos por las calles y plazas de esta villa. De gran atractivo el valor histórico, las sabrosas reflexiones contenidas en las Memorias de un setentón, natural y vecino de Madrid (1880), se refieren al periodo entre 1808 y 1850.


Estilo

En 1831 el lector español recibió con beneplácito una obra de cierto joven desconocido. La crítica aceptó como buena aquella pintura bastante graciosa y perspicaz que, con el título de Manual de Madrid, presentaba Ramón de Mesonero Romanos. Tenía el autor escasos veintiocho años, pero su agudeza, su honda observación y un entrañable cariño por todo lo madrileño le habían puesto en trance de juzgar con desenfado, originalidad y sentido del humor a aquella sociedad.

No pasó un año cuando dio principio a su obra capital: Panorama matritense (1832-35), con el seudónimo de El curioso parlante. El periódico Cartas Españolas se encargó de publicar estos sabrosos artículos, junto con los de otro notable costumbrista, llamado Estébanez Calderón. Los artículos que forman el Panorama matritense, las Escenas matritenses (1836-42) y los Tipos y caracteres (1843-62) son tres series de cuadros de costumbres de Madrid, en que se reflejan lo que éstas fueron durante los dos primeros tercios del siglo XX. Enamorado de su ciudad, Mesonero fue benévolo observador de su vida, tomó el pulso de Madrid, hizo con su casticismo un culto y aunque conoció y apuntó ciertos defectos de sus contemporáneos, huyó siempre del tono acre y de la sátira intencionada, mordaz y personal.

No podemos dejar de reconocerle exactitud, tanto en el conjunto como en el detalle de sus cuadros, aunque también resultó a veces monótono.


Textos

Las costumbres de Madrid

Los franceses, los ingleses, alemanes y demás extranjeros, han intentado describir moralmente la España; pero o bien se han creado un país ideal de romanticismo y quijotismo, o bien desentendiéndose del trascurso del tiempo, la han descrito no como es, sino como pudo ser en tiempo de los Felipes... Y es así como en muchas obras publicadas en el extranjero de algunos años a esta parte con los pomposos títulos de La España, Madrid o las costumbres españolas, El Español, Viaje a España, etc., etc., se ha presentado a los jóvenes de Madrid enamorando con la guitarra; a las mujeres asesinando por celos a sus amantes; a las señoritas bailando el bolero; al trabajador descansando de no hacer nada; así es como se ha hecho de un sereno un héroe de novela; de un salteador de caminos un Gil Blas; de una manola de Lavapiés una amazona; de este modo se ha embellecido la plazuela de Afligidos, la venta del Espíritu Santo, los barberos, el coche de colleras y los romances de los ciegos, dándoles un aire a lo Walter Scott, al mismo tiempo que se deprimen nuestros más notables monumentos, las obras más estimadas del arte; y así en fin los más sagrados deberes, la religiosidad, el valor, la amistad, la franqueza, el amor constante, han sido puestos en ridículo y representados como obstinación, preocupaciones, necedad y pobreza de espíritu.

Pero ¿qué ha de suceder? Viene a España un extranjero (y principalmente uno de vuestros vecinos transpirenaicos) y durante los cuatro días de camino de Bayona a Madrid no cesa de clamar con sus compañeros de diligencia contra los usos y costumbres de la nación que aún no conoce; apéase en una fonda extranjera, donde se reúne con otros compatriotas que se ocupan exclusivamente de la alza o baja de los fondos en París o de las discusiones de las cámaras; visita a todos sus paisanos, atiende con ellos a sus especulaciones mercantiles, y sigue en un todo sus patrios usos.

Levántase, por ejemplo, al siguiente día, y después de desayunarse con cuarenta y ocho columnas de diarios llegados por la mala, se dirige por el más corto camino a casa de Mr. Monier a tomar un baño; luego a almorzar chez Genieys; después al salón de Petibon, o al obrador de Rouget; desde allí a la embajada, y saliendo a las tres.

-«¡Peste de país! no hay nadie en las calles.»-Con lo cual se baja al Prado, donde no deja de hallar a aquella hora a algún ciego que baila los monos delante de los muchachos, otro que enseña el tutili-mondi al son del tambor o un calesín que va a los toros con dos manolas gallardamente escoltadas por un picador y un chulo. -«Vamos a los toros...» -gritos, silbidos, expresiones obscenas... -«¡Oh le vilain pais!» -Embiste el toro, cae el picador, derriba a los chulos, estropea el caballo; saca su libro de memoria y anota -«En la corrida de toros murieron siete hombres, y el público reía grandemente.» -Sale de allí y baja al Prado al anochecer; hay mucha gente, pero ya no se ve. -«Las jóvenes personas (anota) van al Prado tan tapadas que no se las ve.» -Súbese por la calle de la Reina, come en Genieys, donde el Champagne y el Bordeaux le entretienen tanto que llega al teatro cuando se ha empezado el sainete: «Las pequeñas piezas en España son pitoyables.» -No le parece tanto otra pieza que se distingue en la primer fila de la cazuela; espérala a su descenso, y viéndola cabalmente sin compañía se ofrece caballerescamente a hacérsela; acepta ella como era de esperar, y desde el momento le habla con la mayor marcialidad: «Las mujeres en España son extremadamente amables» -dice, sin meterse a averiguar más respecto a su compañera. -Luego va a una soirée, donde al instante todos empiezan bien o mal a hablarle en francés, y para diferenciar le invitan a jugar al ecarté o a bailar la galope con lo cual vase luego a su casa y emplea el resto de la noche en extender sus memorias sobre las costumbres españolas, y pintar los románticos amores de don Gómez con donna Matilda, o donna Paquita con don Fernández. -Pasan así quince días, vuelve rápidamente a Bayona, y a poco tiempo «Tableau moral et politique de l'Espagne, par un observateur» -y pillando un trozo de Lesage, no duda en adoptar por epígrafe el: «Suivez moi, je vous ferai connaitre Madrid.» Y por cierto que el Madrid que ellos pintan no lo conocería Lesage ni el autor del Manual.

Búsqueda personalizada