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Biografía

Mariano José de LarraEn 1837 una hermosa dama de la corte, embozada según convenía a su recato y condición, abandonó deprisa la buhardilla madrileña donde, pocos minutos antes, se había visto concierto escritor de moda para dar por terminadas con éste sus relaciones sentimentales.

El semblante de la joven denotaba a la vez preocupación y firmeza cuando ascendió al carruaje que la aguardaba para alejarla de allí para siempre. Pocos minutos después, cuando aún las ruedas se oían a lo lejos, sonó un pistoletazo.

Mariano José de Larra (Madrid, 24 de marzo de 1809–13 de febrero de 1837), " Fígaro", incapaz de sobreponerse a la amargura de la separación, se había saltado la tapa de los sesos. El final, no por trágico, resultó imprevisto. Larra era para muchos un tornadizo, un misántropo inveterado a quien nada conformaba y todo se debía para sus siniestras intenciones de censor. Sin embargo, debajo de la carcajada aparente, muy cerca de aquella máscara eternamente risueña y mordaz, ocultaba un corazón transido de angustia, de temores y de remordimientos, de insatisfacciones tremendas.

Hijo de un médico que acompañaba al ejército napoleónico, se educó con escolapios y jesuitas, y en Madrid, su ciudad natal, curso humanidades, estudió griego, latín, inglés e italiano.

Voltaire y el Enciclopedismo lo ganaron muy pronto. Tiro por la ventana sus libros de derecho, abandonó la casa paterna, se echó a las calles de Madrid, frecuentó cafés, salas de redacción y el famoso Parnasillo, donde pululaban, por decenas, los escritores y artistas de la mayor nombradía. Conoció a los dieciséis años el primer infortunio amoroso, y a los veinte, apadrinado por el duque de Frías, se casó con Doña Josefa Wetoret y Velazco, a quien hizo infeliz con su carácter y sus rarezas. Por su innata mordacidad tuvo contratiempos, se buscó enemigos, polémicas y disputas de todo orden. No podía con su genio, porque estaba hecho a la manera de los románticos, siempre disconforme, siempre atormentado, febril, cruel consigo mismo hasta el borde de un masoquismo que llegaría hasta el punto de terminar, finalmente, con su vida. Después de pasar algunos meses en Londres, Bruselas y París, fue elegido diputado por Ávila (1836), pero no llegó a actuar como tal, pues las Cortes se disolvieron, después del movimiento provocado por el sargento García en La Granja, la residencia campestre de los reyes.

Ganó mucho dinero, firmó poco antes de morir un contrato comprometiéndose a colaborar en el Redactor General y El Mundo, pero no pudo eludir el trágico destino, en su madrileña morada de la calle de Santa Clara, frente a un Espejo.


Obras

La colección más antigua de sus artículos es la que se publicó en El Pobrecito Hablador. Entre ellos merecen recuerdo: El casarse pronto y mal, que une al valor autobiográfico una sabrosa crítica de los matrimonios prematuros; El castellano viejo, aguda sátira de ciertos tipos que alardean de mantenerse dentro de las costumbres más castizas; Vuelva usted mañana, burla de la administración pública española.

Estos artículos de costumbres, aparecidos en diversos periódicos, constituyen su obra maestra, la que le dio popularidad dentro y fuera de su patria.

También es autor de El doncel de don Enrique el Doliente, novela histórica ambientada en la Edad Media.


Estilo

Larra fue ante todo un destacadísimo articulista, con una gran claridad y fuerza en su prosa.

Expresó él mismo su programa: "reírnos de las ridiculeces, ésta es nuestra divisa; ser leídos, éste es nuestro objeto; decir la verdad, este es nuestro medio."

No perdonó los defectos ajenos ni ignoro los propios, que lo llevaron a un trágico desenlace. Tuvo valor para vivir de su pluma y llegar a ser el periodista más importante de su época, el mejor retribuido y considerado. Agudo y penetrante observador, Larra supo ver y satirizar el lado ridículo de las cosas; palpó la anatomía social de los españoles como quien explora un cuerpo enfermo y a sabiendas hundió sus dedos en las llagas, para hacer doler allí donde las lacras eran más pronunciadas y terribles.

No era la risa, precisamente, su intención. Detrás de aquel estilo sobrio, incisivo y nervioso, sin adornos ni énfasis, se escondía un mensaje tremendamente triste, un concepto pesimista del mundo, una trascendente interpretación de la vida.

Es considerado, junto con Espronceda, Bécquer y Rosalía de Castro, la más alta cota del romanticismo literario español.


Textos

Citas

El corazón del hombre necesita creer algo, y cree mentiras cuando no encuentra verdades que creer.

El pueblo no es verdaderamente libre mientras que la libertad no esté arraigada en sus costumbres e identificada con ellas.

Escribir en Madrid es llorar, es buscar voz sin encontrarla, como en una pesadilla abrumadora y violenta.

¿No se lee en este país porque no se escribe, o no se escribe porque no se lee? Esa breve dudilla se me ofrece por hoy, y nada más. Terrible y triste cosa me parece escribir lo que no ha de ser leído...

Vuelva usted mañana

Gran persona debió de ser el primero que llamó pecado mortal a la pereza; nosotros, que ya en uno de nuestros artículos anteriores estuvimos más serios de lo que nunca nos habíamos propuesto, no entraremos ahora en largas y profundas investigaciones acerca de la historia de este pecado, por más que conozcamos que hay pecados que pican en historia, y que la historia de los pecados sería un tanto cuanto divertida. Convengamos solamente en que esta institución ha cerrado y cerrará las puertas del cielo a más de un cristiano.

Estas reflexiones hacía yo casualmente no hace muchos días, cuando se presentó en mi casa un extranjero de éstos que, en buena o en mala parte, han de tener siempre de nuestro país una idea exagerada e hiperbólica, de éstos que, o creen que los hombres aquí son todavía los espléndidos, francos, generosos y caballerescos seres de hace dos siglos, o que son aún las tribus nómadas del otro lado del Atlante: en el primer caso vienen imaginando que nuestro carácter se conserva tan intacto como nuestra ruina; en el segundo vienen temblando por esos caminos, y preguntan si son los ladrones que los han de despojar los individuos de algún cuerpo de guardia establecido precisamente para defenderlos de los azares de un camino, comunes a todos los países.

Verdad es que nuestro país no es de aquellos que se conocen a primera ni a segunda vista, y si no temiéramos que nos llamasen atrevidos, lo compararíamos de buena gana a esos juegos de manos sorprendentes e inescrutables para el que ignora su artificio, que estribando en una grandísima bagatela, suelen después de sabidos dejar asombrado de su poca perspicacia al mismo que se devanó los sesos por buscarles causas extrañas. Muchas veces la falta de una causa determinante en las cosas nos hace creer que debe de haber las profundas para mantenerlas al abrigo de nuestra penetración. Tal es el orgullo del hombre, que más quiere declarar en alta voz que las cosas son incomprensibles cuando no las comprende él, que confesar que el ignorarlas puede depender de su torpeza.

Esto no obstante, como quiera que entre nosotros mismos se hallen muchos en esta ignorancia de los verdaderos resortes que nos mueven, no tendremos derecho para extrañar que los extranjeros no los puedan tan fácilmente penetrar.

Un extranjero de éstos fue el que se presentó en mi casa, provisto de competentes cartas de recomendación para mi persona. Asuntos intrincados de familia, reclamaciones futuras, y aun proyectos vastos concebidos en Paris de invertir aquí sus cuantiosos caudales en tal cual especulación industrial o mercantil, eran los motivos que a nuestra patria le conducían.

Acostumbrado a la actividad en que viven nuestros vecinos, me aseguró formalmente que pensaba permanecer aquí muy poco tiempo, sobre todo si no encontraba pronto objeto seguro en que invertir su capital. Parecióme el extranjero digno de alguna consideración, trabé presto amistad con él, y lleno de lástima traté de persuadirle a que se volviese a su casa cuanto antes, siempre que seriamente trajese otro fin que no fuese el de pasearse. Admiróle la proposición, y fue preciso explicarme más claro.

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