Índice alfabético > G > Manuel Gálvez

Biografía

Manuel GálvezDe la unión de don Manuel Gálvez y Doña Ángela Balugera nació este Manuel Gálvez en Paraná, el 18 de julio de 1882. Nació de buena familia, adinerada y de prosapia: era octavo nieto de Juan de Garay, contando entre sus ascendientes a Juana de Saavedra y Sanabria -Hermana de Hernandarias-. Cuando tenía tres años, pasó con su familia a la ciudad de Santa Fe desde su Paraná natal. Allí entró en el colegio de la Inmaculada, donde desde los diez años hizo estudios de griego y de latín. Pasó fugazmente por el colegio de Pizzurno, continuó sus tareas escolares en el Salvador, de Buenos Aires, y se graduó de bachiller en 1897. Desde ese momento se dedicó pacientemente a leer y al estudio de las leyes. Sus primeros ensayos aparecieron publicados en Nueva Época y consistieron en críticas de obras teatrales. Pero en él bullía la creación y hacia ella se encaminó, con apresurado paso de principiante.

En 1904, ya abogado, marchó a Europa. En París se encontró con Rubén Darío, a quien leyó los versos de su novia, Delfina Bunge, con la que contrajo matrimonio en abril de 1910. En agosto de 1907 irrumpió en la vida literaria porteña con su primer libro: El enigma interior, impreso por Biedma. Entre ese año y el de 1909 viajó por las provincias del norte en su condición de inspector de enseñanza secundaria. De estos viajes nació un volumen de veintisiete poemas, Sendero de humildad, que dedicó a sus amigos en las letras.

Concurrió a las reuniones de el "almorzáculo", peña de escritores donde se relacionó con colaboradores de la revista Nosotros. Tras de una nueva y prolongada estancia en Europa, resolvió dedicarse por completo a la novela. Corría el año 1912. Doce meses más tarde, el Departamento Nacional de Trabajo publicaba su ensayo La inseguridad de la vida obrera, fruto de sus experiencias como delegado argentino al Congreso de París.

En 1919 fundó la editorial Pax, juntamente con Augusto Bunge. En el teatro obtuvo éxitos resonantes, como la adaptación de su famosa novela Nacha Regules. Desde 1933 colaboró en La Nación. En noviembre de 1962, la prensa publicó la noticia de su muerte, con comentarios laudatorios sobre su obra literaria y su personalidad.


Obras

En octubre de 1913 vio la luz El solar de la raza, reafirmación de hispanismo que marcó el retorno de la joven intelectualidad argentina a los viejos principios de la madre patria. La maestra normal (1914), novela de claro ambiente provinciano, le valió una severa crítica por parte del magisterio y algo también de la prensa; en Buenos Aires, el diario El Pueblo dijo que era un libro inmoral y pornográfico, al mismo tiempo que Unamuno lo defendía en La Nación y Lugones sostenía en las columnas del mismo diario que Gálvez atacaba a las provincias, a los maestros y a la escuela laica.

A principios de 1919 inició la preparación de una de sus más famosas y discutidas novelas: Nacha Regules, anticapitalista y revolucionaria en lo social y económico, aunque no en lo religioso. En 1920 la Biblioteca de Novelistas Americanos público su Luna de miel y otras narraciones, que contiene cuatro novelitas y tres cuentos, y tres años más tarde apareció Historia de arrabal. La tragedia de un hombre fuerte, publicada en mayo de 1922, reflejó la lucha entre el espíritu emprendedor y el espíritu estático que se disputan el ser argentino encarnado en Víctor Urgel, en el escenario de la pasión política y la pasión de su amor.

Entre su obra novelística destacan además El gaucho de los cerrillos, La sombra del convento (1917) y Hombres en soledad (1938). De sus biografías, la de Hipólito Yrigoyen, la de Juan Manuel de Rosas y la de Domingo Faustino Sarmiento.


Estilo

La generación de Gálvez vivió en un tiempo feliz, cuando Buenos Aires contaba apenas con ochocientos mil habitantes. Como gran parte de ellos eran extranjeros, la población nativa constituía realmente una gran aldea. Eran días placenteros y tranquilos. No se conocían grandes fortunas, pero nadie le faltaba dinero; los jóvenes se aburrían un poco por falta de diversiones, pero en cambio existía la amistad y el amor; todavía circulaban algunos tranvías a caballo, se bailaba la polka militar y, hasta en los barrios del centro, sobre todo en las primeras horas de la noche, el melancólico organillo trituraba las notas del vals Sobre las olas o El delirio de Lucía.

En este clima ingenuo, en esta sociedad que cultivaba el posromanticismo y se deleitaba con las empolvadas marquesas de Darío, Gálvez nació a las letras asesinando a los faunos y a los sátiros de una Grecia de tercera mano: sus compañeros eran todos rebeldes, creían en el tolstoismo como en una especie de anarquismo cristiano, simpatizaban con el teatro libre de Antoine y eran espiritualistas que creían en los principios esenciales de la religión.

En mayo de 1903 fundó la revista Ideas, semejante a una peña editorial, que reunió alrededor de Emilio Ortiz Grognet y Emilio Becher a figuras descollantes: Ricardo Rojas, Juan Pablo Echagüe, Ricardo Olivera, Mariano Antonio Barrenechea, Carlos Alberto Leumann, Juan Manuel Méndez, Alfredo López Prieto, Ernesto Mario Barreda, Mario Bravo, Gustavo Martínez Zuviría y tantos otros, se lanzaron así al quehacer literario. Cuatro años más tarde, en agostó de 1907, irrumpió en la vida literaria porteña con su primer libro El enigma interior, que apareció impreso por Biedma. Cada poema estaba dedicado a un hombre de letras, y todo el libro, a Delfina, el gran amor, cuyas blancas manos, pálidas y conventuales, le hacían soñar con las vírgenes de Botticelli. La crítica aceptó el trabajo con bastante complacencia y se vendieron, aproximadamente, ciento veinte ejemplares.

En julio de 1912 -al cumplir los treinta años- decidió iniciar su obra novelesca, planeada desde un lustro atrás. Juzgó llegado el momento de escribir, en prosa, aquello que conocía por experiencia. Sincero consigo mismo, Gálvez había esperado lo suficiente para no defraudar ni defraudarse; antes de entonces, mal hubiese podido escribir padecimientos, porque no había sufrido ni vivido. Antes de lanzarse definitivamente hizo su plan: treinta novelas de la vida Argentina, a una cada año o cada año y medio. Estudio concienzudamente la técnica novelística y empezó a vivir en el mundo de los seres ficticios, creados por su imaginación. Dos años después aparecería La maestra normal.

Es Gálvez el aprovechado novelista de cada hora, de cada angustia; un escritor triunfalmente desafiante del tiempo, profundo psicólogo, retratista sincero para quien el arte y la ciencia de novelizar es un instrumento dominado con perfección; es también el poeta del amor y de la mística, ultrasintético y humano.

Siguió pacientemente la pista de las tradiciones patrias, esbozando vivas biografías, como la de Rosas, Quiroga y Ceferino Namuncurá; relató, también, ciertos hechos sombríos del ayer histórico argentino.


Textos

Nacha Regules

Noche de Agosto. Buenos Aires ardía en millones de luces, deliraba en fiestas jubilosas, se exaltaba en la fiebre de su adolescente energía. En Mayo comenzaron las fiestas. Vinieron millares de gentes desde todos los rincones del país, desde las repúblicas vecinas.

Y aun desde Europa vinieron.

Durante los grandes días, el gentío, en procesión monstruosa y lenta, cubrió el asfalto de las calles centrales. El pasar de las gentes era infinito; las calles y las casas parecían moverse. Al atardecer, cuando la multitud se espesaba, las calles producían la sensación de algo que se iba hinchando. Por las noches, cuarenta teatros e innumerables cines y conciertos apretaban, en sus salas, desbordantes trozos de muchedumbre.

En los cabarets se codeaban el ruidoso libertinaje y la curiosidad. El cabaret porteño —sólo el nombre de común, con el de París—, es un baile público: una sala, mesas donde beber y una orquesta. Jóvenes de las altas clases, sus queridas, curiosos y algunas muchachas "de la vida" que acuden solas, son los clientes del cabaret. El tango, danza allí casi exclusiva, la orquesta típica — compadritos y mulatillos en su mayoría — , instalan entre el champaña y los smokings el alma del arrabal. Los músicos cantan ciertos tangos, gritan, golpean sobre las maderas de los instrumentos, gesticulan. Las siluetas de los danzantes se tuercen, se enredan, se paralizan. Y el bandoneón, con sus notas bajas y oscuras, subraya los tangos de largas sombras dolorosas.

Pero no todo en el cabaret es danza. Algunas noches el escándalo corta de golpe el baile, de un cabo al otro de la sala, como un vibrante y enorme tajo.

Una terca mirada a la mujer de otro, un violento choque de parejas o una sospecha de burlas, hacen hinchar las bocas de amenazas y zigzaguear los revólveres. La "patota", protagonista usual de estas escenas, es un grupo de jóvenes malcriados. Su placer más fuerte consiste en molestar, insultar, agredir con los puños o con armas, trastornar en gresca tabernaria las reuniones pacíficas. Indignarse contra los patoteros o querer repulsar sus agresiones, es ofrecerse al brazo habituado o a la bala certera, que surgirán a traición, canallescamente.

Búsqueda personalizada