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Biografía

Luis de TejedaLuis José de Tejeda y Guzmán (Córdoba, Argentina, 25 de agosto de 1604 - 1680) está considerado como el primer poeta argentino.

La línea sinuosa de su vida aventurera aparece dibujada, mejor que en cualquier crónica, en su propia obra, trasunto fiel de una pasión mundana y mística.

Desde 1604 hasta 1612 trascurrió su infancia doméstica; desde 1612 hasta 1620 se educó con los jesuitas; desde 1620 hasta 1624 hizo de las suyas y se divirtió con una doncella cordobesa a quien llama Anarda en sus confesiones.

Rico, joven, bien plantado, generoso y por añadidura poeta, fácil es comprender su atractivo sobre el alma femenina. Su hermano Gabriel lo estimuló y juntos se dieron a galantear, el uno a la hermosa Casandra y el otro a la vehemente Anarda.

El padre de don Luis era un caballero monástico y se horrorizó con tales devaneos; lo envió a la corte, donde el joven caso con la muy hidalga doña Francisca de Vera y Aragón, a instancias del Obispo de Santiago. Muchos atribuyeron esta solución a un milagro de Santa Teresa, ante cuya imagen había elevado don Juan sus fervorosas preces en auxilio de sus dos hijos descarriados.

Estoica y resignada hubo de ser doña Francisca con un marido turbulento, pronto a reanudar sus juveniles excesos sin importarsele un ápice su padre, ni sus hermanas monjas, ni su antiguo camarada de juergas, Gabriel, metido a fraile.

A fuer de hidalgo encomendero, entró también en la carrera de las armas, se desempeñó como alférez real en el cabildo de Córdoba y con el grado de Capitán acudió en auxilio del puerto de Santa María de los Buenos Aires, sitiado por piratas holandeses (1625), poniendo de relieve allí sus condiciones militares.

Sus campañas militares registran salidas al Chaco, a Tucumán y al río Cuarto, en persecución de los indios rebeldes.

Hasta que por fin, a los 57 años de edad, cansado o arrepentido, renunció a sus cuantiosos bienes terrenales y entró de lego en el convento de la orden de los Predicadores (dominicos), después de haber enviudado y de haberse separado de sus cinco hijos.

La vejez lo sorprendía, con las fuerzas declinantes y el alma arrepentida, sin demasiada congoja, desengañado del amor, de la vida inútil.

En su celda desmantelada iba a buscar, por fin, la respuesta de la sabiduría. La halló sin trabajo, la tradujo en versos y concibió las tres partes de su singular poema El peregrino en Babilonia, escrito casi todo en romances.

Toda una vida aventurera, la suya, bien puede recordarse como arquetipo del conquistador, ávido de lances, de poesía y de fe.


Obras

En El peregrino en Babilonia confiesa sus eróticas aventuras juveniles; sus poesías místicas son la efusión de su alma arrepentida.

El peregrino en Babilonia, poema autobiográfico, debió constar de tres partes, aunque solamente han llegado a nosotros las dos primeras.

La primera parte, escrita en octosilabos asonantes, es narrativa y trata sobre los devaneos amorosos del poeta (el peregrino) en Córdoba (supuesta Babilonia); la segunda parte, escrita en silvas, más lírica que narrativa, expresa arrepentimiento y aunque mezcla lo sagrado con lo profano nos muestra un Tejeda contrito y dispuesto a la penitencia; a éstas le siguen poesías religiosas (Canción sáfica a Santa Teresa de Jesús, Soliloquios del Niño Jesús, Redondillas a la jura del misterio de la concepción de Nuestra Señora, Los celos sin agravios, El fénix del amor, el famoso soneto A Santa Rosa de Lima, etc.) que lo sitúan en el grupo de los poetas gongoristas en América.


Estilo

El mundo colonial se desarrolló con rapidez sorprendente, tanto más asombrosa cuanto que sólo una décima parte de su población hablaba el correcto español o portugués.

Escuelas, universidades, conventos, autoridades políticas y eclesiásticas dieron su apoyo a la literatura y a las artes; los virreyes asumieron el papel de mecenas, construyeron teatros privados en sus palacios de México y de Lima, fundaron salones y academias literarias.

Los hogares cristianos se alzaron a manera de bastiones filosóficos en cuyo seno, insensiblemente, se concretó la conciencia de una nueva sociedad, de una nueva "patria" cuyo sentido muy pronto expresaron los prosistas, según el modo clásico.

El Inca Garcilaso de la Vega y el rioplatense Ruy Díaz de Guzmán echaron las primeras semillas hasta que, a principios del siglo XVII, apareció en la escena el primer poeta argentino: Luis de Tejada.

No fue un talento excepcional, no escribió una obra extraordinaria, no se destacó por el brillo de su estilo, ni siquiera pudo sacar a sus versos de la oscuridad en que estuvieron sepultados por más de tres centurias.

Su mérito deriva, pura y exclusivamente, de su prioridad cronológica, que lo remonta a las más tempranas expresiones de la vida local cordobesa, tan rica en abolengo y en vocaciones literarias. Cuando Córdoba empezaba a convertirse en el centro de la conquista mediterránea, cuando la Compañía de Jesús ofrecía allí a la juventud las aulas donde funcionaban cátedras de filosofía y de letras latinas y se irradiaban sobre el resto del país las primeras y más puras luces, Luis de Tejada sintetizó el pensamiento colonial del siglo XVII en la Argentina.

Su intensidad psicológica, su pasión mundana y mística, no eran frecuentes en los poetas coloniales de su tiempo.

¿Qué mentalidad de entonces hubiese siquiera previsto una existencia tan aventurera, una tan cruda sinceridad para confesar los deslices y los graves pecados de juventud...? Tejeda, y solamente él, podía exceder los rigurosos límites del prejuicio para reconstruir una vida y un carácter de excepción. Sus obras literarias constituyen, pues, un documento.

El Siglo de Oro español vibra en Tejeda y su influencia es evidente en las poesías, a menudo alambicadas, de este vate que fue, en la Argentina, lo que Sor Juana Inés de la Cruz en México.


Textos

El peregrino en Babilonia

La ciudad de Babilonia,
aquella confusa Patria,
encanto de mis sentidos,
laberinto de mi alma;

Aquélla que fue mi cuna
al tiempo que el sol pisaba
la cola del escorpión
y él le miraba con rabia:

Mientras canto y mientras lloro
y entre memorias pasadas
refiero agravios presentes,
me escuche desde su alcázar.

Para cantarlas me siento
sobre la arenosa falda
de este humilde y pobre rio
que murmura a sus espaldas.

No para cantar como él
que entre dientes siempre habla
porque jamás desengaños
piden, verdades mas claras.

Ya ésta será la postrera
vez que busque consonancias
mi voz al soplado viento
de aquesta mi antigua flauta.

Porque aquel sauce
después de cantar colgada
no ha de ser ya mi instrumento
mas el viento, sino el agua.

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