Índice alfabético > F > Leandro Fernández de Moratín

Biografía

Leandro Fernández de MoratínMuy pocos hubiesen apostado, allá por 1770, al triunfo de un esmirriado y timorato niño que frecuentaba las tertulias literarias de Madrid, de la mano de su padre, sin demostrar mucho entusiasmo por las vehementes discusiones en que se empeñaban los distintos grupos, sobre anacreónticas, sonetos, sátiras y églogas. Pero el chico era nada menos que Leandro Fernández de Moratín (Madrid, 10 de marzo de 1760 - París, 2 de junio de 1828), hijo de don Nicolás (que por sus poesías figuró desde muy joven entre los arcades de Roma), y era bien visto en la fonda de San Sebastián, cuyo único estatuto establecía prohibición absoluta para hablar de todo aquello que no fuese teatro, toros, amores y versos.

Leandro se aficionó al estudio y a las letras; fue algún tiempo oficial de joyería y obtuvo accésit en dos concursos de la Academia Española por su romance endecasílabo A la toma de Granada y por su Lección poética sobre los vicios introducidos en la poesía castellana, en tercetos.

Los viajes hicieron de él un hombre de mundo y escritor refinado en demasía para el gusto de sus contemporáneos. En París presenció los disturbios de la Revolución Francesa; visitó Londres, donde estudió el teatro de Shakespeare; en Italia vio representar con éxito traducciones de Comella y, vuelto España, fue nombrado secretario de la interpretación de lenguas (1796) e individuo de una junta de teatros.

En amores, don Leandro no las tuvo todas consigo, sin duda por su falta de decisión para declararse a la hermosa Francisca Muñoz y Ortiz, cuyos Padres la desposaron con el militar Francisco de Valverde (de allí la Paquita de El sí de las niñas).

Ante la invasión francesa (1808) tomó el partido del rey José, que lo nombró bibliotecario mayor. Terminada la guerra pasó a Francia. Vivió un tiempo en Montpellier y después en Burdeos con su buen amigo Manuel Silvela, a quien más tarde siguió a París, donde murió.


Obras

Obra dramática

El viejo y la niña
La comedia nueva
El barón
La mojigata
El sí de las niñas
La derrota de los pedantes

Obra poética

Elegía a las Musas
La toma de Granada
Lección poética. Sátira contra los vicios introducidos en la poesía castellana

Las doce odas (imitación de Horacio)
Las nueve epístolas
Los nueve romances
Los diecisiete epigramas


Estilo

El 24 de enero de 1806, una estruendosa ovación premió, en el teatro de la Cruz, la obra maestra de don Leandro Fernández de Moratín: El sí de las niñas, comedia fresca y fluyente, escrita con primoroso cuidado. Llegaba hasta el público madrileño como una portentosa reencarnación del teatro de la centuria de oro española, que en el siglo XVIII parecía una inaccesible quimera.

No eran aquellos tiempos muy propicios para las letras españolas, cuya pasada grandeza parecía destinada, si no al olvido, al prolongado eclipse impuesto por formas y gustos capaces de distorsionar el sentido de la inmensa producción de dos gloriosas centurias.

Triunfaba por entonces el melodrama populachero y el público madrileño estaba dividido en bandos irreconciliables, según el teatro que frecuentasen: los "chorizos" (público del teatro del Príncipe) arremetían contra los "polacos" (fieles al teatro de la Cruz), y éstos se las ingeniaban para devolverles el guante, sin dejar por ello de atacar a los "panduros" (concurrentes al coliseo de los Caños del Peral).

Las inocentes víctimas -escritores y actores- veíanse envueltas, mal de su grado, en tremolinas que arruinaban obras y reputaciones en un periquete. Los "polacos" hundieron La comedia nueva, estrenada en el Príncipe; los "chorizos", por no ser menos, zarandearon El barón, representada en el de la Cruz. Así las cosas, subió a escena El sí de las niñas, cuyo bautismo suponíase nada triunfante, en vista del escándalo que los diabólicos rivales, partidarios del teatro del Príncipe, habían proyectado.

Fracasaron, por suerte, los planes de los conjurados y Moratín salió victorioso, al menos esta vez, ya que todas sus obras dramáticas soportaron grandes peripecias y le dieron sus buenos dolores de cabeza.

Los méritos de la obra no dejaron lugar a dudas sobre el talento de don Leandro, cuyo concepto acerca de la comedia (único género dramático que cultivó) era muy estrecho. El mismo dijo: "La comedia debe ser la imitación dialogada de un suceso, ocurrido entre personas particulares, en el mismo lugar y en pocas horas, empleando en su desarrollo la pintura apropiada de afectos y caracteres, ridiculizando las faltas más comunes y las preocupaciones sociales, y haciendo resaltar y recomendando al auditorio la verdad y la virtud". Era, pues, partidario de las unidades y del arte docente y sólo admitía un género limitado de comedia.

El sí de las niñas, por el interés de su tema, por la coherencia de sus partes, por su diálogo ágil, pleno de colorido y de intención, y por su empeño moralizante (se propone mostrar los inconvenientes de supeditar la voluntad de las hijas a la de los padres en la elección de esposo), es una verdadera joya del glorioso teatro español, que volvía por sus fueros reconquistando sus perfecciones mediante el arte moratiniano, capaz de inyectar fresco espíritu al rigor de la fórmula clásica.


Textos

Elegía a las musas

Esta corona adorno de mi frente,
esta sonante lira, y flautas de oro,
y máscaras alegres, que algún día
me disteis, sacras Musas, de mis manos
trémulas recibid, y el canto acabe,
que fuera osado intento repetirle.
He visto ya cómo la edad ligera,
apresurando a no volver las horas,
robó con ellas su vigor al numen.
Sé que negáis vuestro favor divino
a la cansada senectud, y en vano
fuera implorarle; pero en tanto, bellas
ninfas, del verde Pindo habitadoras,
no me neguéis que os agradezca humilde
los bienes que os debí. Si pude un día,
no indigno sucesor de nombre ilustre,
dilatarle famoso; a vos fue dado
llevar al fin mi atrevimiento. Solo
pudo bastar vuestro amoroso anhelo,
a prestarme constancia en los afanes
que turbaron mi paz, cuando insolente,
vano saber, enconos y venganzas,
codicia y ambición, la patria mía
abandonaron a civil discordia.
Yo vi del polvo levantarse audaces
a dominar y perecer, tiranos,
atropellarse efímeras las leyes,
y llamarse virtudes los delitos.
Vi las fraternas armas nuestros muros
bañar en sangre nuestra, combatirse,
vencido y vencedor, hijos de España,
y el trono desplomándose, al vendido
ímpetu popular. De las arenas
que el mar sacude en la fenicia Gades,
a las que el Tajo lusitano envuelve
en oro y conchas; uno y otro imperio,
iras, desorden esparciendo y luto,
comunicarse el funeral estrago.
Así cuando en Sicilia el Etna ronco
revienta incendios, su bifronte cima
cubre el Vesubio en humo censo y llamas,
turba el Averno sus calladas ondas;
y allá del Tibre en la ribera etrusca
se estremece la cúpula soberbia,
que da sepulcro al sucesor de Cristo.

¿Quién pudo en tanto horror mover el plectro?
¿Quién dar al verso acordes armonías;
oyendo resonar grito de muerte?
Tronó la tempestad; bramó iracundo
el huracán, y arrebató a los campos
sus frutos, su matiz; la rica pompa
destrozó de los árboles sombríos;
todas huyeron tímidas las aves
del blando nido, en el espanto mudas;
no más trinos de amor. Así agitaron
los tardos años mi existencia; y pudo
sólo en región extraña, el oprimido
ánimo hallar dulce descanso y vida.

Breve será, que ya la tumba aguarda
y sus mármoles abre a recibirme;
ya los voy a ocupar. Si no es eterno
el rigor de los hados, y reservan
a mi patria infeliz mayor ventura;
dénsela presto, y mi postrer suspiro
será por ella… Prevenid en tanto
flébiles tonos, enlazad coronas
de ciprés funeral, musas celestes;
y donde a las del mar sus aguas mezcla
el Garona opulento, en silencioso
bosque de lauros y menudos mirtos,
ocultad entre flores mis cenizas.

Búsqueda personalizada