Índice alfabético > A > Juan de Arguijo

Biografía

Numerosos poetas sevillanos acudían a la casona de don Juan de Arguijo (Sevilla, 1567 - 1623), que sembraba por doquier su dinero y su consejo. Del dinero dieron cuenta quienes vivieron poco menos que a sus expensas, y con sus enseñanzas se formaron algunos, aunque muy pronto olvidaron al maestro. Dio, pues, mucho a todos; recibió, en cambio, ingratitud y malas artes. Nació rico y le enterraron de limosna. Despilfarró a veces, sin medida, aunque fuera solamente por el placer de dar.

Nació y murió en Sevilla. Fue hijo de padres pudientes: don Gaspar de Arguijo y doña Petronila Manuel. Llegó a ser, no sólo elegantísimo poeta, sino el apolo de todos los poetas de España, a los cuales honró mucho y trató sin recelos ni envidia.

Heredó dieciocho mil ducados de renta cada año, un palacio confortable y fincas. Con tal legado consiguió reunir en sus peñas a lo más representativo de su tiempo: poetas, músicos y rapsodas se acogieron a su hospitalidad. El pintor Pacheco, el escultor Montañés y don Antonio Ortiz de Melgarejo, juntamente con otros muchos artistas, disfrutaron de las delicias que les ofrecía aquel hidalgo dadivoso, que contaba con singular donaire cuentos breves, amenos, llenos de picardía y atentos siempre a una sana intención moralizadora.

Merced a estas cualidades, don Juan pudo descollar entre los grandes intelectuales, aunque prefirió, en lo tocante a la fama, permanecer muchas veces en el anonimato.

Residió varios años en Madrid; en 1598 fue procurador de su Sevilla natal en las Cortes celebradas en la capital de la monarquía. En esa oportunidad concurrió a las tertulias y a los mentideros, frecuentando a los Argensola, Lope de Vega, Góngora... Pudo, entonces, enrolarse en una de las dos escuelas que se disputaban el cetro literario y, sin embargo, no se avino a participar en rencillas e intrigas.

Tal vez el 'Fénix de los ingenios' fuera el único capaz de ver y de reconocer en don Juan de Arguijo un mérito superior al común de sus contemporáneos: "Si como de amigos familiares fueran de todos vistos los versos que vuestra merced escribe, no era menester mayor probanza de la que aquí se trata: que, huyendo de toda lisonja, como quien sabe cuánto vuestra merced la aborrece, dudo que se hayan visto más graves, limpios y de mayor decoro y en qué tan altamente se conoce su peregrino ingenio..."

Murió en la miseria y fue enterrado, sin pompa alguna, en la casa profesa de los jesuitas. Contados amigos asistieron a la ceremonia. Eran tiempos aquellos para ocuparse de estocadas y de panfletos antes que de la gratitud.


Obras

A Rómulo

A Julio César

Sonetos:

A Baco

A la muerte de Cicerón

Al Guadalquivir, en una avenida

Del tiempo

Dido y Enéas

La avaricia

La recaida

La tempestad y la calma

Lucrecia

Narciso

Psíquis a Cupido

Sísifo

Troya

Ulises

Venus en la muerte de Adonis


Estilo

En el siglo XVII la mayoría de los poetas españoles había tomado partido por una de las dos tendencias que se disputaban la supremacía en las letras hispanas: unos militaban en el bando del culteranismo, encabezado por Góngora; otros se identificaban con el conceptismo, cuyos príncipes fueron Quevedo y Gracián.

No resultaba sencillo apartarse de esta grave polémica, aunque hubo poetas que se mantuvieron ajenos a ella. Los Hermanos Lupercio y Bartolomé de Argensola, Rodrigo Caro, Francisco de Rioja y Esteban Manuel de Villegas, juntamente con Juan de Arguijo mantuvieron una completa independencia.

Fue Arguijo un poeta lírico encantador, que trabajó con paciencia de orfebre sus sonetos y otras breves composiciones líricas. Meticuloso, pulcro, enamorado de su tarea de poeta, se abocó a ella con un amor y una constancia dignos de un artista del Renacimiento italiano. Lope y otros preclaros contemporáneos celebraron su ingenio y la pureza inefable de sus versos que, con exquisito arte, unían la gracia sevillana con las delicadezas de Italia.

Además de sus intencionados y graciosos cuentos, son sus sonetos los que le dieron justa nombradía; escribió un centenar aproximadamente, recordando a veces los epigramas de la antología griega. Por sus asuntos, estos sonetos también son clásicos: se refieren ya a la mitología, ya a la leyenda de la antigüedad grecolatina, ya a la historia romana, o bien son de fondo filosófico, como los encantadores dedicados A Baco, A Sísifo, A Troya, A Rómulo, A Lucrecia, Al tiempo y su composición más acabada, La tempestad y la calma.


Textos

A Baco

A tí, de alegres vides coronado,
Baco, gran padre domador de Oriente,
He de cantar; á tí, que blandamente
Tiemplas la fuerza del mayor cuidado;

Ora castigues á Licurgo aírado,
O á Penteo en tus aras insolente,
Ora te mire la festiva gente
En sus convites dulce y regalado,

O ya de tu Ariadna al alto asiento
Subas ufano la mortal corona
Vén fácil, vén humano al canto mio;

Que si no desmerece el sacro aliento,
Mi voz penetrará la opuesta zona,
Y al Tibre envidiará el Hispalio rio.

Lucrecia

Baña llorando el ofendido lecho
De Colatino la consorte amada,
Y en la tirana fuerza disculpada,
Si no la voluntad, castiga el hecho.

Rompe con hierro agudo el casto pecho,
Y abre camino al alma, que indignada
Baja á la obscura sombre, do vengada.
Aun duda si su agravio ha satisfecho.

Venció al paterno llanto endurecida,
Y de su esposo el ruego, que no basta,
Menospreció con un fatal desvío.

«Ceda al debido honor la dulce vida;
Que no es bien, dijo, que otra menos casta
Ose vivir con el ejemplo mio.»

Búsqueda personalizada