Índice alfabético > M > José Mármol

Biografía

José MármolJosé Mármol (Buenos Aires, 1817 – íd., 1871) tenía en sus carnes la marca de los grillos y de las cadenas, y en su corazón la marca a fuego de la libertad. Por ambas sufrió. En las mazmorras de Buenos Aires, a lo largo de su peregrinar en el destierro, la tristeza del romántico que llevaba dentro se volcó en versos, para alertar a América.

Tenía, además, la honestidad y la pureza de sus convicciones. Por ellas combatió a lo fanático, sin pedir ni dar cuartel, demasiado, hierático, terrible como un guerrillero montaraz. Su duelo con los cuchillos de la Mazorca se trocó en terrible diálogo, en cuyo transcurso paró los golpes con la habilidad de su pluma, tinta en sangre y amargura.

En 1839, siendo estudiante de la Universidad de Buenos Aires, fue preso por la policía de Rosas y permaneció durante una semana en el calabozo, incomunicado. Las calles de la ciudad hervían en delaciones; las represalias ahogaban los Santos arrebatos de la juventud, conmovida por la revolución del sur y la invasión de Lavalle.

No quedaba otra salida, más que la del exilio. El 20 de abril de 1839, tras de no pocas inquietudes, se hizo a la vela rumbo a Montevideo, en una goleta francesa.

Allí dio rienda suelta a sus impulsos, vinculado a otros muchos amigos, bajo la protección de Florencio Varela. Sus versos "metieron ruido".

El Nacional, de Andrés Lamas, y El Comercio, de Varela, le dieron sus columnas, en las que publicó algunos de sus versos más famosos: Al 25 de mayo de 1843, Al pampero, la oda A Buenos Aires. Los más agresivos papeles de combate, el Muera Rosas y el Guerrillero, se encendieron en sus estrofas. Cuando el sitio de Montevideo por Oribe, lanzó contra éste el terrible desafío:

No presuman que me alcanza
Su cuchillo ni serrucho;
Tengo en mi mano la lanza
Y en el mosquete el cartucho.

Vuelto a la patria con la caída del restaurador, sus fuerzas se dedicaron a la reconstrucción nacional. Urquiza le envio en carácter de diplomático a las naciones vecinas.

Diputado y senador a la legislatura de Buenos Aires, encargado de las negociaciones de paz entre ésta y la Confederación, ministro en el Brasil, director luego de la Biblioteca Pública, periodista, muchas veces se vio forzado a enfrentar a sus antiguos amigos del destierro. Su corazón agradecido debió sufrir amargamente, pero sus fuerzas no decayeron hasta el momento su muerte, acaecida en Buenos Aires, el nueve de agosto de 1871.


Obras

En su lejano exilio de Río de Janeiro (donde vivió, según propia confesión, los dos años más felices de su vida), frente a la arrobada majestad del mar, poseído por la furia de los elementos que se sumaban a la tremenda tempestad de su alma, escribió su poema El peregrino, cuyo héroe byroniano, Carlos, es su propio retrato. En este personaje están corporizados todos los proscritos del mundo, todos cuantos conocieron la íntima fusión de lo bello y lo amargo, esencia del sentimiento latente en el pecho de los desterrados.

La vida del terror en Buenos Aires, insoportable por la persecución, la afrenta y del vejamen, está descrita en la novela autobiográfica Amalia, alegato en contra de la tiranía. Un tanto folletinesca, escrita deprisa, recargada de tintas sangrientas y sombrías, es la copia fiel de la realidad y coincide ampliamente con lo que la historia dice sobre aquella época. Se publicó en Montevideo, en 1851, y la segunda edición, definitiva en Buenos Aires, en 1855.


Estilo

El romanticismo como escuela literaria comienza en Inglaterra y Alemania a fines del siglo XVIII y halla en Francia su definitiva plasmación en poetas que, como Lamartine, Hugo y Musset, influyen sobre los gustos de España y América.

América resultó ideal para los escritores y poetas románticos. Temperamento apasionado, panorama de artistas imponentes, naturaleza grandiosa y primitiva, reminiscencias de ancestral melancolía indígena, se aunaron en favor del poeta romántico.

El culto por la naturaleza, la exaltación de los sentimientos, la libertad en la forma, fueron características de esta corriente, cuyas impetuosas aguas entraron en Argentina merced a Esteban Echeverría (1805-1851), quien interpretó y amo a Lamartine, a Hugo, a Schiler, a Byron, y publicó, en 1832, Elvira o la novia del Plata y Los consuelos, ambos considerados como precursores en su género.

José Mármol siguió la línea ya trazada. Su verso sonoro, su inspiración ardiente, su rebeldía, lo señalan como uno de los románticos mejor definidos, y se manifiesta en los cantos de El peregrino.

Manejó una musa a la vez reflexiva y entusiasta, que descolló por la originalidad y el nervio de la expresión. Rosas, la patria y la libertad, alcanzaron en su voz una mágica potencia que se proyectó con fuerza arrolladora, en poesías rebosantes de indignación -íntima amalgama de odio y de amor-, hacia la aurora del ideal.

En cada uno de sus versos vive la nostalgia del exilio y está presente la intención fraterna, el deseo del poeta de unir en un abrazo a los países de América, cuyos destinos vaticina. Mármol se consumió en el fuego de su pasión política, atizado por un talento capaz de alterar a los tiranos y de promover violentas polémicas entre las juventudes.

Llegó a la ferocidad, dio a su pluma, por momentos, la terrible elocuencia del puñal; se puso a tono con las circustancias y combatió con versos iracundos, con estrofas cargadas de odio. Tal poesía puede compararse, solamente, con aquellos yambos de Arquíloco e Hiponacto, cuya lectura hacía ahorcarse a las gentes aludidas.

La notoriedad de sus versos civiles eclipsó a los dramáticos, que alcanzaron escasa resonancia, para ser luego casi olvidados. No valen mucho los dramas de Mármol. Carecen de originalidad en el asunto, de fuerza en la acción y de firmeza en los caracteres. No obstante, por la propiedad de su lenguaje, por el brillo de sus imágenes y por el altruismo de su pensamiento, acusan cualidades que, en circunstancias más propicias, hubieran deparado mejor suerte a su autor, situándolo entre los continuadores de Labardén y los precursores de Coronado.


Textos

Amalia

El 4 de mayo de 1840, a las diez y media de la noche, seis hombres atravesaban el patio de una pequeña casa de la calle de Belgrano, en la ciudad de Buenos Aires.

Llegados al zaguán, oscuro como todo el resto de la casa, uno de ellos se detiene, y dice a los otros:

-Todavía una precaución más.

-Y de ese modo no acabaremos de tomar precauciones en toda la noche -contesta otro de ellos, al parecer el más joven de todos, y de cuya cintura pendía una larga espada medio cubierta por los pliegues de una capa de paño azul que colgaba de sus hombros.

-Por muchas que tomemos, serán siempre pocas -replica el primero que había hablado-. Es necesario que no salgamos todos a la vez. Somos seis; saldremos primeramente tres, tomaremos la vereda de enfrente, un momento después saldrán los tres restantes, seguirán esta acera, y nuestro punto de reunión será la calle de Balcarce, donde cruza con la que llevamos.

-Bien pensado.

-Sea, yo saldré delante con Merlo, y el señor -dijo el joven de la espada a la cintura, señalando al que acababa de hacer la indicación.

Y, diciendo esto, tiró el pasador de la puerta, la abrió, se embozó en su capa, y atravesando a la acera opuesta con los personajes que había determinado, enfiló la calle de Belgrano, con dirección al río.

Los tres hombres que quedaban salieron dos minutos después, y luego de haber cerrado la puerta, tomaron la misma dirección que aquéllos, por la acera prefijada.

Después de caminar en silencio algunas cuadras, el compañero del joven que conocemos por la distinción de una espada a la cintura, dijo a éste, mientras aquel otro, a quien habían llamado Merlo, marchaba adelante embozado en su poncho:

-¡Es triste cosa, amigo mío! Esta es la última vez quizá que caminamos por las calles de nuestro país. Emigramos de él para incorporarnos a un ejército que habrá de batirse mucho, y Dios sabe qué será de nosotros en la guerra.

-Demasiado conozco esa verdad, pero es necesario dar el paso que damos... Sin embargo -continuó el joven, después de algunos segundos de silencio-, hay alguien en este mundo de Dios que cree lo contrario que nosotros.

-¿Cómo lo contrario?

-Es decir, que piensa que nuestro deber de argentinos es el de permanecer en Buenos Aires.

-¿A pesar de Rosas?

-A pesar de Rosas.

-¿Y no ir al ejército?

-Eso es.

-¡Bah, ése es un cobarde o un mazorquero!

-Ni lo uno ni lo otro. Al contrario, su valor raya en temeridad y su corazón es el más puro y noble de nuestra generación.

-Pero, ¿qué quiere que hagamos entonces?

-Quiere -contestó el joven de la espada- que todos permanezcamos en Buenos Aires, porque el enemigo a quien hay que combatir está en Buenos Aires, y no en los ejércitos, y hace una hermosísima cuenta para probar que menos número de hombres moriremos en las calles el día de una revolución, que en los campos de batalla en cuatro o seis meses, sin la menor probabilidad de triunfo... Pero dejemos esto, porque en Buenos Aires el aire oye, la luz ve, y las piedras o el polvo repiten luego nuestras palabras a los verdugos de nuestra libertad.

El joven levantó al cielo unos grandes y rasgados ojos negros, cuya expresión melancólica se avenía perfectamente con la palidez de su semblante, iluminado con la hermosa luz de los veintiséis años de la vida.

A medida que la conversación se había animado sobre aquel tema y se aproximaban a las barrancas del río, Merlo acortaba el paso, o parábase un momento para embozarse en el poncho que lo cubría.

Llegados a la calle de Balcarce:

-Aquí debemos esperar a los demás -dijo Merlo.

-¿Está usted seguro del paraje de la costa en que habremos de encontrar la ballenera? -preguntóle el joven.

-Muy seguro -contestó Merlo-. Yo me he comprometido a ponerlos a ustedes en ella, y sabré cumplir mi palabra como han cumplido ustedes la suya, dándome el dinero convenido; no para mí, porque yo soy tan buen patriota como cualquiera otro, sino para pagar los hombres que los han de conducir a la otra banda ¡y ya verán ustedes qué hombres son!

Clavados estaban los ojos penetrantes del joven en los de Merlo, cuando alcanzaron la comitiva los tres hombres que faltaban.

-Ahora es preciso no separarnos más -dijo uno de ellos-. Siga usted adelante, Merlo, y condúzcanos.

Merlo obedeció, en efecto, y siguiendo la calle de Venezuela, dobló por la callejuela de San Lorenzo, y bajó al río, cuyas olas se escurrían tranquilamente sobre el manto de esmeralda que cubre de ese lado las orillas de Buenos Aires.

La noche estaba apacible, alumbrada por el tenue rayo de las estrellas, y una fresca brisa del sur empezaba a dar anuncio de los próximos fríos del invierno.

Búsqueda personalizada