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Biografía

José Manuel EstradaLos alumnos de la facultad de ciencias jurídicas quedaban extasiados con la palabra, a la vez apasionada y serena, de un profesor de espaciosa frente, sobre la cual caían, al desgaire mechones de su abundante cabellera: José Manuel Estrada (Buenos Aires, Argentina, 13 de julio de 1842 - Asunción, Paraguay, 17 de septiembre de 1894).

Los ojos grandes y pensativos, la nariz avanzada, el bigote largo, medianamente ondulado hacia las mejillas, concedían al maestro una dignidad atractiva; su porte era sencillo y modesto; su traje, impecable, sin pretensión de moda; todo su rostro, iluminado por destellos de inspiración, emanaba dignidad.

Estrada era un gigante de la oratoria y la blandía a su antojo, como la maza de un coloso bíblico, para derribar las murallas de los sofismas y argucias adversarios. Al fluir de su palabra se hace siempre la luz en su auditorio.

Sus discípulos lo amaron, porque de él recibieron la verdad tormentosa, cargada de ímpetus soberbios.

Los doce tomos de sus trabajos literarios lo definen como un orador por antonomasia; sus más brillantes conferencias académicas las pronunció de 1870 a 1880 y sus más famosos discursos populares entre 1880 y 1890.

Su catolicismo le venía de la cuna. Huérfano de madre a los pocos años, se crió junto a su abuela, doña Carmen de Liniers, hija del famoso virrey de Buenos Aires. De la hija del ilustre francés heredó la tradición racial y religiosa de los antiguos tiempos argentinos. El excelso Fray Buenaventura Hidalgo, del colegio franciscano de Buenos Aires, lo orientó en filosofía y humanidades; Manuel Pinto lo inició en el conocimiento de la historia.

En 1858, Estrada se presentó al Liceo Literario con un trabajo sobre el descubrimiento de América que obtuvo el premio y consagró su precocidad para las letras y la historia.

En recuerdo de su muerte el día 17 de septiembre en la República Argentina se celebra el día del Profesor.


Obras

Génesis de nuestra raza, escrito para refutar al Profesor Minelli, que negaba la creación del hombre por Dios, constituyó su primer trabajo de aliento y lo reveló como un polemista de fuste. Sus obras juveniles fueron: Signum foederis (1859), El génesis de nuestra raza (1861), El catolicismo y la democracia (1862).

Lecciones sobre la historia de la República Argentina (conferencias), La política liberal bajo la tiranía de Rosas (1874) y el Derecho Constitucional (clases) fueron sus obras de la madurez.


Estilo

El talento oratorio, su rasgo saliente, estuvo al servicio de una fe robusta, cuyas enseñanzas practicó Estrada con abnegación apostólica. Su honradez de convicciones y la austeridad de su vida lo convirtieron en maestro indiscutido de la generación literaria que apareció en el 80.

Cálida y sonora era su oratoria, poseída de una arrebatada elocuencia que hacía vibrar a los auditorios. Fue tribuno del cristianismo, antes que historiador, o filósofo, o escritor verdadero; su pensamiento, llevado con naturalidad al giro grandilocuente, se valió del lenguaje hablado o escrito para imponerse en las asambleas populares, en el periódico, en la revista, en el folleto, en el libro, en la cátedra, en el congreso, siempre atento al horizonte filosófico de sus creencias y a la conciencia literaria de su estilo como orador académico. Creencias y estilo que perfilaron al gran maestro.

En las Escuela Normal empezó su carrera de conferenciante y la continuó en el Colegio Nacional como profesor de Instrucción Cívica; la cátedra de Derecho Constitucional, en la Facultad de Ciencias Jurídicas, le abrió los claustros universitarios. No poseía título doctoral, pero era un colosal autodidacto, un renovador originalísimo, capaz de quebrar las rutinas de la enseñanza oficial para imponer a ésta su sello y su concepción.

Los estudiantes lo ovacionaron, porque con él llegaba el soplo místico del liberalismo cristiano, el romanticismo sacerdotal, el santo ardor de los misioneros lanzados a la reconquista de la moral cívica.

Historiador y maestro a la manera de Michelet, amante de la libertad y de la justicia, ejemplo de virtudes y de luminosas previsiones, Estrada se sintió con fuerzas para salir a las calles, a las plazas, a los clubes, en procura de nuevos discípulos a quienes convertir.

Esto sucedió después de 1880. La reforma liberal iniciada por la presidencia de Roca y continuada por Juárez Celman conmovió al maestro, quien había evolucionado, del juvenil liberalismo hacia las más fervientes disciplinas católicas.

Estrada se plantó frente al estado, y dio comienzo a la batalla por sus convicciones. Recia fue la lucha. Roca, inflexible, destituyó al Obispo Clara de Córdoba, expulsó del país al nuncio monseñor Mattera y separó al díscolo orador de su cátedra universitaria.

Las astillas de su cátedra fueron, desde entonces, puntas de lanza con las cuales, muchas veces, la juventud y hizo cruces para servir a la libertad, la decencia y la justicia.


Textos

Génesis de nuestra raza

Dos son las grandes encarnaciones del sentimiento histórico del mundo que en cada una de las principales edades de la humanidad, se presentan a la mirada del observador. El mundo antiguo nos presenta en las regiones de la política la personalidad del guerrero: y respirando todo la pesada atmósfera del reinado de la fuerza, nos presenta en sus Teogonías el sacerdote sangriento, el sacerdote armado de la cuchilla sagrada con que degüella las víctimas, y a veces las víctimas humanas, ofrecidas como holocausto digno en los altares de Diana, de Hécates, de Odín y de Báal.

El cristianismo, a la par que cambia el guerrero, en el hombre del derecho, arranca de manos del sacerdote la cuchilla ensangrentada y borra de sus labios los oráculos de la Pitonisa, para comunicarle palabras de vida eterna, y hacerlo el ángel del consuelo y el ministro de la caridad.

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