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Biografía

Jorge IcazaEn el anfiteatro de la Facultad de Medicina de la Universidad Central de Quito, un joven estudiante seguía las lecciones que sobre anatomía descriptiva se dictaban en horas inconvenientes para él. Dos años habían pasado desde que se matriculara y en el transcurso de ese tiempo no habían crecido sus deseos por graduarse, ni experimentado su vocación esa prisa que anuncia el éxito.

El paisaje invariable del cuerpo humano le aburría con su falta de originalidad, producto de una herencia biológica perfectamente definida en el esqueleto, donde cada pieza tiene nombre, sitio, forma y tamaño. Aquel inventario óseo terminó por fatigar a Jorge Icaza (10 de junio de 1906 - 26 de mayo de 1978). Tenía, además serios apremios económicos. Abandonó la facultad y probó mejor suerte en el empleo público, donde no se encontró a gusto.

Sin nada que perder, el joven Icaza se lanzó entonces a la farándula y deambuló en busca de quien pudiese ayudarlo. Ya estaba en la buena senda; en el mundo de la ficción, donde las fronteras se crean o destruyen con una frase.

Por los fragosos caminos del Ecuador marchaban alegres los actores de Jorge Icaza, llevando el mensaje del arte a las tribus ávidas de justicia. Indígenas pobres y macilentos escuchaban aquellas voces juveniles que iban sembrando la verdad desnuda.

¿Qué fuerza inaudita lo impulsaba realizar un trabajo tan abrumador como improductivo? La respuesta a sus desvelos se hallaba en el fondo de aquellos ojos nostálgicos que parecían mirarlo desde el confín ancestral de la raza; en el leve estremecimiento de aquellas carnes cetrinas, cuya apariencia de estatua apenas denunciaba un dolor de siglos; en la apatía de las tribus que vivían vegetando sobre las breñas, degradadas por el alcohol y por el hambre. Esa fue su fuerza: la angustia; la larga, incompartida y solemne angustia de los seres que habitan el submundo donde yace la esperanza encadenada.

Actuó y dirigió; fue empresario, escenógrafo por necesidad, traspunte cuando venía al caso. En eso estaba cuando conoció a una de las mejores actrices de su país, Marina Moncayo. La hizo su esposa y siguió adelante. Corría el año 1933 cuando apareció Barro de la sierra con su firma, sin llamar demasiado la atención de la crítica. No importaba. Icaza tenía aún mucho que decir: la miseria del aborigen, el desamparo de las clases pobres y analfabetas, la doliente realidad sudamericana que va desde las breñas andinas hasta las aldeas y ciudades, merecieron su atención. Con esa materia amasó un alegato y lo convirtió en su famosa Huasipungo, novela de avanzada. Huasipungo es un documento que se suma a los que, desde 1930, iniciaron en la literatura ecuatoriana una renovación social.

Fue agregado cultural de la embajada de Ecuador en Argentina.


Obras

El tema de casi todos sus escritos es la situación del indio ecuatoriano.

Principales obras: Barro de la sierra (1933); Huasipungo (1934); Cholos (1938); Media vida deslumbrados (1942); Huairapamushcas (1948); El Chulla Romero y Flores (1958).

En 1935 ganó el Premio Nacional de Literatura de Ecuador, con la novela En las calles (1935), en la que narra la situación del indio perdido en la ciudad.


Estilo

Jorge Icaza es considerado junto con el boliviano Alcides Arguedas y el peruano Ciro Alegría como uno de los máximos representantes de la narrativa indigenista del siglo XX. Salió a combatir por la buena causa con Huasipungo, novela dramática de incontrastable fuerza telúrica. Su estilo desmañado, brutal y violento desgarró las llagas del panorama americano, que hasta entonces permanecía en los dorados cofres del paisajismo esquemático y del sentimentalismo romántico.

Hermosas son las costas llenas con el sol del Nuevo Mundo; pintorescas son las altas piedras de nuestras cordilleras, articuladas por el ala de los cóndores; dulces y apacibles han sido las noches virreinales, pobladas de suspiros y de música… ¡Pero, basta ya! Basta porque sobre estas playas se arrastran los esqueletos de multitudes que tienen sed, y hambre, y miedo; y los cóndores bajan al llano para alimentarse con la carroña de los que mueren solitarios, de miseria, consumidos por los vicios más abyectos; y las plácidas noches se estremecen con el macabro gemido de los que vuelven a la tierra sobre la cual fueron, apenas, una sombra…

El drama del hombre reemplazó en Icaza a la sugestión del medio. Hondamente realista, sin concesiones, pronto fue imitado por el brasileño Jorge Amado (Cacao) y por autores latinoamericanos.

Huasipungo es un verdadero alegato. En él se refleja la epopeya del hombre masa, concebida y escrita con desoladora objetividad. Entre la turba de seres relegados a la categoría de bestias se alza apenas la triste figura de Andrés Chiliquinga, que encarna la lucha social de los desheredados. El relato es vigoroso, con abundancia de términos locales y neologismos. Icaza busca, adrede o no, las sensaciones de pesadilla capaces de estremecer al más indiferente; su rebeldía no admite preocupaciones formales, porque estalla de indignación: es una rebeldía brutal, pero sincera.


Textos

Huasipungo

La vieja construcción campesina de Cuchitambo recibió a los viajeros con su patio empedrado, con su olor a hierba podrido y boñiga seca, con las manifestaciones epilépticas de los perros, con el murmullo bisbiseante de la charla quichua de las indias servicias, con el mugir de las vacas y los terneros, con el amplio corredor de pilares rústicos adornados con cabezas disecadas de venados en forma de capitel -perchero demonturas, frenos, huascas, sogas, trapos-, con el redil pegado a la culata del edificio y del cual le separaba un vallado de palos carcomidos y alambres mohosos -encierro de ovejas y terneros- y, sobre todo, con ese perfume a viejos recuerdos -de holgura unos,de crueldad otros, de poder absoluto sobre la indiada los más.

Después de dejar todo arreglado en la casa de los patrones, los indios que sirvieron de guía y bestias de carga a la caravana se desparramaron por el campo -metiéndose por los chaquiñanes más dificiles, por los senderos más tortuosos-. Iban en busca de su huasipungo.

Andrés Chiliquinga, en vez de tomar la ruta que le podía llevar a la choza de sus viejos -el taita murió de cólico hace algunos años, la madre vive con tres hijos menores y un compadre que aparece y desaparece por temporadas- se perdió en el bosque. Desde hace dos años, poco más o menos, que el indio Chiliquinga transita por esos parajes, fabricándose con su desconfianza, con sus sospechas, con sus miradas de soslayo y con lo más oculto y sombrío del chaparral grande una bóveda secreta para llegar a la choza donde le espera el amor de su Cunshi, donde le espera el guagua, donde podrá devorar en paz la mazamorra. Sí. Va para dos años de aquello. Burló la vigilancia del mayordomo, desobedeció los anatemas del taita curita para amañarse con la longa que le tenía embrujado, que olía a su gusto, que cuando se acercaba a ella la sangre le ardía en las venas con dulce coraje, que cuando le hablaba todo era distinto en su torno -menos cruel el trabajo, menos dura la naturaleza, menos injusta la vida-. Ellos, el mayordomo y el cura, pretendieron casarle con una longa de Filocorrales para ensanchar así los huasipungueros del amo. ¡Ah! Mas él les hizo pendejos y se unió a su Cunshi en una choza que pudo levantar en el filo de la quebrada mayor. Después... Todos tuvieron que hacerse la vista gorda. Pero el amo... El amo que había llegado intempestivamente. ¿Qué dirá? ¿Quéee? El miedo y la sospecha de los primeros días de su amaño volvieron a torturarle. Oyó una vez más las palabras del santo sacerdote: "Salvajes. No quieren ir por el camino de Dios. De Taita Diosito, brutos. Tendrán el infierno". En esos momentos el infierno era para él una poblada enorme de indios. No había blancos, ni curas, ni mayordomos, ni tenientes políticos. A pesar del fuego, de las alimañas monstruosas, de los tormentos que observó de muchacho en uno de los cuadros del templo, la ausencia de los personajes anotados le tranquilizó mucho. Y al llegar a la choza -apretada la inquietud en el alma- Andrés Chiliquinga llamó:

-¡Cunshiii!

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