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Biografía

Joaquín Víctor González

En el pórtico de la universidad de La Plata está la estatua de Joaquín Víctor González (Nonogasta, 6 de marzo de 1863 - Buenos Aires, 21 de diciembre de 1923), centinela y vigía de la juventud en momentos definitivos para la organización política de Argentina.

Lejos, en la pedregosa tierra riojana, una casa enclavada entre sugerencias telúricas, conserva intacto su misticismo de ermita. En ella, en Samay Huasi (en quichua: casa de reposo), el autor de Mis montañas vivió los últimos años de su vida y evocó plácidamente sus duras luchas, desde los días de la niñez en Chilecito, hasta las jornadas públicas como gobernador de La Rioja, ministro del Interior, de Relaciones Exteriores y Culto y de Justicia e Instrucción Pública.

Proveniente de una familia de arraigo en el norte, González tuvo las cualidades del colonizador y del conquistador; impetuoso, visionario, conquistó y colonizó a un tiempo, abriéndose paso a golpes de talento y sembrando mucho de sí, de su espíritu amplio y generoso.

Estudió las primeras letras en su villa natal y luego viajó a Córdoba, donde cursó el bachillerato y se graduó de abogado en 1886. Poco después actuó en política en el foro, en la educación y la literatura.

Su prosa literaria tiene enorme fuerza evocativa. Mediante la acumulación de elementos uniformes al modo oratorio tradicional, consiguió la abundancia y amplitud del párrafo; su amor por la naturaleza lo llevó a la expresión lírica más delicada, en noblecida y embellecida por el sentimiento nostálgico.

Orador de fuste, maestro, periodista, publicó libros sobre temas jurídicos, pedagógicos y filosóficos.


Obras

Su primera obra importante fue La tradición nacional (1888), con la que demostró su talento de sociólogo y de artista; Mis montañas (1893) con prólogo de Rafael Obligado; Patria (1900) e Historias (1900), sobre temas folklóricos; Ideales y caracteres (1902); El juicio del siglo o cien años de historia argentina (1913); Bronce y lienzo (1916); Cien poemas de Kabir (1918) y Fábulas nativas (1924), forman parte de su producción literaria.


Estilo

El sentimiento de la patria, la idea de perfección moral, el estudio de las tradiciones y los ritos antiguos, hicieron de Joaquín V. González un humanista múltiple, abierto a las más nobles inquietudes. Unió con su obra la generación de 1880 con la de 1900, así como Echeverría había unido la de Mayo con la de Casero y Avellaneda la de Pavón con la que federalizó a Buenos Aires y completó la organización nacional argentina.

Sus páginas, de sobria belleza, consiguen a veces el toque maestro en la nitidez del dibujo; tienen algo de Chateaubriand y de Pereda por su fuerte color localista y por su cadencia periódica. Hay en ellas un mundo nuevo y personal, creado por el amor casi místico hacia la tierra.

La tradición nacional y Mis montañas -sus libros más bellos- están escritos en prosa poemática, musical, llena de evocaciones localistas que, como La vidalita montañesa, pertenecen ya a la antología.

La búsqueda paciente y cariñosa de los recuerdos de la primera infancia lleva a González hasta la montaña, donde el canto de las aves, las noches serenas y la ruinas sobre la tierra pedregosa, tienen ritmo y color.

En Mis montañas describe los Andes riojanos, especialmente en la zona del Famatina, con sus fiestas, sus guerras, sus amores, sus fuertes caracteres humanos de raigambre hispanocolonial. Aquí cada piedra, cada matorral, reedita la hazaña del montonero sin deformar el escenario tantas veces transitado por Facundo o por el Chacho.


Textos

Mis montañas

Era la época de la vendimia y de la cosecha de todos los cultivos, cuando el pueblecito se pone alegre y bullicioso, porque vuelven muchos ausentes, y porque los labradores festejan alborozados los dones opimos que premian sus fatigas. ¡Cuánta algazara al despertar el día, de mozos que enganchan los carros, o uncen los bueyes a la carreta tradicional, o ensillan las mulas, o cargan los cestos al hombro para marchar a las viñas a recoger la uva, que se cae de puro sazonada, y traerla a los lagares! Las mujeres y los niños siguen la caravana de los trabajadores llevando los avíos, porque volverán a la noche y la finca está distante; van también escondidas algunas guitarras, para armar el baile durante el descanso de la siesta, bajo los árboles coposos que rodean la viña; y los muchachos tienen preparadas flautas de caña con las cuales tan bien se toca el triste y la vidalita, como se florea un gato, un escondido, una mariquita o un vals de esos que oyó una vez «tocar por papel» al clarinete del pueblo.

Cuando el sol ha asomado, ya han ido y vuelto dos veces los carros llenos hasta el tope de racimos negros y dorados; por toda la viña no se oye sino cantos; silbidos musicales, gritos que se llaman, risas que se desbordan, exclamaciones que se fugan, y de vez en cuando palabrotas que se escapan, cuando el cosechero ha caído preso en un bosque de cadillos que se pegan como agujas en el cuerpo; aquello parece una colmena en la cual todos tienen su tarea que ejecutan con gozo y que mil incidentes cómicos amenizan, arrancando risotadas a todo pulmón.

Allá, en medio de mi tupido grupo de árboles, una muchacha monta sobre la cepa para cortar el racimo más alto, y al bajarse enrédase el vestido en presencia del festejante, que la busca, agazapándose bajo las parras, por si logra un momento de hablarla a solas, o por lo menos, con su poquillo de picardía, por si sorprende algo de eso que enciende más la pasión naciente. «¡Qué pierna... para una cueca!» grita el maligno perseguidor, y la niña, toda encendida, baja los ojos sin decir nada.

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