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Biografía

Jacinto BenaventeEntre los años 1921 y 22 América conoció a un hombre activo y chispeante, por momentos melancólico, un tanto escamado del mundo y sus miserias. Bajo el arco pronunciado de sus cejas, los grandes ojos se extraviaban sobre la incógnita de los sueños; una barbilla audaz y triangular, descolgada de espesos bigotes, confería a su rostro algo macilento esa dignidad y esa madurez prematura con que los caballeros del siglo XIX pisaban los umbrales del medio siglo.

Su nombre era bien conocido por todos. Jacinto Benavente (Madrid, 12 de agosto de 1866 - Madrid, 14 de julio de 1954) había ofrecido al mundo sus mejores obras, y ahora, en América, al frente de una compañía, se empeñaba en solazar al público que tantas veces lo aplaudiera aun sin conocerlo personalmente.

La excursión artística resultó triunfal y consolidó la fama del dramaturgo, quien volvió a España con el lauro del solar indiano para agregarlo a sus viejos y gloriosos trofeos.

Nació Benavente en Madrid. Su padre era médico y él debió ser abogado, pero su afición por las letras pudo más que la universidad. Dejó los estudios y se entregó de lleno a la literatura y al teatro, integrando la excelsa generación del 98.

No era don Jacinto un simple teórico, sino también un organizador entusiasta y activo, como lo demostró al fundar el conocido Teatro de los Niños, de Madrid.

Desde antes de 1925 fue miembro de honor de la Real Academia, aunque no ingresó en ella solemnemente. En 1922 se le confirió el premio Nobel de Literatura. La noticia le fue comunicada mientras viajaba en el ferrocarril trasandino.

Hasta aquí, el hombre, seguido a lo largo de una conducta. Más allá del hombre, llegan sus posibilidades como genio. Y Benavente lo fue. Para medirlo en su proyección de tal, nos tenemos que situar en ese memorable epicentro, de acción sencilla y nítido estilo, que es Los intereses creados, comedia en dos actos, tres cuadros y un prólogo en prosa.

Los dos aventureros, Leandro y Crispín, que llegan a una ciudad desconocida, se ganan a las musas y a las armas dando de comer al poeta Arlequín y a un capitán y, sin tener un cuarto, se las arreglan para sacar de apuros a doña Sirena, deslumbrar al rico Polichinela y enamorar a su hermosa hija Silvia, son carne palpitante, levadura de la vida, desgarrón, llaga y cielo a un tiempo.

La fórmula de salvación -fórmula bien simple, aunque nos duela- la tiene Crispín: "Hemos creado muchos intereses, y es de interés de todos salvarnos". Y esta fórmula es la que resuelve la complicada intriga urdida por Crispín.

Reflexión sabía, tan sincera como pesimista, no puede menos que otorgar a su autor la palma de la inmortalidad. Benavente conoció profundamente a los hombres tanto como a la trama de la vida, de los honores y la mecánica de los triunfos.


Obras

La noche del sábado (1903)
El dragón de fuego (1904)
Rosas de otoño (1905)
La princesa bebé (1906)
Más fuerte que el amor (1906)
Los intereses creados (1907)
Señora ama (1908)
La escuela de las princesas (1909)
La malquerida (1913)
La propia estimación (1915)
La ciudad alegre y confiada (1916)
Campo de armiño (1916)
La Inmaculada de los Dolores (1918)
La vestal de Occidente (1919)
Pepa Doncel (1928)
Vidas cruzadas (1929)
Cuando los hijos de Eva no son los hijos de Adán (1931)
Y amargaba (1941)
La honradez de la cerradura (1942)
La infanzona (1945)
Al amor hay que mandarlo al colegio (1950)
Su amante esposa (1950)
Ha llegado Don Juan (1952)


Estilo

El teatro no tuvo secretos para él. Comediógrafo nato, hondo y agudo observador de las clases sociales, satírico elegante, filósofo y moralista más que emotivo, tuvo consistencia de clásico y dio alas a una escena digna del Siglo de Oro con más de un centenar de obras.

Dominado por una concepción pesimista del mundo, por un escepticismo aristocrático que no sorprende con excentricidades de mal gusto, ni sale nunca de los límites del buen tono, fustigó las lacras sociales (vicio, apatía, orgullo, falsía, envidia, adulación, usura, traición) con el cauterio del ridículo, e hizo de sus personajes los símbolos que expresaron sus ideas con sumisión a un diálogo rico en discreteos y rasgos psicológicos.

Buscó en el arte lo bondadoso, sin confiar demasiado en la fuerza de la voluntad y poseído por un espíritu fatalista capaz de sobreponerse a las contingencias de lo minúsculo, fue orfebre de la palabra, maestro hábil en la exposición, moralista zumbón y variado, gracioso, elegante en todo momento, fino y delicado; preciso en la elaboración de sus incontables personajes.

Comenzó publicando un libro de versos (1893) y otro de cuentos titulado Vilanos, entre los que se destacan El paraíso prometido, sobre el amor al prójimo, y Los Reyes Magos, acerca del poder de la ilusión. Reunió don Jacinto sus ensueños vagos y borrosos en los cuadros ideales de su Teatro fantástico (1893), que forman un interesantísimo estudio del alma femenina y que recuerdan una colección análoga de Marcel Prévost; coleccionó, asimismo, sus pensamientos, en la ingeniosa recopilación titulada Palabras, palabras, palabras.

Pero su fuerte, su pasión, el camino del triunfo, fue el teatro, en el que se inició con El nido ajeno (1894).

Las obras benaventinas reflejan a veces costumbres aristocráticas (Gente conocida, La comida de las fieras, que se dijo estar basada en la caída de la casa del duque de Osuna, Campo de armiño), o bien incursiona en lo simbólico (Sacrificios, donde se deduce que el amor al arte en ocasiones puede dominar a los demás sentimientos de la vida; La noche del sábado; El dragón de fuego y La princesa Bebé), o por momentos toman al amor como resorte principal de los actos humanos (La gata de Angora, que plantea la lucha del amor sincero con la frivolidad; Rosas de otoño, sobre el callado amor de una esposa que reprime y domina las ligerezas del marido; Señora Ama, donde analiza un caso conyugal en una aldea castellana).

Benavente manejó con prestancia el idilio eminentemente cristiano (La fuerza bruta) y tuvo aciertos en el tema pasional, no poco melodramático (La malquerida), y en la pintura de ciertos contrastes de la vida social (Lo cursi, muy semejante a una comedia moratiniana de los mejores tiempos).

"Para crear afectos en la vida lo mejor es empezar por crear intereses", dijo alguna vez, no sin alguna sombra de humorismo pesimista, en trance de dar vida al personaje más perfecto de cuantos salieron de su pluma: Crispín. El avisado aventurero de Los intereses creados (1909) surgió de esta reflexión y, desde entonces, erigido en excepcional temperamento, llevó por el mundo la magia de don Jacinto Benavente, maestro de maestros.


Textos

Los intereses creados

Acto II: Cuadro tercero, Escena IV

LEANDRO y CRISPÍN.

LEANDRO .-¿Qué es esto, Crispín? ¿Qué pretendes? ¿Hasta dónde has de llevarme con tus enredos? ¿Pien sas que lo creí? Tú pagaste a los espadachines; todo fue invención tuya. ¡Mal hubiera podido valerme contra todos si ellos no vinieran de burla!
CRISPÍN.-¿Y serás capaz de reñirme, cuando así anticipo el logro de tus esperanzas?
LEANDRO.-No, Crispín, no. ¡Bien sabes que no! Amo a Silvia y no lograré su amor con engaños, suceda lo que suceda.
CRISPÍN.-Bien sabes lo que ha de sucederte... ¡Si amar es resignarse a perder lo que se ama por sutilezas de conciencia... , que Silvia misma no ha de agradecerte!...
LEANDRO.-¿Qué dices? ¡Si ella supiera quién soy!
CRISPÍN.-Y cuando lo sepa, ya no serás el que fuiste: serás su esposo, su enamorado esposo, todo lo enamorado y lo fiel y lo noble que tú quieras y ella puede desear... Una vez dueño de su amor... , y de su dote, ¿no serás el más perfecto caballero? Tú no eres como el señor Polichinela, que con todo su dinero, que tantos lujos le permite, aún no se ha permitido el lujo de ser honrado... En él es naturaleza la truhanería; pero en ti, en ti fue sólo necesidad... Y aun si no me hubieras tenido a tu lado, ya te hubieras dejado morir de hambre de puro escrupuloso. ¡Ah! ¿Crees que si yo hubiera hallado en ti otro hombre me hubiera contentado con dedicarte a enamorar?... No; te hubiera dedicado a la política, y no al dinero del señor Polichinela, el mundo hubiera sido nuestro... Pero no eres ambicioso, te contentas con ser feliz...
LEANDRO.-Pero no viste que mal podía serlo? Si hubiera mentido para ser amado y ser rico de este modo hubiera sido porque yo no amaba, y mal podía ser feliz. Y si amo, ¿cómo puedo mentir?
CRISPÍN.-Pues no mientas. Ama, ama con todo tu corazón, inmensamente. Pero defiende tu amor sobre todo. En amor no es mentir callar lo que puede hacernos perder la estimación del ser amado.
LEANDRO.-Ésas sí que son sutilezas, Crispín.
CRISPÍN.-¿Que tú debiste hallar antes si tu amor fuera como dices. Amor es todo sutilezas, y la mayor de todas no es engañar a los demás, sino engañarse a sí mismo.
LEANDRO.-Yo no puedo engañarme, Crispín. No soy de esos hombres que cuando venden su conciencia se creen en el caso de vender también su entendimiento.
CRISPÍN.-Por eso dije que no servías para la política. Y bien dices. Que el entendimiento es la conciencia de la verdad, y el que llega a perderla entre las mentiras de su vida, es como si se perdiera a sí propio, porque ya nunca volverá a encontrarse ni a conocerse, y él mismo vendrá a ser otra mentira.
LEANDRO .-¿Dónde aprendiste tanto, Crispín?
CRISPÍN.-Medité algún tiempo en galeras, donde esta conciencia de mi entendimiento me acusó más de torpe que de pícaro. Con más picardía y menos torpeza, en vez de remar en ellas pude haber llegado a mandarlas. Por eso juré no volver en mi vida. Piensa de qué no seré capaz ahora que por tu causa me veo a punto de quebrantar mi juramento.
LEANDRO.-¿Qué dices?
CRISPÍN.-¿Que nuestra situación es ya insostenible, que hemos apurado nuestro crédito, las gentes ya empiezan a pedir algo efectivo. El hostelero, que nos albergó con toda esplendidez por muchos días, esperando que recibieras tus libranzas. El señor Pantalón, que, fiado del crédito del hostelero, nos proporcionó cuanto fue preciso para instalarnos con suntuosidad en esta casa... Mercaderes de todo género, que no dudaron en proveernos de todo, deslumbrados por tanta grandeza. Doña Sirena misma, que tan buenos oficios nos ha prestado en tus amores.. Todos han esperado lo razonable, y sería injusto pretender más de ellos, ni quejarse de tan amable gente... ¡Con letras de oro quedará grabado en mi corazón el nombre de esta insigne ciudad que desde ahora declaro por mi madre adoptiva! A más de éstos... ¿olvidas que de otras partes habrán salido y andarán en busca nuestra? ¿Piensas que las hazañas de Mantua y de Florencia son para olvidarlas? ¿Recuerdas el famoso proceso de Bolonia?... ¡Tres mil doscientos folios sumaba cuando nos ausentamos alarmados de verle crecer tan sin tino! ¿Qué no habrá aumentado bajo la pluma de aquel gran doctor jurista que le había tomado por su cuenta? ¡Qué de considerandos y de resultandos de que no resultará co sa buena! ¿Y aún dudas? ¿Y aún me reprendes porque di la batalla que puede decidir en un día de nuestra suerte?
LEANDRO.-¡Huyamos!
CRISPÍN.- ¡No! ¡Basta de huir a la desesperada! Hoy ha de fijarse nuestra fortuna... Te di el amor, dame tú la vida.
LEANDRO .-Pero ¿cómo salvarnos? ¿Qué puedo yo hacer? Dime.
CRISPÍN.-Nada ya. Basta con aceptar lo que los demás han de ofrecernos. Piensa que hemos creado muchos intereses y es interés de todos el salvarnos.

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