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Biografía

Ivo AndricIvo Andric nació en 1892 en la ciudad de Dolac, en Bosnia. Su preparación es muy sólida: proveniente de una región en donde convergen diversos orígenes étnicos, religiones, tradiciones y culturas, estudió filosofía en Zagreb, Viena y Cracovia.

En 1914 se le acusó de complicidad en el atentado contra el archiduque Fernando, realizado por Gavrilo Princip. Lo encarcelaron y padeció la soledad, hasta que terminó la contienda. En Sarajevo conocían muy bien al joven miembro de la juventud nacional revolucionaria, porque en esa ciudad había cursado sus estudios y allí había lanzado sus arengas nacionalistas.

Terminada la guerra del 14 entró a formar parte del cuerpo diplomático yugoslavo, desempeñando destinos en Grecia, Austria e Italia.

Luego de actuar contra la política imperialista de Austria, en 1918 fue nombrado secretario del Consejo Nacionalista de Zagreb, que proclamó la unión con los serbios y eslovenos.

En 1945, ya pasada la segunda guerra, el escritor juzgó llegada la hora de terminar con su retiro estético. Hasta entonces, había creado en silencio un mundo de ideas, experiencias cargadas con desazones y profundas angustias: desde allí en adelante tenía que dar estado publico a su mensaje. Liberada su patria de la ocupación alemana, empezó a publicar libro tras libro. Su carrera literaria, no obstante, arrancaba de 1918, fecha en que la crítica elogió su volumen de poesías Ex Ponte; casi treinta años después, el lenguaje de Andric, mucho más maduro, obtuvo mayor periodicidad y difusión.

En 1956 recibió un diploma por la totalidad de su producción, que le confirió la sociedad yugoslava de autores. Desde 1959 su nombre figuraba entre los aspirantes al Premio Nobel, que recibió en 1961. Murió en Belgrado, el 13 de marzo de 1975.


Obras

De su extensa bibliografía, la pieza que le dio más fama fue Un puente sobre el Drina, última parte de una trilogía en la que expuso la historia su país, entre la conquista por los turcos de la península balcánica, en 1389, y la creación de la monarquía independiente en Yugoslavia, tras la gran guerra. El "puente" es el sitio sobre el cual se encuentran Oriente y Occidente.

Su gran novela histórica -sin lugar a dudas, la más característica- es Sucedió en Bosnia, que nos transporta a la agreste bosnia de los tiempos napoleónicos.

La obra de Andric nos introduce en un mundo misterioso y apasionante, impregnado de su magia, que resucita extraños cuerpos, abre puertas hasta ayer vedadas y desnuda espíritus que yacían enclaustrados. Es que ha sabido dar a sus obras un sentido universal; ha tomado el paisaje físico y espiritual de su patria, a fin de asomarse a la gran encrucijada de dos civilizaciones -Oriente y Occidente- de cuyo enfrentamiento surge un trágico destino, aceptado por grupos y por individuos que acatan la ley de la fatalidad.


Estilo

La Academia de Letras de Suecia concedió en 1981 el Premio Nobel de Literatura a Ivo Andric, escritor yugoslavo y fogoso político que, a la sazón, representaba a la provincia de bosnia en el parlamento de su país.

Fundamentó la Academia su decisión señalando muy especialmente que recompensaba a Andric "por la fuerza ética con que ha descrito el tema del destino humano en la historia de su patria".

El mensaje de Ivo Andric forma parte de los grandes alegatos del siglo XX. Su activo quehacer intelectual, interrumpido apenas por sus funciones como parlamentario o diplomático, pertenece a la antología de la literatura universal.

Desde los ya lejanos días de Sarajevo, Andric participó en la ardua política europea, como miembro de la juventud nacional revolucionaria, o bien como colaborador de Gavrilo Princip (el estudiante que asesinó al archiduque Francisco Fernando). Cuando el armisticio aventó las nubes bélicas de la primera gran guerra, sirvió a Yugoslavia en calidad de diplomático. Su último destino fue Alemania; poco antes de llegar, los nazis invadieron su país. Casi enseguida Ivo Andric se retiró de toda actividad pública.

Escribió su primer libro en la prisión a que le llevaron las autoridades austríacas: Ex Ponte (1918).


Textos

Un puente sobre el Drina

(fragmento)

A lo largo de la mayor parte de su curso, el Drina discurre a través de estrechas gargantas, entre montañas abruptas, o atraviesa profundos cañones entre ribazos verticales. Solamente en algunos lugares, sus orillas se abren en amplios valles y forman, ya sobre uno, ya sobre los dos ribazos, extensiones de terrenos fértiles, en parte llanas y en parte onduladas, propicias al cultivo y a la población.

Una de esas llanuras comienza aquí, en Vichegrado, en el lugar en que el Drina surge, describiendo una inesperada curva, del profundo y estrecho desfiladero que forman las peñas de Butko y las montañas de Uzavnitsa.

El ángulo que en este lugar forma el Drina es extraordinariamente agudo, y las montañas de ambos lados son tan escarpadas y están tan próximas unas de otras que parecen un macizo cerrado del que el río brota como de un muro sombrío. Pero, súbitamente, las montañas se separan y forman un anfiteatro irregular cuyo diámetro, en el lugar más ancho, no excede de unos quince kilómetros a vista de pájaro.

En el punto en que el Drina surge con todo el peso de su masa de agua verde y espumosa, fuera del conjunto, en apariencia cerrado, de las montañas negras y escarpadas, se yergue un gran puente de piedra armoniosamente tallado, con once ojos de ancha abertura. Desde ese puente, como si fuese una base, se despliega en abanico un valle ondulante con la pequeña ciudad de Vichegrado y sus alrededores, con algunas aldeas colgadas de los flancos de las colinas, cubierto de campos, de pastos y de grandes extensiones plantadas de ciruelos, cortados por cercas y salpicado de sotos y de unos escasos bosques de abetos. De este modo, cuando se contempla desde el fondo del horizonte parece que, bajo los amplios ojos del puente blanco, corre y se extiende no sólo el verde Drina, sino todo aquel terreno soleado y cultivado, con cuanto en él crece y con el cielo meridional por encima.

En la orilla derecha del río, iniciándose en el mismo puente, se encuentra el centro de la ciudad con su mercado turco, situado, en parte, en la llanura y, en parte, sobre la falda de las colinas. Al otro lado del puente y a lo largo de la orilla izquierda, se extiende la llanura de Mlukhine, arrabal cuyas casas están dispersas en torno a la carretera que conduce a Sarajevo. Por tanto, el puente que une los dos tramos de la carretera de Sarajevo, une también la ciudad a su arrabal.

Realmente, cuando decimos "une", lo hacemos con tanta exactitud como cuando se dice: el sol sale por la mañana para que los hombres podamos ver en torno nuestro y dedicarnos a nuestros asuntos, y se pone por la tarde para que durmamos y descansemos de las fatigas del día.

En efecto: ese enorme puente de piedra, construcción preciosa y de una belleza tal que ciudades mucho más ricas y comerciales no poseen nada semejante -"en todo y por todo, no hay más que dos de ese tipo en el Imperio", se decía antaño-, ese puente es el único paso permanente y seguro a lo largo de todo el curso medio y superior del Drina, y es, al mismo tiempo, el nudo indispensable de la carretera que une Bosnia con Servia, y aún más lejos, con las restantes partes del Imperio otomano hasta Estambul. Ahora bien, una ciudad pequeña y su arrabal son las únicas aglomeraciones que necesariamente han de desarrollarse en los principales puntos de comunicación y a ambos lados de los puentes importantes.

Aquí también, con el tiempo, han brotado las casas y se han multiplicado las habitaciones a los dos lados del puente. La ciudad ha vivido gracias al puente y ha salido de él como de una raíz indestructible.

Para que se vea con claridad y se comprendan íntegramente el cuadro de la ciudad y la naturaleza de sus relaciones con el puente, es preciso saber que, en la ciudad, existe todavía un puente, del mismo modo que existe todavía un río. Se trata del Rzav, franqueado por un puente de madera. En un extremo de la ciudad el Rzav vierte sus aguas en el Drina, de suerte que el centro de la ciudad y, al mismo tiempo, la mayor parte de la aglomeración se encuentra sobre la lengüecilla de tierra situada entre los dos ríos, el grande y el pequeño confluyen aquí, en tanto que los arrabales desperdigados se extienden al otro lado de los puentes, en la orilla izquierda del Drina y en la orilla derecha del Rzav. La ciudad está sobre las aguas. Pero aunque exista otro río y otro puente, las palabras "en el puente" no designan jamás al que franquea el Rzav, sencilla construcción de madera sin belleza, sin historia y sin más sentido que el de servir de paso a los Habitantes y a sus animales. Aquellas palabras designan siempre y únicamente al puente de piedra sobre el Drina.

El puente tiene unos doscientos cincuenta pasos de longitud y unos diez de anchura, salvo en su parte central, donde se ensancha en dos terrazas simétricas a ambos lados del camino transitable, alcanzando así el doble de su anchura. A esta parte del puente se le llama la "kapia".

En este punto, sobre el pilar central que se ensancha en su parte superior, se ha añadido, a los dos lados, unos contrafuertes de madera que sobre ese pilar se apoyan, a la izquierda y a la derecha del camino transitable, las dos terrazas que se proyectan atrevida y armoniosamente en el espacio por encima del agua verde y ruidosa. Tienen una longitud de cerca de cinco pies y una anchura igual y están rodeadas por un parapeto de piedra, idéntico al que bordea el puente en toda su longitud. Ambas terrazas, sin embargo, son completamente independientes y carecen de techo. La de la derecha, según se viene de la ciudad, se llama el sofá, y se alza sobre dos gradas.

Está bordeada por asientos a los cuales sirve de respaldo el parapeto del puente. Tanto las gradas, los asientos, como el parapeto están tallados en la misma piedra clara. La terraza de la izquierda, enfrente al sofá, es igual que la otra, pero está vacía, sin asientos. En el centro del parapeto, el muro se alza y sobrepasa la altura de un hombre.

En su parte superior, hay una estela de mármol blanco, sobre la cual está grabada una rica inscripción turca, con un cronograma que, en trece versos, indica el nombre del constructor del puente y el año de la construcción. En la parte inferior del muro corre una fuente: un hilillo de agua brota de las fauces de un dragón de piedra.

En esta terraza se ha establecido un cafetero con sus cafeteras, sus tazas, su brasero siempre encendido y con un camarero que sirve el café a los consumidores que están enfrente, en el sofá. Eso es la kapia.

En el puente y su kapia, en torno de él o en relación con él, discurre y se desarrolla, como ya veremos, la vida de los habitantes de la pequeña ciudad. En todos sus relatos sobre los acontecimientos personales, familiares y públicos, se puede siempre oír las palabras "en el puente" y en efecto, en el puente del Drina tienen lugar los primeros paseos infantiles y los primeros juegos de los muchachos.

Los niños cristianos, nacidos en la orilla izquierda del Drina, cruzan el puente desde los primeros días de su vida; ya, en la primera semana, son llevados a bautizar a la iglesia. Pero también los otros niños, incluso los que han nacido en la orilla derecha, y los niños musulmanes que ni siquiera están bautizados, pasan, como antaño sus padres y sus abuelos, la mayor parte de su infancia en las proximidades del puente.

Pescan con caña junto al puente o cazan pichones bajo sus ojos. Desde temprana edad, su mirada se acostumbra a las líneas armoniosas de aquella enorme construcción de piedra clara, porosa, regular e impecablemente tallada. Conocen todas las redondeces y las cavidades tan magistralmente cinceladas, del mismo modo que conocen todos los cuentos y leyendas que están ligados al nacimiento y a la construcción del puente y en los cuales se mezclan y entrelazan de manera extraña e inextricable la imaginación y la realidad, lo verdadero y lo soñado.

Y todo esto lo conocen desde siempre, inconscientemente, como si hubiera nacido con ellos, como saben sus oraciones, sin acordarse de quién se las enseñó ni de cuándo las oyeron por primera vez.

Saben que el puente fue construido por orden del gran visir Mehmed-Pachá cuyo pueblo natal se encuentra tras una de las montañas que circundan el puente y la ciudad.Tan sólo un visir podía dar todo lo que era preciso para que se construyese aquella perdurable maravilla de piedra.

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