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Biografía

Iván BuninLa Rusia de los zares se aproximaba lentamente a su fin. Mecidos por el viento de la estepa, los raudos cosacos hacían retemblar la tierra y tras ellos quedaba la leyenda. Caravanas de gentes empobrecidas peleaban sobre los surcos exhaustos, en tanto que la corte de San Petesburgo se iba aislando cada vez más del verdadero sentir del pueblo.

Iván Alexeievich Bunin (Vorónezh, 22 de octubre de 1870 - París, 8 de noviembre de 1953): su vida estaba destinada a sufrir junto a los pobres, y la consagró a la prédica de la libertad.

Su infancia y parte de la juventud las pasó en el campo. Era éste un buen escenario para explorar: los aldeanos rusos, mansamente apegados a la tierra, vivían el hondo drama de la subsistencia. Tristes canciones acunaron al pequeño iván. Ellas decían del sufrimiento y la angustia de los mujiks, de los sobresaltos de las madres por conseguir un trozo de pan... Concurrió al gimnasio de Yelets, en el cual obtuvo excelentes calificaciones, hasta que se graduó. La universidad de Moscú fue la próxima meta. En ella estuvo un año. Fue por esta época cuando Bunin recibió un grave golpe: su hermana menor murió tras una breve enfermedad, dejándolo inconsolable. Presa de honda postración se apartó del mundo y cayó en una melancolía religiosa, aunque felizmente pudo escapar de ésta sin sufrir mayores consecuencias.

Las imágenes lo atraían. Se dedicó a la pintura con bastante buen sentido de las formas y los colores. Esta afición influyó más tarde en su obra literaria. Porque también siguió siendo pintor, una vez que reemplazó el pincel por la pluma.

La biblioteca paterna era, en verdad, un sitio de excepción para Bunin. En ella pasaba días encerrado, enfrascado en lecturas que, poco a poco seleccionó. Prefirió familiarizarse con los grandes poetas ingleses: Byron, Tennyson, Shelley, Longfellow...

Tradujo al ruso Manfred Cain y Canciones de Hiawata y otras selecciones poéticas inglesas. Tales trabajos le valieron el premio Puschkin. Su fama creció con sus manifiestas condiciones de narrador. En 1910 publicó su novela La aldea, la primera de una serie excepcional. La revolución rusa de 1917 lo arrojó de su tierra. Desde entonces vivió casi siempre en París.

Fue uno de los mejores maestros de las letras contemporáneas rusas; expuso, de modo magistral, la vida vulgar y corriente; a veces no existe argumento en sus obras y eso le sirve de pretexto para describir, con agudo espíritu de observación, tipos, situaciones y lugares de las aldeas de su provincia natal.

Es el triste y dulce poeta del paisaje provincial. Es algo así como el Gabriel Miró ruso.


Obras

Entre sus muchas obras destacan:

Caída de la hoja , 1901, versos

Antónovskie yábloki (Manzanas, 1900)

Derevnia (La aldea, 1910)

Sujodol (El sequedal, 1911)

Gospodín iz San Francisco (El señor de San Francisco, 1915)

El amor de Mitia, 1925

Días malditos (Un diario de la Revolución) (1918)

La vida de Arséniev , 1930

Tiomnie aléi (Alamedas oscuras, 1943), colección de cuentos


Estilo

En ocasión de recibir el Premio Nobel de Literatura, Iván Alexeievich Bunin, lejos de su amada Rusia, pronunció con entrecortada voz: "Hay una verdad que nos une a todos: la libertad de pensamiento y de conciencia: y a esta libertad debemos nosotros la civilización".

Las altas personalidades que en la ciudad de Estocolmo asistían a la definitiva consagración de este librepensador, no pasaron por alto la emoción apenas contenida de quién se refería a un estado de conciencia por el cual había luchado durante toda su vida, por el cual había sufrido la persecución y el exilio.

Rusia, en su persona, ganaba el primer Premio Nobel en el campo literario; por primera vez, éste se concedía a un desterrado. A pesar de las circunstancias, el escritor jamás olvidó lo que su país le diera: campos, labriegos, recuerdos de una infancia nutrida en los austeros principios de sus mayores, y que cobraron forma y vida en sus libros, llenos de una explicable melancolía. La literatura rusa contemporánea tiene en él a uno de sus mejores narradores.

Dotado de una vasta visión, pocos fueron los que, como él, supieron interpretar y traducir a fondo la vida y las costumbres del pueblo que lo vio nacer.


Textos

La aldea

El bisabuelo de los Krasov, apodado el Gitano por los otros criados, murió víctima de los galgos de su amo y señor, que era el capitán de caballería Durnovo, a cuya amante aquél había seducido.

Durnovo ordenó que lo llevaran al campo, más lejos que Durnovka y le permitieran que se sentara en la loma. A continuación llegó él allí con los galgos y, a gritos, les indicó:

-¡A él! ¡Tómenlo!

El Gitano que, cansado, se había detenido, comenzó a correr; pero una vez más resultó evidente que, para no ser presa de los galgos, correr no es lo más indicado.

Al abuelo de los Krasov, sin que mediara motivo conocido, lo liberaron de su condición de esclavo. Con su familia se trasladó a la ciudad, donde pronto se lo conoció como ladrón famoso. En el Arrabal Negro arrendó una casucha para su mujer a quien le indicó que se pusiera a hacer encajes para venderlos y él, junto con un sujeto llamado Bielokopitov, se dedicó a ladrón de iglesias del interior. Al cabo de dos años, lo apresaron. En las audiencias del Tribunal se comportó de tal manera que persistió por largo tiempo el recuerdo de sus contestaciones a los magistrados: actuaba igual que si llevara caftán de terciopelo, reloj de plata y calzado de cabritilla; dramatizaba sin reparos, revolvía los ojos, confesaba con reverencia sus infinitos hechos ilustres, hasta los más insignificantes: ¡Sí, señor!... ¡Sí, señor!

El padre de los Krasov era un vendedor que se pasó viajando por toda la zona algunas temporadas. En otra época se instaló en Durnovka con un bodegón y un negocito; pero se fundió, comenzó a beber y regresó a la ciudad, donde murió al poco tiempo.

Sus hijos, Tijon y Kuzmá, que tenían casi la misma edad, también entraron en el comercio después de haber trabajado como dependientes de tiendas. Andaban en un carro en cuya parte delantera habían colocado un baúl, desde el cual voceaban rítmicamente:

-¡Señoras...! ¡Tenemos mercadería...! ¡Mujeres...! ¡Tenemos mercadería...!

Las mercaderías eran pequeños espejos, jabones, anillos, hilos, pañuelos, agujas, rosquitas, etcétera, que llevaban en el baúl, en tanto el carro lo usaban para poner todos los objetos que resultaban del intercambio: cadáveres de gatos, huevos, telas, trapos...

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