Índice alfabético > S > Henryk Sienkiewicz

Biografía

Henryk SienkiewiczPerteneciente a una familia lituana refugiada en Polonia, Henryk Sienkiewicz (Wola Okrzejska, Polonia, 1846 - Vevey, Suiza, 1916) nació en Wolg-Okrsejska, donde estudió el bachillerato. Después pasó a la Universidad de Varsovia, en la que cursó la carrera de Filosofía y Letras.

Desde 1869 publicó artículos de crítica, pero sólo en 1872 dió a la imprenta su primer libro de cuentos humorísticos: Nadie es profeta en su patria. La patria y él se identificaban en unidad de creación; se iba, con frecuencia, lejos de Polonia; erraba sin concierto, observando, juzgando, conociendo..., pero siempre, en el instante solemne de sus alumbramientos literarios, volvía a su país, devorado por la nostalgia. Y Polonia recibía al hijo pródigo cada vez con mayor ternura, porque sus narraciones lo habían erigido en figura popular y en el relator de las antiguas glorias polacas.

Desde 1877 colaboró en la Gaceta de Varsovia con narraciones llenas de frescura y de color, que su retina aglutinaba con precisión y su galana pluma traducía a situaciones panorámicas.

En 1891 se fue a explorar el África Central; posteriormente visitó Oriente, Grecia, Italia, España, Francia e Inglaterra así como varios países de América.

Quo Vadis?, la obra que le dio fama universal, apareció en 1895. A partir de entonces, su prestigio se extendió rápidamente.

Diez años después, aclamado por sus compatriotas, recibía el Premio Nobel de Literatura (1905). Comenzaba el siglo. Los primeros rumores de guerra alarmaban a Europa, despreocupada hasta entonces, romántica y hacedora de sueños. Henryk Sienkiewicz, al hombro sus viejas alforjas cargadas con nuevas esperanzas, partió otra vez, peregrino de su propia inquietud.

Esta vez el camino no era tan alegre. Por doquier las trincheras, el éxodo, la angustia de una humanidad que se destruya, hacía difícil el empeño del buen hacedor de notas. Se detuvo, pues, en Suiza. En el pueblecito de Vevey creó un Comité de Socorros para las víctimas polacas del desastre mundial y lo presidió con ardorosa solicitud. Ya era hora de emprender otra aventura, esta vez sin retorno.

Corría el año 1916 cuando Henryk Sienkiewicz, el gran trashumante, inició el viaje definitivo.

"Hubiera querido vivir más tiempo para tener la dicha de ver a Polonia libre", fueron sus últimas palabras. En realidad, el tiempo de su vida no tiene límites.


Obras

Quo Vadis?, su obra más célebre. Para las gentes y las cosas de su tierra tuvo inquietudes de sagaz observador y psicólogo: Yanco, el músico es una prueba de su agudeza de ingenio.

Una trilogía de obras de grandes proyecciones: Por el fuego y por la espada, El diluvio, Micer Wolodyjowski, lo destacan como a uno de los más inspirados escritores de todos los tiempos.

Son también muy recordadas Sin dogma (1891), La familia Polanieski (1894) y Los cruzados (1900).

También son notables sus relatos: El jorobado de notredame (1872), Bocetos al carbón (1880); sus novelas cortas Bartek el vencedor (1882), El torrero (1880) y Sachem (1889).

Páginas de América, La eterna víctima (1909), En el campo de la gloria (1907), Nadie es profeta en su patria (1872), El anticristo (1895) y Prusia y Polonia (1895) completan su producción.

Estilo

El escritor polaco dió a publicidad una novela que, sin ser su mejor obra, fue la más descollante. El tema elegido se remonta a la Roma de los Césares con sorprendente patetismo, tal como si el autor hubiese sido uno de aquellos espectadores, frente a quienes el reciario brindó su precioso trofeo. La novela, Quo Vadis?, alcanzó tan resonante éxito en lapso tan breve; su autor, sin embargo, no volvió a insistir en el tema que tanta popularidad le dió, quizás ante el temor de defraudarse a sí mismo.

Los temas mediterráneos contaron con su apasionada simpatía y a ellos dedicó vigorosos croquis como el titulado La corrida de toros en España, con pinceladas maestras y un profundo conocimiento de la sensibilidad latina.



Textos

Quo Vadis? (fragmento)

El camino se hallaba desierto. Los aldeanos que traían al amanecer verduras a la ciudad no habían enganchado aún los caballos a los carros.

En las losas de piedra con que se hallaba pavimentado el camino resonaban las pisadas de los zuecos que calzaban los viajeros.

Luego se asomó el sol sobre las colinas; pero, en aquel instante, una visión maravillosa se presentó a los ojos del apóstol. Le pareció que el disco dorado, en vez de ascender por el firmamento, iba bajando y avanzando hacia el camino por donde ellos se dirigían.

Entonces, Pedro se detuvo y preguntó:

—-¿Ves aquella claridad que se acerca hacia nosotros?

—-Yo, nada veo —contestó Nazario.

Pero Pedro se puso una mano, a guisa de visera, delante de los ojos, y dijo al cabo de algunos instantes:

—-Una figura viene hacia nosotros envuelta en los resplandores del sol.

Pero a los oídos de ambos no llegaba ni el más leve ruido de pasos. A su alrededor, todo se hallaba silencioso. Nazario vio tan sólo que los árboles se mecían a lo lejos, como si alguien estuviera sacudiéndolos, y la luz se extendía más abiertamente sobre la llanura.

El joven miró sorprendido al apóstol y exclamó, inquieto:

—-Rabbí, ¿qué tienes?

El báculo de peregrino se había caído de las manos de Pedro a tierra; sus ojos, inmóviles, miraban hacia delante; su boca estaba abierta, y en su rostro se pintaba el asombro, el gozo y el arrobamiento. De pronto se arrodilló, extendió los brazos hacia delante, y de sus labios brotó este grito:

—-¡Oh Cristo!... ¡Oh Cristo!...

Y cayó con el rostro en tierra, como si estuviera besando los pies de alguien.

Se sucedió un largo silencio; y luego se oyeron estas palabras del anciano, medio ahogadas entre sollozos:

—-Quo vadis, Domine?...

Nazario no oyó respuesta alguna; pero a los oídos de Pedro llegó una voz dulce y dolorida, que dijo:

—-Si tú abandonas a mi pueblo volveré a Roma a ser crucificado por segunda vez.

El apóstol yacía en el suelo, pegado el rostro a la tierra, inmóvil y mudo.

Al principio le pareció a Nazario que se había desmayado o estaba muerto; pero por fin se levantó, cogió con temblorosa mano su báculo y volvió sin decir palabra hacia las siete colinas de la ciudad.

El muchacho, al ver esto, repitió como un eco:

—-Quo vadis, Domine?

—-A Roma —dijo el apóstol en voz baja.

Y regresó...

Búsqueda personalizada