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Biografía

Gregorio de LaferrèreLa vida de Gregorio de Laferrère (Buenos Aires, 8 de marzo de 1867 – 30 de noviembre de 1913) fue breve, pero fructífera. Era hijo de madre argentina y de padre francés. Frecuentó las tertulias, el comité electoral, la prensa, el parlamento y el teatro.

Sus comedias son la pintura de tales ambientes, observados con sutil ironía y expresados con musa espontánea y realista. De esa circunstancia surgió su fama. No escribió acerca de aquello que ignoraba, sino que se limitó a traducir en acción el mundo que le era familiar.

Miembro de la legislatura provincial de Buenos Aires desde 1893, fue elegido diputado al Congreso nacional en 1898, y por reelección sucesiva ocupó el escaño hasta 1908.

Su ideal era el autonomismo porteño. Militaba, pues, entre los que se llamaban "modernistas", "vacunos" o "pellegrinistas", enrolados en las corrientes históricas del Partido Nacional.

En estos menesteres andaba cuando le dio por escribir comedias. Triunfó con ellas, se inició en la novela, y la muerte le sorprendió cuando llevaba iniciados dos relatos en prosa: Don Pedro Antonio Valpuerta y Juan Palomo y su mosca, en los cuales presentaba personajes políticos de actualidad.

Se metió a comediógrafo de buenas a primeras, sin posturas de bohemio incomprendido, ni veleidades de reformador. Se inició en la carrera dramática cuando ocupaba un banco de diputado en el Congreso con el estreno de ¡Jettatore!. El éxito fue clamoroso. Público y crítica lo alabaron hasta que el mundillo teatral acabó por fastidiarse con la popularidad de un hombre que no había hecho antesalas.

Laferrère era un hombre de mundo; jamás antes de entonces había escrito una obra; no se le conocían amistades en los corrillos del ambiente teatral; no era joven como para intentar audaces aventuras, ni frecuentaba otros círculos más que los del club elegante. Los primeros en sorprenderse con las chocarrerías de sus personajes fueron sus compañeros del Congreso, quienes festejaban un tanto desconcertados las ocurrencias de los actores que, en el teatro de la Comedia de la calle de las Artes, iban y venían de un lado al otro del escenario, trastornados por la acción vertiginosa del libro.

Gregorio de Laferrère falleció en Buenos Aires el 30 de noviembre de 1913, después de un breve período de enfermedad.


Obras

A ¡Jettatore! (1904) le siguieron: Locos de verano, en 1905; Bajo la garra, en 1907; Las de Barranco, en 1908; Los invisibles, en 1911.

Laferrère era, sin duda, un gran humorista; era un estético y un irónico que temía escribir por no causar aburrimiento a su público.

No lo aburrió, por cierto, con la caricatura de la superstición colectiva que hizo en ¡Jettatore!, centrando en un personaje cierta nefasta influencia magnética sobre los demás; no lo aburrió, tampoco, con las manías impertinentes y las obsesiones neuróticas de sus Locos de verano, que eran, ya apasionados por la fotografía y el fonógrafo, ya absorbidos por la recolección de autógrafos, por la política, por los juegos, por las obras piadosas. Los Locos de verano forman una sola familia, en cuya mansión discuten, tejen diálogos incoherentes y bruscos y se enfrentan con la sensatez de Jorge.

Los problemas del espiritismo, arraigado en la credulidad de un simple, se plantean en Los invisibles, cuya acción es pródiga en comunicaciones de ultratumba, en gestos, palabras y ruidos con ecos sobrenaturales. La grotesca historia de una familia mediocre, termina en drama en Las de Barranco. Muerto el capitán Barranco, su viuda y sus tres hijas tratan de arreglárselas con una exigua pensión del gobierno. Desvergonzada, pedigüeña y cicatera, la señora de Barranco apaña con inconsciencia las maniobras que hacen las muchachas para conseguir marido, en un ambiente donde reina la mentira.


Estilo

Bajo la capa del circo, los Podestá inauguraron con temas gauchescos el ciclo de teatro argentino y, rápidamente, trasladando al diálogo la primitiva pantomima ecuestre y adoptando otros temas para enriquecer el modesto repertorio de aldea, dilataron el estrecho horizonte nacional de sus representaciones.

Así surgieron, en los comienzos del siglo XX, el drama político de Coronado y la comedia urbana de Laferrère, que completo el realismo de los gauchescos y el sentimentalismo de los románticos con escenas de la realidad inmediata.

Laferrère dio vida al porteño de clase media, al hombre del club, con sus ideas y su lenguaje típicos. Su creación llegó a completar, en la galería de la escena criolla, las colecciones que formaban los gauchos de Gutiérrez y de Coronado, y el compadrito de Trejo y de Soria; vigorizó, urbanizó y actualizó el teatro argentino y alcanzó un éxito clamoroso, casi sin proponérselo.

Su primera comedia, ¡Jettatore!, subió a las tablas por casualidad, cuando ya el autor la había archivado entre sus papeles, convencido de que se trataba de una humorada intrascendente.

El comediógrafo disimuló siempre su gran amor por el teatro. Acaso su displicencia por todo lo concerniente a la escena fuese un escudo protector, puesto entre su sensibilidad creadora y la crítica malévola de sus detractores.

Sus obras están escritas con soltura, animadas por la gran vivacidad del diálogo y por el movimiento continuo de los personajes, que si bien no razonan con demasiada profundidad, expresan en su conjunto el mensaje caricaturesco de la vida.

Los personajes de Laferrère son tipos definidos, lógicos con ellos mismos, dóciles para el diálogo, siempre ligados a la aristocracia o la clase media, carentes de complejidad, repetidos a lo largo del repertorio bajo el disfraz de nombres distintos. No creó el comediógrafo verdaderos caracteres humanos, pero fue eximio pintor de ambientes domésticos, llenos de colorido local.


Textos

¡Jettatore!

Carlos y Doña Camila

Doña Camila. ¿Por qué te has levantado de la mesa sin tomar el café? ¿Quieres que te lo haga servir aquí?

Carlos. - No, tía, no. Me quita el sueño...

Doña Camila. - (Se sienta.) De un tiempo a esta parte te encuentro algo raro. ¿Qué tienes? ¿Estás enfermo? Tú debías venirte a dormir aquí. Estarías mejor cuidado...

Carlos. - No es para tanto. Me siento un poco nervioso y nada más. Es que tengo una gran preocupación...

Doña Camila. - ¿Preocupaciones tú? Y ¿por qué?

Carlos. - ¡Vaya una pregunta! ¿Lo que le dije esta tarde le parece poco?

Doña Camila. - ¡Cómo! Pero... ¿hablas en serio, muchacho?

Carlos. - ¡Ya lo creo!

Doña Camila. - Mira que voy a creer que has perdido el juicio...

Carlos. - ¡Si lo que le digo es verdad! Don Lucas es "¡Jettatore!"...

Doña Camila. - Pero... ¿qué es eso de "¡Jettatore!"? Porque hasta ahora a todo lo que me has venido diciendo no le encuentro pies ni cabeza...

Carlos. - ¡Y, sin embargo, es muy sencillo! Los "¡Jettatore!s" son hombres como los demás, en apariencia; pero que hacen daño a la gente que anda cerca de ellos... ¡Y no tiene vuelta! Si, por casualidad, conversa usted con un "¡Jettatore!", al ratito no más le sucede una desgracia. ¿Recuerda usted cuando la sirvienta se rompió una pierna, bajando la escalera del fondo? ¿Sabe usted por qué fue? ¡Acababa de servir un vaso de agua a don Lucas!

Doña Camila. - ¡Vaya, tú te has propuesto divertirte conmigo! ¿Cómo vas a hacerme creer en una barbaridad semejante?

Carlos. - ¿Barbaridad? ¡Cómo se conoce que usted no sospecha siquiera hasta dónde llega el poder de esos hombres!... Vea... ahí andaba en las cajas de fósforos el retrato de un italiano que dicen que es "¡Jettatore!"... Pues a todo el que se metía una caja en el bolsillo.... ¡con seguridad lo atropellaba un tranvía o se lo llevaba un coche por delante! ¡Y eso que no era más que el retrato! ¡Figúrese usted lo que será cuando se trate del individuo en persona!

Doña Camila. - ¡Estás loco, loco de atar!

Carlos. - ¡Pero si todo el mundo lo sabe! ¿O usted cree que es una novedad? Pregúnteselo a quien quiera. Y le advierto que por el estilo los tiene usted a montones... Hay otro, un maestro de música, ¡que es una cosa bárbara! ¡Ese... con sólo mirar una vez, es capaz de cortar el dulce de leche! ¡Había de ver cómo le dispara la gente! Los que lo conocen, desde lejos no más ya empiezan a cuerpearle, y si lo encuentran de golpe y no tienen otra salida, se bajan de la vereda como si pasara el presidente de la República... Vea... este mismo don Lucas (cuernos) sin ir más lejos...

Doña Camila. - ¿Por qué haces así con los dedos? ¿Qué nueva ridiculez es ésa?

Carlos. - Cuando se habla de "¡Jettatore!s", tía, hay que hacer así. Es la forma de contrarrestar el mal, de impedir que la "jettatura" prenda. Eso, tocar fierro y decir "cus cus", es lo único eficaz inventado hasta el presente...

Doña Camila. - ¡Basta de majaderías! ¡Ya es demasiado!

Carlos. - Bueno, tía, yo no le digo más... Ya verá cómo con el tiempo se convence. Mientras tanto vaya observando... Esos dolores de cabeza que siente usted a cada rato, ¿a qué cree que se deben? ¡A las visitas de don Lucas, pues! Viene, la mira, y, ¡zás! ¡dolor de cabeza a la fija! (Doña Camila se ríe.) ¡No se ría! ¿No ha notado que el dolor se le produce siempre después de haber hablado con él? ¡Fíjese y verá!

Doña Camila. - Lo que yo puedo decirte es que nunca me convencerás de que por puro gusto va a causar daño don Lucas, ¡tan bueno como es él!...

Carlos. - ¡Si es así, precisamente, donde está su confusión! Si no es por gusto que hacen daño los "¡Jettatore!s"... Y la mayor parte de las veces, ni siquiera se dan cuenta de lo que son; lo hacen porque sí, porque para eso nacieron y no lo pueden remediar... Un escritor francés cuenta la historia de uno muy famoso que tuvo que arrancarse los ojos porque estaba matando a la novia a fuerza de mirarla. ¡Qué quiere, tía! Son desgracias que manda Dios, y contra lo que Dios manda nada se puede hacer...

Doña Camila. - ¡No seas borrico! Es una herejía lo que estás diciendo, ¡y Dios te puede castigar!

Carlos. - ¡pero si es más conocido que la ruda! Y lo único que hay aquí de extraño es que todavía no nos haya alacanzado a todos la influencia dañina de ese hombre...

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