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Biografía

Grazia DeleddaGrazia Deledda (Nuoro, Cerdeña, 27 de septiembre de 1871 - Roma, 15 de agosto de 1936) nació en el seno de una familia eminentemente burguesa, se educó y creció sin estrecheces económicas, dando muestras de temprana inclinación por las letras. Sobresalía entre sus compañeras de escuela por la madurez, ahínco y una excepcional vocación de escritora.

Quienes la trataron en las aulas de la enseñanza elemental fueron los primeros en alentarla a seguir por la senda de la creación literaria. Hizo algunos cuentos y narraciones y los envió a los diarios. Aún no tenía quince años, pero razonaba con ejemplar lucidez y manejaba con soltura un lenguaje poco común entre las jovencitas de su edad. Algunas de estas primeras colaboraciones fueron publicadas en periódicos locales, animándola a intentar otros temas más elevados. Se hallaba en plena adolescencia cuando terminó su primera novela Flor de Cerdeña, que causó revuelo y críticas, pues los sardos eran muy conservadores y no concebían que una mujer pudiese dedicarse la literatura. Grazia hizo muy poco caso de las habladurías de la gente.

El año 1900 le fue doblemente significativo: contrajo matrimonio y publicó su mejor libro: Elías Portolu, escrito con despliegue de galas literarias y con un hondo sentido de la observación. A partir de esa fecha, su vida cambió. Atrás, en medio de los paisajes que le eran familiares, quedó su adolescencia un tanto circunspecta, su ansia juvenil tantas veces refugiada en la meditación precoz y en el estudio. A partir de entonces, el casamiento la llevó por caminos más amplios; se instaló en Roma, fundó un hogar sólido y siguió trabajando para las letras. Inesperadamente, en Turín, la fama le salió al paso con ese Elías Portolu, tan bello, tan poético, tan sencillo y a la vez tan universal. Su libro fue traducido a todos los idiomas europeos y ella quedó situada en un primerísimo plano dentro de las intelectuales italianas.

A partir de la publicación de Elías Portolu, su fama creció con rapidez, su nombre se hizo conocido en toda Europa y las columnas de todos los diarios y revistas de la península quedaron a su disposición. Muchos países se honraron con su visita y le ofrecieron destacadas tribunas para sus conferencias sobre temas literarios y sociales. Con fervor narrativo, con cierta melancólica manera de nombrar los rincones sardos tan caros a su corazón, siguió escribiendo, prolífica y ufana de su obra, hasta 1930, año en que apareció La casa del poeta, su última novela.

Más de treinta novelas de considerable extensión y algo más de un centenar de novelas breves forman su mensaje. Por él mereció ser distinguida con el premio Nobel, en 1926, diez años antes de su muerte.


Obras

A sus trabajos de la primera hora: Flor de Cerdeña, Cuentos sardos y Almas honestas, cautivadores por la simpleza de sus notas, siguieron otros como Tesoro, Tentación, Después del diluvio, Naufragio en el puerto, en los cuales se liberó del poderoso influjo del terruño para abarcar más amplios horizontes en el mundo del alma humana. Producto de estos afanes íntimos fueron La madre (obra que también la consagró), Los juegos de la vida, Sigilo de amor, Incendio en el olivar.

Otras obras: El viejo de la montaña, Cenizas, La hiedra, Cañas al viento, Marianna Sirca, La huida a Egipto.


Estilo

La lejanía de su rincón sardo y los recuerdos de su juventud, de los tiempos en que sus compatriotas la miraban con cierta desconfianza debido a sus inclinaciones por la literatura, dieron a la pluma de Grazia Deledda un tono nostálgico, lleno de apacibles reminiscencias, de fugaces chisporroteos de pasión y de tragedia.

Su estilo es poético, principalmente cuando se refiere a los paisajes de Cerdeña. Muchos críticos la alabaron sin reservas y de ella escribió P. Monti: "Esta escritora describe las costumbres de su isla en novelas-cuentos con admirable gracia, sencillez y naturalidad. Es muy joven y nuestra literatura puede esperar mucho de su hermoso talento, al que acompañan un corazón noble y una equilibrada actividad".

Grazia Deledda no fue, simplemente, una elegida de las musas; su vasta ilustración le permitió ofrecer a los lectores más exigentes una obra bien pulida, primorosa en su forma, aguda y profunda en su contenido, osada en su dialéctica y segura en el tratamiento de las costumbres rurales.


Textos

El gato

La viuda Murru tenía un hermoso gato manso y dos hijos pendencieros, y entre los tres repartía por igual su cariño. Los dos hombres, ya maduros, pequeños, de color subido y ligeramente patizambos no paraban un punto, iban y venían, litigaban entre sí y eran el terror no sólo de sus vecinos, sino de toda la comarca. Las mujeres les huían y ellos detestaban a las mujeres. A veces volvían a casa con las alforjas bien repletas de carne o de queso, y la madre descargaba lo que fuese sin preguntarles jamás de donde procedía. El gato seguía o precedía a la vieja, restregándose el lomo contra la raída pollera, y ella hablaba al gato como no se atrevería a hacerlo a los hijos.

-Mussita mía, Dios está allí arriba y juzga bien porque desde arriba lo ve bien todo. ¿Si un pobre tiene hambre, ha de morir? ¿por qué ha de morir? ¿no es ofender a Dios morirse de hambre cuando hay tanto qué comer en el mundo? ¿si el poderoso oprime al débil, y si los hombres no hacen justicia, y sí, entonces, el débil se la hace por su propia mano, no es señal de que así Dios lo quiere? Ya lo dijo el emperador Constantino, y el emperador Constantino, Mussita mía, era un hombre que sabía muchísimo más que nuestro vecino, ese ricacho estúpido de Predu Tarranca.

Un buen día el gato desapareció. Llorólo la vieja como a un cristiano, juró venganza y esperó, resignada y hosca. Pasó un año y, un día, hacia la Navidad, el hijo mayor, al que llamaban todos Murrone, para distinguirlo de Murritu, el hijo menor, hallábase tomando el sol apoyado contra la pared del corralillo, cuando acertó a pasar el propietario Predu Tarranca.

-Predu Tarranca -dijo Murrone con su áspera voz de hombre salvaje-: dame un poco de tabaco para mí pipa, que está apagada como tu conciencia.

El propietario sacó su bolsa de tabaco con el mismo gesto huraño con que sacaba la bolsa del dinero. Murrone palpó la linda bolsa de color oscuro, de fina piel, y dijo con una sonrisa maligna:

-Cualquiera diría que es la piel del gato de mi madre, ¿no te parece?

El propietario, por toda respuesta, dejó ver una sonrisa socarrona. Aquella sonrisa fue su condena.

Murrone tomó el tabaco, pero no encendió su pipa y penetró en la casa.

-Madre, la bolsa de tabaco de Predu Tarranca está hecha con la piel de nuestro gato.

-Y tú, si eres hombre, arráncale a Predu Tarranca la suya -respondió la vieja, que se estaba prendiendo el velo para ir a la iglesia.

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