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Biografía

Gaspar Núñez de ArceEn la noche del 5 de enero de 1894, todo Madrid supo que en el Hotel Inglés, los más caracterizados literatos de España y de América rendían homenaje al venerado maestro don Gaspar Núñez de Arce (Valladolid, 4 de agosto de 1834 – Madrid, 9 de junio de 1903), vallisoletano como Zorrilla, hijo adoptivo de Toledo, cronista de la brillante campaña de Marruecos, político liberal, miembro de número de la Real Academia Española de la Lengua, otrora gobernador civil de Barcelona, diputado a Cortes y ministro de Ultramar en el partido progresista de Sagasta.

Allí estaban las glorias de las letras, a quienes empezaban a rodear los hálitos legendarios de la fama: José Echegaray y Benito Pérez Galdós compartían los honores del ágape con el americano Zorrilla de San Martín, con Melchor Palau, Ferrari, Pérez Zúñiga y Fernández Shaw. Los periódicos de las más opuestas ideas habían enviado sus representantes; el Ayuntamiento de Valladolid, por intermedio de sus concejales, portaba la rama de laurel y el mensaje apologético, destinado al hijo dilecto.

Se recitaron poesías, se leyó un fragmento del poema inédito Luzbel, compuesto por don Gaspar y, en medio de aplausos, el anciano poeta asistió a la coronación de su obra y de su lucha.

Al siguiente día, más de ochocientas personas agrupadas en numerosas comisiones nacionales y extranjeras, concurrieron a la casa de Núñez de Arce en Madrid, portadoras de magníficas coronas que depositaron, juntamente con un álbum de autógrafos en prosa y en verso, en manos del poeta.

Núñez de Arce suplió lo menudo de su físico y lo precario de su salud con la grandeza y robustez del espíritu; su verbo esplendoroso y su ingenio lúcido supieron superar lo limitado de su físico.

Apenas contaba quince años, cuando dio al teatro un drama en tres actos y en verso, que el público toledano recibió con cariño y entusiasmo. Era, sin lugar a dudas, un talento precoz. Tantas fueron las pruebas de su temprano ingenio, que antes de salir de la niñez fue declarado, por acuerdo del Ayuntamiento, hijo adoptivo de Toledo, ciudad en la que transcurrieron sus primeros estudios.

Terminados sus estudios en Toledo, se opuso a ingresar en el seminario diocesano como quería su padre y marchó a Madrid en 1851, con esperanza de hacer carrera en las letras y en la política. Varios importantes periódicos ofrecieron sus columnas; entró en la redacción de El Observador, un periódico liberal.

Reñidas polémicas, siempre sostenidas en el tono respetuoso del debate erudito, lo pusieron a tono con el clima político de su país y, aunque adicto a las doctrinas avanzadas de su tiempo, respetó el pensar ajeno, defendió el propio con pasión y mereció el aplauso unánime de los contemporáneos. Amigos y enemigos le rindieron su admiración y la posteridad recogió el legado de su obra literaria.


Obras

En sus dramas debe señalarse dos grupos: los que escribió en colaboración con su amigo, el poeta extremeño don Antonio Hurtado (El laurel de la Zubia, Herir en la sombra, La jota aragonesa), y los que le pertenecen por completo (Deudas de la honra, Quien debe, paga, Justicia providencial y El haz de leña).

El poema de Raimundo Lulio señala el apogeo de su gloria. Con sus tercetos introdujo en España el terceto dantesco, del que sólo algún ejemplo había dado el mexicano Pesado, con su Jerusalén. El pensamiento simbólico (la razón y la ciencia) planteado en el poema no tiene nada de artificioso ni de forzado y la pasión que allí se desencadena es ardiente, terrible, humana.

De las obras de realismo urbano y moralizador (a modo de las de Ayala) la más notable es El haz de leña (1872) cuyo asunto se refiere a la pasión y muerte del príncipe don Carlos, hijo de Felipe II. Don Gaspar se apartó de las aclaraciones históricas de Gachard, desechó el camino que siguieron Schiller, Alfieri y Quintana y al tratar del rey y de su hijo lo hizo conforme con la verdad, estudiando minuciosamente las situaciones y planteandolas con versos robustos, a lo largo de una acción admirable por su sencillez.

Con setenta y seis octavas completó su poema La última lamentación de Lord Byron (1879), lamento que en mucho se asemeja a una meditación, acerca de los desengaños del romántico inglés, de su escepticismo, su tedio y su tristeza, desencadenada entre las glorias de la Grecia que combatía a la sazón contra los turcos para reconquistar su independencia. Octavas armoniosas se destinan, no sólo para la lectura privada, sino también para la recitación pública acerca de lo más externo del carácter de Byron, muy prendado de la independencia helénica.

En La selva oscura (1879), Núñez de Arce imitó la Divina Comedia valiéndose -tal como solía hacerlo con frecuencia- del simbolismo: Beatriz, ideal de la virtud y premio de ella, representa la esperanza para el infeliz y la luz para el descarriado. Eficaz poesía didáctica, con ciertos rasgos descriptivos, da forma a El vértigo (1879), leyenda en décimas que nos presenta al desalmado don Juan de Tabares, que goza con sus rencores y persigue a su hermano don Luis, hombre excelente.

La visión de Fray Martín (1888) sobre las cavilaciones del reformador Lutero; la Elegía a la memoria de Alejandro Herculano, en tercetos; Maruja (1886), plácida exaltación del amor, y La pesca (1884), cuento de costumbres marineras, completan la obra en verso de este vigoroso observador que llegó muchas veces a la cumbre de la grandilocuencia, gracias a sus señaladas condiciones descriptivas, a lo cincelado y sobrio de la expresión, a la rarísima habilidad con que manejó el verso suelto.


Estilo

Resulta imposible encasillar en un determinado género la vasta producción de Núñez de Arce, porque a la vez fue lírico, épico y dramático; también su espíritu fluctuó entre el romanticismo y el clasicismo, como respondiendo a la variación que lo llevó a ser por momentos simbólico, por momentos realista; tan pronto maestro como artista puro, la línea de su producción se caracteriza por el dominio de la forma cuya pureza insuperable lo convierte en orfebre de versos, manejados con maestría, pulidos con espontánea gracia. Versos tales, estrofas tan esculturales y armoniosas, vivacidad tan elocuente, son índice de una perfección formal raras veces alcanzada por los poetas de su generación.

Puso esta musa al servicio de la primacía de los valores espirituales, afirmando con entereza los derechos de la conciencia y la responsabilidad del ser humano cuya verdad, aunque exteriormente parezca prosaica, es más poética que toda ficción para quienes saben leer la poesía que hay en el fondo de lo que aparece como algo rutinario e insignificante en el devenir de la vida humana.

Definió la poesía como "Arte maestra por excelencia, puesto que contiene en sí misma todas las demás, cuenta para lograr sus fines con medios excepcionales: esculpe con la palabra como la escultura en la piedra; anima sus concepciones con el color, como la pintura, y se sirve del ritmo, como la música"

Lo llamaron con toda razón "poeta de la duda", en mérito al escepticismo que asoma en todos sus cuadros, no como un mero recurso efectista, sino como una expansión naturalmente sincera, dictada las más de las veces por su rebeldía de creyente ante los excesos, las perversiones morales y políticas de su tiempo, y ante las claudicaciones vergonzosas que presenció.

Muchas de sus composiciones asombran por la variedad de tonos y despidiéndose de la tiesura y énfasis de la escuela de Quintana y adoptando una manera más apacible y serena, menos aristocrática y más realista, siguen con maestría la ley de la versificación, de sus cortes, de sus pausas, del rodar de sílabas, de la acentuación y los diptongos.

Cierto es que el estilo poético de Núñez de Arce adolece por momentos de falta de precisión, no rehúye las perífrasis hechas y amengua sus fuerzas cayendo en prosaico, sobre todo cuando no lo sujetan las estrofas regulares, aquellas que inventó o o hizo suyas por derecho de genio. No menos cierto, para honra y prez de su producción y para calificar justicieramente su obra, es que ésta logró aproximarse a la belleza de los grandes clásicos castellanos.


Textos

Ante una pirámide de Egipto

Quiso imponer al mundo su memoria
un rey, en su soberbia desmedida,
y por miles de esclavos construida
erigió esta pirámide mortuoria.

¡Sueño estéril y vano! Ya la historia
no recuerda su nombre ni su vida,
que el tiempo ciego en su veloz corrida
dejó la tumba y se llevó la gloria.

El polvo que en el hueco de su mano
contempla absorto el caminante ¿ha sido
parte de un siervo o parte del tirano?

¡Ah! todo va revuelto y confundido,
que guarda Dios para el orgullo humano
sólo una eternidad: la del olvido.

La luz y las tinieblas

La fiera, la titánica batalla
dura y persiste aún:
es el combate entre la ciega sombra
y la fecunda luz.

¡Ni un instante de tregua y de reposo!
en la tierra, en el mar,
en el espacio, en la conciencia humana
siempre lidiando están.

Al través de los siglos que se empujan
con sorda confusión,
ruedan mezclados la verdad, el día,
la noche y el error.

¿Quién vencerá por fin? ¿La negra sombra?
¿La excelsa claridad?...
¡Ay, no lo preguntéis! La horrenda lucha
nunca terminará.

Cuando la creación rota y deshecha
vuelva al caos otra vez;
cuando desierta, impenetrable y muda
la inmensidad esté;

en el seno del tiempo, en el espacio
sin mundos y sin sol,
seguirá eterno el duelo formidable
entre Satán y Dios.

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