Índice alfabético > C > Evaristo Carriego

Biografía

Evaristo CarriegoTodavía no se habían apagado los ruidos de las últimas armas que defendían a los caudillos, cuando Evaristo Carriego (Paraná, 7 de mayo de 1883 - Buenos Aires, 13 de octubre de 1912) llegó a Buenos Aires, procedente de Paraná.

Tenía, apenas, cuatro años. Su familia, entrerriana -descendientes del sevillano Hernán Mejía de Mirabal (El Bravo), uno de los fundadores de la ciudad El Barco, hoy llamada Santiago del Estero- estaba unida a las viejas tradiciones de la provincia de Urquiza. Sin embargo, el pequeño iba a ser, con el tiempo, uno de los mejores intérpretes del suburbio porteño, tan celoso de sus secretos espirituales.

Adolescente, quiso ingresar en la Escuela Militar. Fracasó, según algunas versiones, a causa de ser corto de vista.

Propenso al ensueño, se entregó entonces a la corriente de su fantasía, entre la opacidad del suburbio y el brillo de las residencias emplazadas en el bosque.

Comienza el siglo XX. En una atmósfera un tanto alucinada se multiplican las tertulias literarias cuyo centro neurálgico es el viejo café Los Inmortales.

Poetas, músicos, pintores forman el público bullicioso, bajo un cielo de humo en el que caracolean nubecillas alentadas por empedernidos fumadores; las paredes, cubiertas de fotografías, resultan un archivo de antiguas glorias; ante las mesas, en un rincón, se yergue la cabeza de Charles de Soussens, símbolo crepuscular que subsiste a cualquiera de los "raros" monografíados por Rubén Darío.

Frente a esa extraña fisonomía que va siendo destruida por el alcohol, un joven delgado y taciturno empieza a preparar su mensaje. Evaristo Carriego encarna al nuevo siglo, en contraste con los protagonistas de un tiempo que envejece…

No pudo ocultar a jamás su linaje romántico, frente a las miserias del mundo. Residió un tiempo en La Plata, antes de quedarse para siempre en su vieja casa del barrio de Palermo, desde la cual lanzó su mirada sobre el escenario gris de los arrabales, cuya voz hizo suya.

Su vida fue breve: muere el poeta, a los 29 años, el 13 de octubre de 1912, tísico.


Obras

El barrio -sus dilemas, sus convulsiones, sus miserias- quedó identificado con la armoniosa unidad de su poesía y con una serie de cuentos, en los que está pintada la vida de los pobres. Publicados en caras y caretas, luego fueron reunidos en un tomo que se editó en 1927 con el título de Flor de arrabal.

Un solo libro suyo apareció en vida: Misas herejes (1908). El resto de su obra se difundió después de su muerte, en un tomo titulado Poemas póstumos.

Escribió también en periódicos, pero muchas de sus páginas aún permanecen dispersas.

Poemas como Las manos, El alma del suburbio, La viejecita, Residuo de fábrica, Los perros del barrio y como los que se agrupan bajo el título de Íntimas, obtuvieron gran resonancia.

Dejó una obra de teatro: Los que pasan, estrenada en el Teatro Nacional el 16 de noviembre de 1912.


Estilo

El mensaje de Carriego tuvo que darse en un instante sumamente difícil, dados los factores propios de las ideas que revolucionaban a las mentes, partiendo del desorden social producido a lo largo del siglo XIX y el ímpetu progresista que lo seguía.

Su espíritu -notablemente sensible, sensitivo, sentimental-debió resistirse y asombrarse con aquella ola racionalista que golpeaba los diques de lo tradicional. Por si esto no fuera suficiente, Carriego tenía que alzar su voz en el preciso instante en que el modernismo 'rubendariano' ejercía un poder del que no se libraron ni Leopoldo Lugones ni Julio Herrera y Reissig, corifeos del movimiento estético originado en ambas márgenes del Plata, después de 1900.

Pudo superar aquellos límites terribles para su espíritu, gracias a que era un notable instintivo. Al principio se dejó ganar, como tantos otros, por esa voz que, nacida en América, repercutía profundamente en España. Muy pronto, sin embargo, buscó en sí los elementos que habrían de servirle para dar la nota original.

Se sumergió en el suburbio. Allí vislumbró un paisaje interior lleno de perennidad; observó sin espantarse las llagas abiertas de los conventillos; estudio una a una las pasiones de los humildes; se identificó con el tema eterno de los protagonistas del pueblo; bien los pequeños acontecimientos, intrascendentes, oscuros como el corazón donde se producían, el venero lírico inexplotado, solemne, capaz de alumbrar con luz propia a una clase social hasta entonces olvidada por las letras rioplatenses. Desde ese momento, quiso hablar en nombre de los desheredados; quiso captarlos en su origen, descubrirlos en el carácter hermético del borracho o de la muchacha del barrio, de la viejecita de la angustia anónima, del organillero, de la huérfana desvalida.

Se apartó de toda grandilocuencia y le habló al pueblo de su drama cotidiano, historiando con la trama de sus poemas aquellas vidas hacia las que nadie había mirado de un modo tan inquisitivo.

Fue, así, el poeta-misionero de los pobres. Gracias a su sensibilidad pudo oír lo que a otros estuvo becado: la queja de la costurerita que dio el mal paso, el ladrido de los perros vagabundos, la imprecación del borracho, el suspiro de la novia enferma. Su poesía penetró en ese secreto que, misteriosamente, inclina al pueblo por ciertos y determinados poetas.


Textos

En el patio

Me gusta verte así, bajo la parra,
resguardada del sol del mediodía,
risueñamente audaz, gentil, bizarra,
como una evocación de Andalucía.

Con olor a salud en tu belleza,
que envuelves en exóticos vestidos,
roja de clavelones la cabeza
y leyendo novelas de bandidos.

-¡Un carmen andaluz, donde florecen,
en los viejos rincones solitarios,
los rosales que ocultan y ensombrecen
la jaula y el calor de tus canarios!-

¡Cuántas veces no creo al acercarme,
todo como en un patio de Sevilla,
que tus más frescas flores vas a darme,
y a ofrecerme después miel con vainilla!

O me doy a pensar que he saboreado,
mientras se oye una alegre castañuela,
un rico arroz con leche, polvoreado
de una cálida gloria de canela.

¡Cómo me gusta verte así, graciosa,
llena de inquietos, caprichosos mimos,
rodeada de macetas, y, golosa,
desgranando pletóricos racimos!

Y mojarse tus manos delincuentes,
al reventar las uvas arrancadas,
como en sangre de vidas inocentes
a tu voracidad sacrificadas!...

Y ver vagar, cruelmente seductora,
en esos labios finos y burlones,
tu sonrisa de Esfinge, turbadora
de mis calladas interrogaciones.

Y desear para mí, las exquisitas
torturas de tus dedos sonrosados,
que oprimen las doradas cabecitas
de los dulces racimos degollados!

El alma del suburbio

El gringo musicante ya desafina
en la suave habanera provocadora,
cuando se anuncia a voces, desde la esquina
"el boletín -famoso- de última hora".

Entre la algarabía del conventillo,
esquivando empujones pasa ligero,
pues trae noticias, uno que otro chiquillo
divulgando las nuevas del pregonero.

En medio de la rueda de los marchantes,
el heraldo gangoso vende sus hojas...
donde sangran los sueltos espeluznantes
de las acostumbradas crónicas rojas.

Las comadres del barrio, juntas, comentan
y hacen filosofía sobre el destino...
mientras los testarudos hombres intentan
defender al amante que fue asesino.

La cantina desborda de parroquianos,
y como las trucadas van empezarse,
la mugrienta baraja cruje en las manos
que dejaron las copas que han de jugarse.

Contestando las muchas insinuaciones
de los del grupo, el héroe del homicidio
de que fueron culpables las elecciones,
narra sus aventuras en el presidio.

En la calle, la buena gente derrocha
sus guarangos decires más lisonjeros,
porque al compás de un tango, que es "La Morocha"
lucen ágiles cortes dos orilleros.

La tísica de enfrente, que salió al ruido,
tiene toda la dulce melancolía
de aquel verso olvidado, pero querido,
que un payador galante le cantó un día.

La mujer del obrero, sucia y cansada,
remendando la ropa de su muchacho,
piensa, como otras veces, desconsolada,
que tal vez el marido vendrá borracho.

...Suenan las diez. No se oye ni un solo grito;
se apagaron las velas en las bohardillas,
y el barrio entero duerme como un bendito
sin negras opresiones de pesadillas.

Devuelven las oscuras calles desiertas
el taconeo tardo de las paseantes;
y dan la sinfonía de las alertas
en su ronda obligada los vigilantes.

Bohemios de rebeldes crías sarnosas,
ladran algunos perros sus serenatas,
que escuchan, tranquilas y desdeñosas,
desde su inaccesible balcón las gatas.

Soñoliento, con cara de taciturno
cruzando lentamente los arrabales,
allí va el gringo... ¡pobre Chopin nocturno
de las costureritas sentimentales!

¡Allá va el gringo! ¡Como bestia paciente
que uncida a un viejo carro de la Harmonía
arrastrase en silencio, pesadamente,
el alma del suburbio, ruda y sombría!

Búsqueda personalizada