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Biografía

Serafín Estébanez CalderónSerafín Estébanez Calderón (Málaga, 27 de diciembre de 1799 - Madrid, 15 de febrero de 1867) cursó sus estudios primarios en su ciudad natal, Málaga. Su afán de saber era insaciable; desde niño, encerrado en las bibliotecas, aprendió a escalar con paciencia los secretos del conocimiento. Dejó su ciudad natal, a fin de ampliar su cultura. Marchó a Granada y se aficionó a estudios arábigos, jurídicos y literarios, al mismo tiempo que se hacía bibliófilo de nota. En plena juventud se aficionó a la pintura, aunque no era ésta su vocación predilecta. Observando, trazando bosquejos mentales de las situaciones que presenciaba a diario, añadiendo a estos cierta pizca de buen humor y algunos ingredientes sacados del habla regional, descubrió que tenía verdadera afición por los escritos costumbristas. Era ésta otra manera de pintar. Su pincel trazo cuadros magistrales.

Se poseen muchos datos sobre su vida gracias a la biografía realizada por su sobrino, el ilustre periodista y político Antonio Cánovas del Castillo, con el título El Solitario y su tiempo. Biografía de D. Serafín Estebanez Calderón (Madrid, 1883, 2 vols.), biografía revisada y ampliada en 1955 por Jorge Campos con el título Vida y obra de D. Serafín Estébanez Calderón.


Obras

Escribió la novela histórica Cristianos y moriscos (1838) y unos admirables bocetos de la gente humilde de Andalucía: Escenas andaluzas (1847).

Pocas obras de esta clase hay tan castizas como ésta última, en la que aparecen en su auténtico ambiente los bailes del bolero, el olé, el jaleo de Jerez, la tirana, y otros por el estilo.

También escribió una Historia de la infantería española.


Estilo

Las novelas de costumbres, que comienzan en España con los escritos de Zabaleta, Francisco Santos, Liñán y Verdugo, reaparecen en el siglo XIX. Serafín Estébanez Calderón, más conocido por el seudónimo El Solitario, descolló como autor de esta clase de obras, que participaban de la descripción y de la crítica, deleitando con su fresco humorismo al lector, que se consideraba un poco el personaje central, fotografíado o caricaturizado en las posturas de todos los días.

Los cuadros de costumbres, vivaces, de gracejo popular, sustanciosamente dialogados, con abundancia de giros dialectales, fueron su género predilecto, en el que rayó a gran altura. El lenguaje de Estébanez tiende a lo arcaico, y muchas veces está afectación tiene más de atractiva que de pedantesca: se inspiró muy acertadamente en la lengua del pueblo. Su estilo de escritor es trabajadísimo, con vocabulario muy castizo, con preocupación por la pureza del idioma, que tuvo trascendencia en el habla popular.


Textos

Escenas andaluzas: Pulpete y Balbeja

Por el ámbito de la plazuela de Santa Ana, enderezándose a cierta ermita de lo caro, caminaban en paso mesurado dos hombres que en su traza bien manifestaban el suelo que les dio el ser. El que medía el andito de la calle, más alto que el otro, como medio jeme, calaba al desgaire ancho chambergo ecijano con jerbilla de abalorios, prendida en listón tan negro como sus pecados; la capa la llevaba recogida bajo el siniestro brazo; el derecho, campeando por cima de un embozo turquí, mostraba la zamarra de merinos nonatos con charnelas de argentería. El zapato vaquerizo, las botas blancas de botonería turquesa, el calzón pardomonte, despuntando en rojo por bajo la capa y pasando la rodilla, y sobre todo la traza membruda y de jayán, el pelo encrespado y negro, y el ojo de ascua ardiente, pregonaba a tiro de ballesta que todo aquel conjunto era de los que rematan un caballo con las rodillas, y rinden un toro con la pica. En dimes y diretes iba con el compañero, que era más menguado que pródigo de persona, pero suelto y desembarazado a maravilla. Este tal calzaba zapato escarpín, los cenojiles sujetaban la media a un calzón pana azul, el justillo era caña, el ceñidor escarolado y en la chaqueta carmelita los hombrillos airosos, con sendos golpes de botones en las mangas. El capote abierto, el sombrero derribado a la oreja, pisando corto y pulidamente, y manifestando en todos sus miembros y movimientos ligereza y elasticidad a toda prueba, daba a entender abiertamente que en campo raso y con un retal carmesí en la mano, bien se burlaría del más rabioso jarameño o del mejor encornado de Utrera.

Escenas andaluzas: La rifa andaluza

Representaos, lindas suscriptoras, en vuestra viva imaginación un paisaje tal, cual mi rústico pincel lo delinee, pues, antes de pensar en la farsa, bueno será prevenir escena donde ponerla en tablas. Al frente, digo, que os figuréis una ermita limpia y enteramente pintoresca, cual se encuentran a cada paso en aquel país de la poesía. Unos cuantos árboles den frescura al llano que sirve de ante-atrio, y por los troncos suban sendas y pomposas parras, que, tejiéndose por el dosel de mimbre y caña que cubre todo aquel espacio, formen un sombrío bastante para amansar los rayos del sol y debilitar su luz activa y que deslumbra. Un cauce sonante de agua corra por la espalda, moviendo estruendosamente uno o dos molinos, cuyo rumor grave y no interrumpido sirva de bajo musical al contrapunto agudo de las golondrinas que entren y salgan rápidamente por las claraboyas de la ermita, casi tocando con sus alas negras y pecho bermejo las cabezas de los que afuera preparan la fiesta. Para ella fórmese un cerco con los escabeles y escaños de la cofradía, intercalados por distintos sitiales de respeto que han de ocupar el mayordomo, los mejores y más diestros tañedores de la vihuela, y la reina, que se aclamó la rifa pasada.

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