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Biografía

Esteban EcheverríaEn 1851, varios argentinos desterrados en Montevideo condujeron hasta una humilde tumba -hoy extraviada- el féretro del romántico proscrito Esteban Echeverría (Buenos Aires, Argentina, 2 de septiembre de 1805 - Montevideo, Uruguay, 19 de enero de 1851), trovador de la libertad, bohemio, polemista y liberal apasionado. Escasos meses faltaban para la estrepitosa caída de Rosas. Diez años antes, el infatigable luchador, que ahora lloraban unos pocos amigos, encabezados por José Mármol, había gemido por su patria encadenada: "¡Lloremos, hermanos; la patria no existe!"

Finalizada la ceremonia fúnebre, la reducida comitiva se dispersó en silencio. El poeta idealista, el teórico del Dogma, el lírico gestor de La cautiva, se reencontraba, finalmente, con la soledad...

No cabe duda de que fue la soledad, precisamente, su compañera de toda la vida. Bueno... Fuerza es confesar que hubo una etapa de alegría, de esperanzas, de amenas tertulias. Eso ocurrió en París, durante cuatro años. Echeverría estudió hasta 1823 en el Colegio de Ciencias Morales, luego se empleó en un comercio y, en 1825, partió para la Ciudad Luz. Allí frecuentó la amistad de poetas, filósofos y escritores; aprender francés a la perfección, estudió matemáticas, química, historia, política y filosofía. Él mismo calificó sus desbordes juveniles como los de "un caballo desbocado", aludiendo a las parrandas, a las serenatas, a los fáciles amoríos.

De regreso a su país, se enfrentó con un cuadro desolador: Rivadavia había caído; Dorrego había sido fusilado; Lavalle, vencido por Rosas, dejaba sin sostén las más caras aspiraciones de la juventud liberal. Echeverría no abandonó la lucha. A falta de espada, tomó la pluma y con ella apostrofó la tiranía. Complicado en la fracasada revolución del Sur, se vio forzado a fugar a la otra banda. Allí murió, pobre, solitario y orgulloso de su tremenda nostalgia.


Obras

Elvira o la novia del Plata (1832)

Don Juan (1833)

Carlos

Mangora

La Pola o el amor y el patriotismo

Himno del dolor (1834)

Los consuelos (1834)

Al corazón (1835)

Rimas (1837, en GB)

La cautiva

El matadero (entre 1838 y 1840)

Canciones

Peregrinaje de Gualpo

El Dogma Socialista

Cartas a un amigo

El ángel caído

Ilusiones

La guitarra

Avellaneda

Mefistófeles

Apología del matambre (1837)

La noche

La diamela

(Wikipedia)


Estilo

En sus versos inauguran la poesía de la pampa que inician una verdadera revolución poética.

"El desierto es nuestro, es nuestro más pingüe patrimonio, y debemos poner conato en sacar de su seno, no sólo riqueza para nuestro engrandecimiento y bienestar, sino también poesía para nuestro deleite moral y fomento de nuestra literatura nacional" -dijo Echeverría, enamorado de la llanura a la cual descubría pacientemente, palmo a palmo, con penetrante agudeza. Hasta entonces, nadie había pensado en esto. A partir de ese momento, el paisaje y la naturaleza americanos quedaban incorporados a la literatura universal.

El argumento de La cautiva podrá parecernos trivial; su forma, sin duda, aparecerá frecuentemente desmayada; aquí y allá surgirán imperfecciones, hijas del vuelo poético, de la natural espontaneidad, pero en todos los cantos estará presente la grandeza un tanto despeinada de la pampa. A través de los nueve cantos y del epílogo que forman la obra, aparece la llanura en su brutal magnificencia; el indio, la toldería, el festín, el malón, animan escenas muchas veces espeluznantes, estampas realistas de fuerte colorido.

Décimas y romances octosílabos hilvanan una confidencia lírica, cuya directa inspiración la constituye la naturaleza americana, enfocada desde un ángulo nuevo, con un criterio también novedoso.

María -la protagonista- es juguete sumiso del infiel, que arrasa los villorrios bonaerenses; la saña del bárbaro doblega su cuerpo, mas no vence su determinación: ella buscará a todo trance el camino de la libertad, erizado de obstáculos.

Brian la acompaña por el desierto, luego de abrirse paso en la obscuridad, entre indios abotargados por el alcohol, que corre a torrentes en el festín de los pampas.

La llanura inmensa los aguarda. Una llanura fabulosa, candente, abierta bajo el sol como la gigantesca palma de una mano nervuda.

En los pajonales cercados por el fuego, en los escondites más inverosímiles, rastreados por sus perseguidores, Brian y María acercan sus almas. No consiguen evadirse del destino y mueren, vencidos por la pampa.

Es ésta la primera obra de la literatura argentina donde la naturaleza y el indio se rebelan en toda su imponencia; es la interpretación de una fuerza telúrica superior al quehacer humano.


Textos

La cautiva

Se puso el sol; parecía
que el vasto horizonte ardía:
la silenciosa llanura
fue quedando más obscura,
más pardo el cielo, y en él,
con luz trémula brillaba
una que otra estrella, y luego
a los ojos se ocultaba,
como vacilante fuego
en soberbio chapitel.

El crepúsculo, entretanto,
con su claroscuro manto,
veló la tierra; una faja,
negra como una mortaja,
el occidente cubrió;
mientras la noche bajando
lenta venía, la calma,
que contempla suspirando
inquieta a veces el alma,
con el silencio reinó.

Entonces, como el ruido
que suele hacer el tronido
cuando retumba lejano,
se oyó en el tranquilo llano
sordo y confuso clamor;
se perdió... y luego violento,
como baladro espantoso
de turba inmensa, en el viento
se dilató sonoroso,
dando a los brutos pavor.

Bajo la planta sonante
del ágil potro arrogante
el duro suelo temblaba,
y envuelto en polvo cruzaba
como animado tropel,
velozmente cabalgando;
veíanse lanzas agudas,
cabezas, crines ondeando,
y como formas desnudas
de aspecto extraño y cruel.

¿Quién es? ¿Qué insensata turba
con su alarido perturba
las calladas soledades
de Dios, do las tempestades
sólo se oyen resonar?
¿Qué humana planta orgullosa
se atreve a hollar el desierto
cuando todo en él reposa?
¿Quién viene seguro puerto
en sus yermos a buscar?

¡Oíd! Ya se acerca el bando
de salvajes, atronando
todo el campo convecino;
¡mirad! como torbellino
hiende el espacio veloz.
El fiero ímpetu no enfrena
del bruto que arroja espuma;
vaga al viento su melena,
y con ligereza suma
pasa en ademán atroz.

¿Dónde va? ¿De dónde viene?
¿De qué su gozo proviene?
¿Por qué grita, corre, vuela,
clavando al bruto la espuela,
sin mirar alrededor?
¡Ved que las puntas ufanas
de sus lanzas, por despojos,
llevan cabezas humanas,
cuyos inflamados ojos
respiran aún furor!

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