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Biografía

Émile ZolaÉmile Zola (París, 2 de abril de 1840–29 de septiembre de 1902) estudió en el colegio de Aix-en-Provence, donde fue condiscípulo de Cézanne y becario en el liceo San Luis de París. Muy joven aún, la pobreza lo cercó, aunque no logró dominarlo. Trabajaba más de diez horas en la Aduana, por cincuenta francos al mes. No obstante, en sus momentos de ocio escribía poemas, aunque nunca fueron publicados.

En 1866 publicó su primer libro: Cuentos a Ninón, sometido a la influencia de Musset, su poeta predilecto. Tenía 26 años cuando decidió dedicarse por entero a la literatura.

El más grande escándalo rodeó su obra, porque siempre abordó temas realistas, los desórdenes orgánicos, los vicios corruptores de la sociedad, la vil explotación del hombre por el hombre; de este escándalo con el que pretendieron aniquilarlo, sacó fama, popularidad y nuevas fuerzas para proseguir su lucha. No decía nada que no hubiese experimentado: a fin de conocer la vida de los mineros bajó a lo profundo de los yacimientos y se expuso a las emanaciones del grisú; cuando se puso a escribir sobre medicina, estudió anatomía; para concluir la serie de 20 volúmenes de Los Rougon-Macquart (su obra monumental) reunió material durante tres años; no salió a luchar en favor del capitán Dreyfus sin antes estudiar los antecedentes del proceso.

Fue la de Zola una lucha cruenta, en la que menudearon los malentendidos: muchos lo combatieron, de buena o mala fe. Los ataques se hicieron frenéticos cuando su obra La taberna se puso a la venta, porque hasta ese momento ningún escritor había hecho una pintura tan vivida, tan descarnada, de la miseria humana. Pero con cada golpe, la popularidad de Zola crecía, se expandía. En su obra describió la abyección de los medios más pobres, envilecidos por los vicios del suburbio. Hasta aquellos que el trataba de defender se le echaron encima: las organizaciones obreras lo tildaron de inmoral y sus adversarios se sumaron a la campaña.

Murió asfixiado accidentalmente el 29 de setiembre de 1902. Anatole France, sintetizando la vida del gran literato que tuvo suspensa del hilo de su elocuencia y de su ingenio a toda una generación, terminó con estas palabras la oración fúnebre de Emile Zola: "Envidiémosle: ha honrado a su patria y al mundo entero con una obra inmensa. Envidiémosle, que su mente y su corazón le labraron el más grande de los destinos: fue un monumento de la conciencia humana".


Obras

Su obra monumental, Los Rougon-Macquart, es la historia natural y social de una familia bajo el Segundo Imperio. Los seis primeros tomos de este trabajo monumental aparecieron de 1871 a 1876: La fortuna de los Rougon, La Raka, El viento de París, La conquista de Plassans, La falta del Padre Mouret y Su excelencia Eugenio Rougon; en 1877 dio a la prensa La taberna, precedida por un escándalo, ya que, mientras aparecía en forma de folletín, los lectores obligaron a suspender la publicación. Otras obras: Germinal, La bestia humana, El doctor Pascal y Nana.



Estilo

Émile Zola está considerado como el padre y el mayor representante del Naturalismo. Creía obedecer exclusivamente a preocupaciones científicas, a fin de anexar a la novela la historia natural y la medicina; pretendía hallar el punto de coincidencia entre la novela y el rigor científico, que soñaba con aplicar a toda su obra. Para él, todo novelista está hecho de un observador y de un experimentador; el primero de los hechos tal como los ha observado, fijaba el punto de partida, establece el terreno sólido sobre el que marcharán los personajes y se desenvolverán los fenómenos; el experimentador aparece luego y aporta el experimento; vale decir que hace mover los personajes en una historia particular para mostrar en ella que la sucesión de los hechos será tal como lo exija el determinismo de los fenómenos.

Yo acuso fue una carta abierta al Presidente de la República Francesa publicada en el diario La Aurora, sobre el proceso del capitán Alfred Dreyfus, militar francés de origen judío acusado falsamente de espía.


Textos

Germinal

Por en medio del llano, en la oscuridad profundísima de una noche sin estrellas, un hombre completamente solo seguía a pie la carretera de Marchiennes a Montsou; un trayecto de diez kilómetros, a través de los campos de remolachas en que abundan aquellas regiones. Tan densa era la oscuridad, que no podía ver el suelo que pisaba, y no sentía, por lo tanto, la sensación del inmenso horizonte sino por los silbidos del viento de marzo, ráfagas inmensas que llegaban, como si cruzaran el mar, heladas de haber barrido leguas y leguas de tierra desprovistas de toda vegetación.

Nuestro hombre había salido de Marchiennes a eso de las dos de la tarde. Caminaba a paso ligero, dando diente con diente, mal abrigado por el raído algodón de su chaqueta y la pana vieja de sus pantalones. Un paquetito, envuelto en un pañuelo a cuadros, le molestaba mucho; y el infeliz lo apretaba contra las caderas, ya con un brazo, ya con otro, para meterse en los bolsillos las dos manos a la vez, manos grandes y bastas, de las que en aquel momento casi brotaba la sangre, a causa del frío. Una sola idea bullía en su cerebro vacío, de obrero sin trabajo y sin albergue; una sola: la esperanza de que haría menos frío cuando amaneciese. Hora y media hacía ya que caminaba, cuando allá a la izquierda, a dos kilómetros de Montsou, advirtió unas hogueras vivísimas que parecían suspendidas en el aire, y no pudo resistir a la dolorosa necesidad de calentarse un poco las manos.

Se internó en un camino accidentado. El caminante tenía a su derecha una empalizada, una especie de pared hecha con tablas, que servía de valla a una vía férrea; mientras a su izquierda se levantaba un matorral, por encima del cual se veía confusa la silueta de un pueblecillo de casitas bajas y tan regulares, que parecían estar hechas por el mismo molde. Anduvo otros doscientos pasos. Bruscamente, al salir del recodo de un camino, volvió a ver las luces y las hogueras ante sí, más cerca, pero sin que pudiera todavía comprender cómo brillaban en el aire, en medio de aquel cielo oscuro, semejantes a lunas veladas por el humo de un incendio. Pero acababa de llamarle la atención otro espectáculo a raíz del suelo. Era una gran masa, un montón de construcciones, en el centro de las cuales se erguía la chimenea de una fábrica; algunos destellos de luz salían de las ennegrecidas ventanas; cinco o seis faroles tristones y sucios se veían en el exterior, colocados en postes de madera; y de en medio de aquella aparición fantástica envuelta en humo y en la oscuridad, salía un fuerte ruido: la respiración gigantesca del escape de una máquina de vapor que no se veía.

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