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Biografía

Domingo Faustino SarmientoCuando el pistoletazo de Santos Pérez derribó a Facundo, el destino recogió sus ecos para que estallaran en la pluma de Sarmiento y se esparecieran sobre las conciencias argentinas, como solemne execración de la barbarie. Solamente él podía ser el elegido. Porque, maestro por antonomasia, cargó sobre sus hombros la tremenda responsabilidad de educar, cuando el cuchillo y la tacuara dictaban a su antojo la ley de la montonera. Su vida tuvo la dimensión de las montañas, la voracidad purificadora de la llama, la dureza del granito.

Domingo Faustino Sarmiento (San Juan, Argentina, 15 de febrero de 1811 – Asunción del Paraguay, Paraguay, 11 de septiembre de 1888), educado por un tío -el presbítero José de Oro-, desde los quince años vivió por su cuenta y riesgo. Peleó a capa y espada con la adversidad. Padeció destierros. Estuvo en Europa (1845 a 1848). Fue gobernador de San Juan, ministro plenipotenciario en los Estados Unidos (1865 a 1868), senador, ministro de Gobierno y de Interior, superintendente general de escuelas y Presidente de la República para el periodo 1868-1874.

Y fue, antes de todo, el más grande de los maestros argentinos; maestro de maestros, árbitro de los más graves problemas de la educación americana, arquetipo de educadores. Fundó periódicos: el Zonda, el Nacional -de Santiago-, el Progreso, el Heraldo Argentino, el Monitor.

Durante su mandato presidencial llevó a feliz término la guerra con el Paraguay, reformó la enseñanza, se sumergió entero en los torbellinos de su pasión civilizadora. Sarmiento está presente en el devenir histórico americano, con la majestad de su ejemplo.

En 1947 la Conferencia Interamericana de Educación estableció como Día Panamericano del Maestro al 11 de septiembre en homenaje a su fallecimiento.


Obras

Mi defensa, 1843.

Facundo o Civilización y Barbarie, 1845; Trata sobre el caudillo Facundo Quiroga.

Vida de Aldao, 1845.

Viajes por África, Europa y América, 1849.

Argirópolis, 1850.

Recuerdos de provincia, 1850; Autobiografía.

Campaña del Ejército Grande, 1852.

Memoria sobre educación común, 1856.

El Chacho, 1865; sobre el caudillo Ángel Vicente Peñaloza.

Las escuelas, bases de la prosperidad, 1866.

Conflicto y armonías de las razas en América, 1884.

Vida de Dominguito, 1886; sobre su hijo adoptivo, muerto en la Guerra de la Triple Alianza.


Estilo

De carácter muy franco, panteísta, colérico, agresivo, Sarmiento no podía menos que volcarse íntegro en su obra literaria, con pasión de montonero intelectual.

Se abrió camino por las abruptas soledades de la barbarie, blandiendo su pluma a manera de flamígera espada vengadora, bajo cuyo filo sucumbieron los tiranos, se deshizo la reputación de los caudillos y prosperó el ideal de progreso.

Todos sus escritos rebosan tremendas contradicciones, pintoresquismo popular, salidas campechanas de un humor nada agradable. Y detrás de cada giro, de cada descripción, de cada una de las semblanzas que él supo pintar con opulentos relieves, apunta la vehemencia incontrolada del constructor, la vocación del maestro.

Fue prosista, pedagogo y biógrafo famosísimo. La pobreza, el destierro, la sed abrasadora de superación, la obsesionante necesidad de enseñar, el horror instintivo por las dictaduras, fueron algunos de los muchos ingredientes que sazonaron su personalidad y la proyectaron en el campo de las letras con furioso envión de catapulta.

Sus obras completas suman 52 volúmenes, que fueron publicados en Buenos Aires por su nieto, Augusto Belín Sarmiento. Dichos trabajos comprenden biografías, apuntes de viaje, narraciones, temas de educación y sociología, artículos, crónicas de libros y de teatro, polémicas, discursos. Dos de ellos, particularmente, se destacan para la historia literaria: Facundo (1845) y Recuerdos de provincia (1850), que lograron rápida difusión.

Recuerdos de provincia es el más perfecto; su asunto historia la vida de algunas ilustres familias de San Juan, vinculadas a los Sarmiento; contienen varias biografías de sanjuaninos destacados, y un artículo sobre los indios huarpes. Una venerable figura, la de doña Paula Albarracín (Madre de Sarmiento), transita por las páginas de los capítulos autobiográficos, con la resolución, la serena altivez y la honda dulzura propias de las matronas provincianas.

Facundo -libro ya clásico en las letras hispanoamericanas- aventaja al anterior en profundidad y en pasión. Ahonda Facundo en la realidad física y social de la Argentina, interpreta y analiza el destino de una sociedad que, presa de violentas convulsiones, marcha hacia su definitiva organización institucional.

Se trata de algo más que de la biografía de un caudillo. Es una obra maestra de sociología, en tres partes, que abarca el aspecto físico de la geografía argentina, su influencia en los caracteres, hábitos de ideas, los tipos originales del país (el rastreador, el baquiano, el gaucho malo, el cantor), el pavoroso carácter de Facundo Quiroga, sus andanzas, sus guerras, su fin trágico en Barranca Yaco.

Lenguaje brioso y cálido, derroche de imágenes (algunas no muy originales), aguda observación y una fantasía capaz de triturar las limitaciones impuestas por el tiempo y la distancia, hacen de Sarmiento el escritor impetuoso, tenaz, despreocupado y quimérico, como un cruzado caballero de recia estampa legendaria.


Textos

Facundo

En un documento tan antiguo como el año de 1560, he visto consignado el nombre de Mendoza con este aditamento: Mendoza del valle de La Rioja. Pero La Rioja actual es una provincia argentina que está al norte de San Juan, del cual la separan varias travesías, aunque interrumpidas por valles poblados. De los Andes se desprenden ramificaciones que cortan la parte occidental en líneas paralelas, en cuyos valles están Los Pueblos y Chilecito, así llamado por los mineros chilenos que acudieron a la fama de las ricas minas de Famatina. Más hacia el Oriente se extiende una llanura arenisca, desierta y agostada por los ardores del sol, en cuya extremidad norte, y a las inmediaciones de una montaña cubierta hasta su cima de lozana y alta vegetación, yace el esqueleto de La Rioja, ciudad solitaria, sin arrabales, y marchita como Jerusalén, al pie del Monte de los Olivos. Al sur y a larga distancia, limitan esta llanura arenisca los Colorados, montes de greda petrificada, cuyos cortes regulares asumen las formas más pintorescas y fantásticas: a veces es una muralla lisa con bastiones avanzados; a veces créese ver torreones y castillos almenados en ruinas. Ultimamente, al sudeste y rodeados de extensas travesías, están los Llanos, país quebrado y montañoso, a despecho de su nombre, oasis de vegetación pastosa, que alimentó en otro tiempo millares de rebaños.

El aspecto del país es por lo general desolado, el clima abrasador, la tierra seca y sin aguas corrientes. El campesino hace represas para recoger el agua de las lluvias y dar de beber a sus ganados. He tenido siempre la preocupación de que el aspecto de Palestina es parecido al de La Rioja, hasta en el color rojizo u ocre de la tierra, la sequedad de algunas partes, y sus cisternas; hasta en sus naranjos, vides e higueras de exquisitos y abultados frutos, que se crían donde corre algún cenagoso y limitado Jordán. Hay una extraña combinación de montañas y llanuras, de fertilidad y aridez, de montes adustos y erizados, y colinas verdinegras tapizadas de vegetación tan colosal como los cedros del Líbano. Lo que más me trae a la imaginación estas reminiscencias orientales es el aspecto verdaderamente patriarcal de los campesinos de La Rioja. Hoy, gracias a los caprichos de la moda, no causa novedad el ver hombres con la barba entera, a la manera inmemorial de los pueblos de Oriente; pero aún no dejaría de sorprender por eso la vista de un pueblo que habla español y lleva y ha llevado siempre la barba completa, cayendo muchas veces hasta el pecho; un pueblo de aspecto triste, taciturno, grave y taimado; árabe, que cabalga en burros, y viste a veces de cueros de cabra, como el ermitaño de Enggaddy. Lugares hay en que la población se alimenta exclusivamente de miel silvestre y de algarroba, como de langostas San Juan en el desierto. El llanista es el único que ignora que es el ser más desgraciado, más miserable y más bárbaro; y gracias a esto, vive contento y feliz cuando el hambre no le acosa.

Dije al principio que había montañas rojizas que tenían a lo lejos el aspecto de torreones y castillos feudales arruinados; pues para que los recuerdos de la Edad Media vengan a mezclarse a aquellos matices orientales, La Rioja ha presentado por más de un siglo, la lucha de dos familias hostiles, señoriales, ilustres, ni más ni menos que en los feudos italianos donde figuran Ursinos, Colonnas y Médicis. Las querellas de Ocampos y Dávilas forman la historia culta de La Rioja. Ambas familias antiguas, ricas, tituladas, se disputan el poder largo tiempo, dividen la población en bandos, como los güelfos y gibelinos, aun mucho antes de la Revolución de la Independencia. De estas dos familias ha salido una multitud de hombres notables en las armas, en el foro y en la industria; porque Dávilas y Ocampos trataron siempre de sobrepasarse por todos los medios de valer que tiene consagrados la civilización. Apagar estos rencores hereditarios entró no pocas veces en la política de los patriotas de Buenos Aires. La logia de Lautaro llevó a las dos familias a enlazar un Ocampo con una señorita Doria y Dávila, para reconciliarlas. Todos saben que ésta era la práctica en Italia; pero Romeo y Julieta fueron aquí más felices. Hacia los años 1817 el Gobierno de Buenos Aires, a fin de poner término también a los odios de aquellas casas, mandó un gobernador de fuera de la provincia, un señor Barnachea, que no tardó mucho en caer bajo la influencia del partido de los Dávilas, que contaban con el apoyo de D. Prudencio Quiroga, residente en los Llanos y muy querido de los habitantes, y que a causa de esto fue llamado a la ciudad, y hecho tesorero y alcalde. Nótese que aunque de un modo legítimo y noble, con D. Prudencio Quiroga, padre de Facundo, entra ya la campaña pastora a figurar como elemento político en los partidos civiles. Los Llanos, como ya llevo dicho, son un oasis montañoso de pasto, enclavados en el centro de una extensa travesía: sus habitantes, pastores exclusivamente, viven en la vida patriarcal y primitiva que aquel aislamiento conserva toda su pureza bárbara y hostil a las ciudades. La hospitalidad es allí un deber común; y entre los deberes del peón entra el defender a su patrón en cualquier peligro aun a riesgo de su vida. Estas costumbres explicarán ya un poco los fenómenos que vamos a presenciar.

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