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Biografía

Boris PasternakEn la noche de un lunes, para ser más exactos a las 23:30, dejó este mundo Boris Pasternak, el hombre a quien muchos señalaron como traidor a la patria por el hecho de que una de sus novelas –Doctor Zhivago– desencadenó violentísimas polémicas entre los intelectuales del "mundo libre", que lo defendieron, y el Kremlin, que lo condenó.

Pasternak nació en Moscú. Desde muy niño se dedicó a la pintura y obtuvo después, como pintor, cierta nombradía. Se dejó seducir por las letras, con igual entusiasmo. Estudió filosofía en la universidad de Moscú y amplió sus conocimientos en la universidad alemana de Marburgo. No se opuso abiertamente al régimen político imperante en Rusia, pero evitó la actividad militar y se hizo sospechoso por su pasividad, por cuya razón tuvo que vivir muchos años en el destierro, refugiado en diversos países europeos.

Puede afirmarse que el Doctor Zhivago es una novela por partida doble, en mérito a los numerosos contratiempos que precedieron a su publicación. Pasternak supuso que podría editarla en su país y la remitió al periódico literario Novy Mir, después de que le fuera cortésmente rechazada por otros editores; el Novy Mir también se negó a aceptarla y comunicó al autor que el Doctor Zhivago jamás vería la luz en su país. Pasternak entregó su obra, entonces, al representante de una editorial italiana. Feltrinelli, el editor, juzgó la novela como una obra maestra y no vaciló en imprimirla.


Obras

Novelas: Doctor Zhivago (1957) y El salvoconducto (1931) (novela autobiográfica).

Poesía: El gemelo entre las nubes (1914), Por encima de las barreras (1917), Mi hermana la vida (1922), El segundo nacimiento (1932), En trenes de la mañana (1943), La vastedad terrestre (1945).

En 1940 realizó una versión de Hamlet, publicada ese mismo año.


Estilo

Frisaba Pasternak los 68 años cuando recibió el Premio Nobel de Literatura, por su novela el Doctor Zhivago. Hasta entonces solamente lo conocía muy poca gente como poeta lírico y filósofo. Desde el momento de su consagración, muchos volvieron sus ojos hacia él e investigaron sus antecedentes, que eran ciertamente brillantes. En 1917, cuando triunfó la revolución bolchevique, tenía ya fama de eximio poeta, gracias a un libro de versos, publicado en 1914. No era menor su prestigio en la novela, género en el que sobresalió con notoria personalidad, armonizando la pintura y la lírica con increíble audacia. Para 1935 tenía publicados numerosos libros y versiones al idioma ruso de las mejores obras de Shakespeare, Goethe, Shiller, Shelley y Verlaine. Su tarea implicaba muchos riesgos y lo exponía a caer en desgracia. Paulatinamente los editores suspendieron el interés que tenían por sus obras y muchos colegas le mostraron indiferencia, hasta que finalmente en 1953, tras la muerte de Stalin, Pasternak volvió a ser nombrado y reconoció su valor.

Durante su prolongado alejamiento de los círculos que frecuentaba, Borís Pasternak había dado forma a la que debía ser su obra maestra. Sólo algunos amigos íntimos conocían el tema y la intención de este trabajo, concebido con pasión de artista: en él se reflejaba toda una etapa de Rusia, analizada a través del arte. Ninguna posición política, ni la más mínima referencia a la estructura ideológica del estado, habían deformado la esencia puramente estética de esta novela excepcional. El Doctor Zhivago llegaba así, por vía de la más pura intención constructiva, a iluminar y esclarecer un lapso de 50 años de la vida rusa comprendido entre 1903, cuando Pasternak era un adolescente, y la muerte de Stalin.

El Doctor Zhivago es la novela de un médico idealista y humano que relata sus vicisitudes personales sin dejar de lado las duras experiencias revolucionarias por las que pasó su país. Cada página, hasta cada renglón, es un canto sublime que exalta la superioridad del individuo sobre las miserias que lo rodean.


Textos

Doctor Zhivago

Andaban, y al andar cantaban Eterna memoria. Los pies, los caballos y el soplo del viento parecían continuar el cántico cuando se detenían. Los transeúntes abrían paso al cortejo, contaban las coronas y se santiguaban. Los curiosos, metiéndose entre las filas, preguntaban:

—¿Quién es el muerto?

Y les respondían:

—Zhivago.

–¡Ah! Entonces se comprende.

—Pero no él. Ella.

—Lo mismo da. ¡Dios la haya perdonado!

Lujoso entierro. Transcurrieron los últimos minutos, contados e irreversibles.

El sacerdote, con el ademán de la bendición, arrojó un puñado de tierra sobre María Nikoláievna. Se entonó Por el alma de los justos.

Después comenzó una terrible carrera. Cerraron el ataúd, lo clavaron y lo bajaron a la fosa. Tamborileó sobre la caja la lluvia de las paletadas de tierra arrojada apresuradamente con cuatro palas, hasta que se formó un pequeño túmulo. Sobre él se encaramó un niño de diez años.

Sólo en ese estado de necia insensibilidad que suele producirse en los entierros solemnes puede parecer plausible que un chiquillo quiera pronunciar unas palabras sobre la tumba de su propia madre.

Levantó la cabeza y desde el túmulo abarcó con mirada ausente los desiertos campos otoñales y las cúpulas del monasterio. Contrajo levemente el achatado rostro y alargó el cuello. Si hubiese sido un lobezno el que levantara la cabeza con aquel ceño, hubiérase dicho que estaba a punto de aullar. El chiquillo se tapó la cara con las manos y prorrumpió en sollozos. Una nube que acudía hacia él comenzó a golpearlo sobre las manos y la cara con los líquidos azotes de un helado chubasco. Un hombre se acercó a la tumba; vestía de negro, y las mangas estrechas y ceñidas formaban pliegues en sus brazos. Era el hermano de la difunta y tío del chiquillo que lloraba, el sacerdote Nikolái Nikoláevich Vedeniapin, fuera de su ministerio a petición propia. Se acercó al chiquillo y se lo llevó.

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