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Biografía

Arcipreste de Talavera (Alfonso Martínez de Toledo)Bajo el emparrado del huerto, el buen Alfonso Martínez de Toledo (Toledo, 1398-1470?), más conocido como Arcipreste de Talavera, acomodaba una gran mesa, sobre la cual servía anchas lonjas de jamón añejo y un cestillo de frutas serondas. Frente al jarro de "bon vino" gustaba soñar mientras observaba con deleite las pequeñas cosas que hacen las delicias del mundo. Era un delicado sibarita; hombre de letras y misales; generoso consigo mismo y con su prójimo.

Las callejas le tenían encantado. Por ellas iba de buen talante, parlero y mordaz, en pos de lozanas mujeres, de galanes peripuestos para amar, de cadencias panteístas. Observaba todo, en tanto hacía una buena digestión. El mundo, contemplado al través de sus rosados espejuelos de optimista, se le presentaba ameno, tajante y digno de ser cantado. De allí que la maldad no tuviese cabida en su intención. Cuando quiso escribir una diatriba contra las mujeres malas y viciosas, o contra las complexiones de los hombres, trazó con su pluma de cigüeña el cuadro más animado y de colorido más justo de la mundanidad y la picaresca de su tiempo. Disfrutó de cargos y de honores; fue bachiller en decretos, capellán de Juan II de Castilla, racionero de la catedral toledana, arcipreste de Talavera y bibliófilo.

La fecha de su nacimiento se deduce de conjeturas y de notas agregadas por él mismo a sus escritos. Debió nacer en 1398, según su declaración de que en 1438, al terminar su Corbacho tenía 40 años. El sitio donde nació tampoco nos consta, aunque por su nombre (de acuerdo con la costumbre de entonces de añadir al apellido familiar de los graduados en alguna facultad, la designación del lugar natal) se cree que Toledo fue su cuna.

Probablemente fue en Salamanca donde se graduó de bachiller en decretos. Fue estudioso y obtuvo reputación de bibliófilo, aunque, andariego como era, mal se avino a la quietud de bibliotecas y de claustros. Entre 1420 y 1430 vivió varios años en Aragón; especialmente prefirió a Barcelona para paladear los néctares de la vida simple y festiva. Nada había para él más incómodo que el aburrimiento. Huyó, pues, del tedio de la vida provinciana y anduvo, ligero y curioso, por Valencia. Sus correrías lo acercaron a la realidad descarnada, pero no se rasgó los hábitos frente al pecado y la lujuria, sino que los reprobó con cierta graciosa manera de juzgar y de decir. Unió a la amenidad literaria un mensaje cristiano, como expresión de sus afanes moralizadores.


Obras

Su obra más importante es la llamada Corbacho o Reprobación del amor mundano (ed. 1548), que consta de cuatro partes. La primera es un tratado contra la lujuria, inspirado en Gerson; la segunda, una sátira mundana, cáustica y festiva, de los vicios, tachas y condiciones de las mujeres; las dos últimas partes (de menor interés) tratan de las "complisiones de los hombres" y de su disposición para amar y ser amados.

Hoy día, el Corbacho está considerado por algunos como un libro profundamente misógino.

Atalaya de las crónicas (1443) y Vidas de San Isidoro y San Ildefonso (1444) completan su producción.


Estilo

El arcipreste de Talavera, maestro de la sátira, bachiller en decretos, racionero de la ciudad de Toledo y capellán de Juan II, fue un famoso personaje de la prosa popular y costumbrista de la Edad Media española y el precursor más significativo de la novela picaresca, tan característica de nuestra literatura.

Vivió largo tiempo en los reinos de la corona de Aragón, sobre todo en Barcelona; tuvo aficiones de bibliófilo, pero ni los libros ni los cargos lo ataron demasiado a las sillas corales, más atento para la vida que bullía a su alrededor.

El lenguaje de sus obras, sin latinismos, es el vulgar de la gente del pueblo y trasmite una impresión directa de la realidad castellana; su prosa guarda el germen de la picaresca, que floreció en la Celestina y en el Lazarillo; pintó a la perfección las costumbres mundanas de su tiempo, bien enterado de los secretos de modas, trajes y afeites (es notable la descripción que hace del tocador de una dama); se solazó, al parecer, con las mismas malas costumbres que tan severamente criticó en sus trabajos.

Moralista satírico, prosista popular, pintor de costumbres domésticas, Martínez de Toledo dejó un libro imprescindible para la historia, y monumental para la lengua: el Corbacho. Dos formas estilísticas se advierten en el: la una, grave y sostenida, ni clara ni fácil; transparente, ágil, vivísima, la otra. La primera corresponde a la tendencia latinizante; la segunda, al habla vulgar, graciosa e intencionada.


Textos

Corbacho, o Reprobación del amor mundano

Cómo la mujer es envidiosa de cualquiera más hermosa que ella.

Envidiosa ser la mujer mala dudar en ello sería pecar en el Espíritu Santo: por cuanto toda mujer, cuandoquier que ve otra de sí más hermosa, de envidia se quiere morir. Y de esta regla no saco madre contra hija, ni hermana, prima ni parienta, que de pura malenconía muérdese los bezos, y la una contra la otra colea como mochuelo. Infinge de lozana, mas que no es por remedar a la otra; estúdiase en hurtarle los comportes, los aires de andar y hablar, pensando todavía que ella es más lozana: esto es por envidia. Y si la otra es blanca y ella baza o negra, dice luego: «¡Bendita sea a la fe la tierra baza que lleva noble pan! Más val grano de pimienta que libra de arroz». Pero si la otra es baza y ella blanca, aquí es el donaire. Dice luego: «Hallan las gentes que Fulana es hermosa. ¡Oh, Señor, y qué cosa es favor! No la han visto desnuda como yo el otro día en el baño: más negra es que un diablo; flaca que no parece sino a la muerte; sus cabellos negros como la pez y bien crespillos; la cabeza gruesa, el cuello gordo y corto como de toro; los pechos todos huesos, las tetas luengas como de cabra; toda uniza, igual, no tiene facción de cuerpo; las piernas, muy delgadas, parecen de cigüeña; los pies tiene galindos. De gargajos nos hartó la sucia, vil, podrida el otro día en el baño; asco nos tomó a las que ahí estábamos, que rendir nos cuidó hacer a las más de nosotras. Pues buena habla no hay en ella; donaire ni solaz buscadlo en otra parte; desfazada, mal airosa y peor aliñosa. Labrar por cierto esto no sabe; coser a punto grueso, hilar, pues, no delgado; no es sino para estrado. Mírenme las bellas; servidla, que de buenos viene; acompañadla, no vaya sola. Su abuelo el tuerto se lo soñó, y su padre Pero Pérez el zapatero, se la ganó tirando pellejos con los dientes. Pues, yo vi a su madre vender toquillas y capillejos; muchas veces vino a mi casa diciéndome si quería comprar albaneguillas la vieja de su madre. Y veréis su hija cuántos meneos lleva. ¿Quizá no sabemos quién es? ¡Pues quién se la ve allí arreada donde va, pues si viesen bien su casa, mal barrida, peor regada, de arañas llena, de polvo abondada! Y mírenme las bellas: ¡yuy, yuy, pues yuy, vistes y qué vistes, y si lo vistes, pues habrás qué contar! Hízonos Dios, maravillámonos nos.

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