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Biografía

Agustín de Rojas VillandrandoPocas novelas de acción tienen un personaje tan desenfadado, audaz, andariego e ingenioso como este madrileño espadachín, Agustín de Rojas Villandrando (Madrid, 1572 - Paredes de Nava, Palencia, antes de 1635).

Hijo de Diego de Villadiego y de Luisa de Rojas, Agustín nació en Madrid. Fue soldado en Francia, prisionero en La Rochela y, después de liberado, corrió en corso contra buques ingleses.

Años más tarde, en Málaga, protagoniza un curioso episodio: por motivos fútiles riñó con cierto viandante, a quien desafío sin más trámites. Cruzaron los aceros y fue don Agustín el más diestro; cayó su contrincante, atravesado el pecho de una certera estocada. Pronto acudieron los corchetes, que rodearon al matador con ánimo de llevarlo ante la justicia. Rojas, ni lerdo ni perezoso, huyó y buscó asilo en la iglesia de San Juan, donde, viéndose cercado, decidió entregarse al cabo de dos días de asedio. Gestionó el perdón, a cambio de los únicos trescientos ducados que poseía, y regresó a su casa.

En Valladolid, se casó con Ana de Areco (1603). Se había dedicado a frecuentar la compañía de cómicos y a ir, con ellos, escribiendo y representando comedias.

Aunque a ciencia cierta no se conoce la fecha de su muerte, Rojas debió de expirar en Paredes de Nava.


Obras

Escribió El buen repúblico, farsa de gobernantes, administradores y augures, que le valió las amonestaciones de la Inquisición, que prohibió la obra, su lectura y circulación, en mérito a su excesiva credulidad en materia de horóscopos.

Mejor suerte tuvo con el Viaje entretenido (1603), narración novelesca y dialogada con abundantes anécdotas y noticias teatrales.

Uno de los cuentos del Viaje entretenido (Soñar despierto) deriva de Las mil y una noches que inspira, a su vez, la única comedia conocida del propio Rojas: El natural desdichado.


Estilo

Pocos en Sevilla ignoraban la presencia del "caballero del milagro", mote que habían puesto a don Agustín de Rojas de quien en vano trataron de averiguar sus medios de vida y sus andanzas.

Don Agustín escribía, noche tras noche, sermones para los clérigos, a cambio de comida. Durante el día se le solía ver en las callejas, sucio y desarrapado, pidiendo limosna.

Su existencia constituye, por sí sola, una novela rica en aventuras, lances, desatinos y amoríos; la espada en una mano y el talego en la otra, se pavoneó, con aires de perdonavidas, a lo largo de España, diciendo y escribiendo comedias, reclamando fueros y títulos y liandose en duelos, de los que siempre salía bien parado.


Textos

Viaje entretenido

RÍOS.- Podré deciros yo agora lo que aquel nuestro amigo que, llevándole a enterrar un niño de dos años y consolándole algunos, diciendo que tendría quien rogase a Dios por él en el cielo, respondió: «no sé si tendrá tanta habilidad».

RAMÍREZ.- Mejor podréis decir lo que dijo el otro representante llevando a enterrar a su mujer, que preguntándole cómo no iba con ella al entierro, dijo: «Váyase esta vez así, que a otra, yo sé lo que tengo de hacer». Pero dejando esto, Solano, ¿de qué viene tan melancólico?

SOLANO.- Dejo en Sevilla la mitad de mi pensamiento, y no es justo que a quien tanto he querido, tanto desasosiego, enfermedad y lágrimas me ha costado, y a quien tanta merced me ha hecho, yo sea desagradecido.

RAMÍREZ.- Razón hay para ello; mas no sé si diga que tenéis mal gusto.

SOLANO.- ¿Pues qué tenía malo?

RAMÍREZ.- No más del rostro.

SOLANO.- ¿Por qué?

RAMÍREZ.- Porque era gordo.

SOLANO.- En los gustos no hay disputa.

RAMÍREZ.- Es verdad; pero eso no era bueno.

SOLANO.- Señor, yo busco las mujeres que lo sean de tomo y lomo.

RÍOS.- Así quiero yo el conejo.

SOLANO.- Para mi gusto han de ser frescas.

ROJAS.- Eso es bueno para los viejos, que como les falta potencia, se les va todo en manosearlas.

SOLANO.- Ahora yo digo, que la gorda es fresca de verano y tiene con que abrigarse un hombre en el invierno; tiene qué tomar y qué dejar, y no huesos con que herir. Y la vaca gorda hace la olla, y la gallina y el carnero ha de ser gordo para ser bueno, y yo confieso de mi mal gusto, que en no siendo la mujer abultada, chica y fresca, para mí no es buena.

ROJAS.- Señor Solano, la flaca baila en la boda, que no la gorda. Yo he hecho de todo experiencia, y digo que la mujer ha de ser alta, flaca y algo descolorida: esto es a mi gusto, que en lo demás no me entremeto, porque no son huesos para necios, ni porfiar en gustos es de hombres cuerdos.

RÍOS.- La mujer, señores míos, yo para mi traer, ni la quiero flaca que me lastime, ni gorda que me empalague, sino de buena suerte.

ROJAS.- Ése es tema de bobos, gusto de indianos, o voluntad de hombres recogidos, que por la mayor parte son enfadosos; que como les cuestan sus ducados, y se sirven de terceros, sacan más partidos que jugadores de trucos, pidiéndolas que sean limpias, muchachas, de buenos rostros, chicas de cuerpo, y no muy gordas ni muy flacas; y esto no lo piden por lo que gustan, sino por los dineros que gastan y por parecerles que aciertan.

RAMÍREZ.- Preguntábanle á un hombre no muy sabio (en un banquete) cómo no comía, y respondió: «No sé qué me tengo de unos días a esta parte que no puedo comer sino los lomos de los conejos o la pechuga de las gallinas».

SOLANO.- Y era bobo.

RÍOS.- Y pedía para los mártires.

RAMÍREZ.- Ése más me parece a mí que era bellaco.

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