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Biografía

Carl Verner Von HeidenstamCarl Verner Von Heidenstam nació en Olshamar, Suecia, en 1859. Desde edad temprana, a lo largo de sus infantiles correrías por los aledaños de su villa natal, sintió deseos de conocer algo más que los paisajes del terruño. Era aún muy joven cuando se lanzó en busca de su destino: fue al sur de Europa, donde vivió de aventura en aventura, entre pueblos hospitalarios, cuyas costumbres estudio y comprendió.

Su incesante deseo de recorrer, de vivir en compañía diferente, lo llevó a Egipto. En las largas travesías por el desierto, bajo el sol candente, frente a los silenciosos testigos de las pirámides, Heidenstam meditó en la riqueza de las tradiciones y complementó su visión personal de las cosas con una minuciosa versación sobre la historia de los países que recorría. Así, en cada excursión, en cada visita, fue madurando un colosal cuadro, enmarcado por diferentes y exóticas costumbres; paso a paso iba descubriendo cosas, hechos, creencias, expresiones dignas de ser narradas. Regresó a Suecia con este bagaje y decidió, sólo entonces, escribir. No iba a ser su literatura una fría sucesión de estampas aprendidas en los libros, sino la cálida, elocuente y difícil manifestación de episodios adquiridos tras el sacrificio y del afán por entender al prójimo.

Así nació su primer libro, Vallfart och vandringsar (Años de peregrinaje y vagabundeo, 1888), que le abrió las puertas de la popularidad. Trató preferentemente temas históricos. La novela que le dio mayor celebridad se titula Karolinarna, y consta de dos volúmenes. Su nombre deriva del de los bravos guerreros de Carlos XII, y abarca una recopilación de temas cuyo asunto gira en torno del héroe que encarnó el alma de Suecia en los tiempos modernos. Ambos volúmenes se publicaron entre 1987-98. Peregrinaciones de Santa Brígida (1901); La floresta susurra (1904) y la recopilación de su Poesía lírica (1915) completan su producción. En 1916 fue honrado con el premio Nobel de Literatura "en reconocimiento de su importancia como representante de una nueva época en la poesía de Suecia".

Falleció en Estocolmo, el 20 de mayo de 1940.


Obras

Vallfart och vandringsar (Años de peregrinaje y vagabundeo, 1888)
Hans Alienus (1892), novela alegórica
Dikter (Poemas, 1895)
Karolinarna (Los soldados de Carlos, 2 vols., 1897-1898), novela histórica
Nya Dikter (1915), poemas líricos


Estilo

Carl Verner Von Heidenstam, novelista y escritor, inició en la literatura sueca la corriente nacional. De este despertar surgirían temas hondamente expresivos, siempre llenos de interés por la búsqueda de lo tradicional. Froding, Selma Lagerloff, Karlfett y otros muchos poetas tomaron su ejemplo de agudo observador y, como él, bregaron por los gloriosos blasones de Suecia, inoculando en el pueblo el amor por los temas históricos.


Textos

Karolinarna

Las campanas de la iglesia de Narva se habían callado. En las brechas de las trincheras derruidas estaban tendidos los héroes huecos, sobre los cuales, y dando alaridos, se precipitaban los rusos para despojarlos. Algunos cosacos que habían cosido un gato vivo en un saco, continuaban armando algazara; pero el gigante Pedro Alejovitch, el zar, se abría un camino entre la multitud, en las calles, en los zaguanes, y golpeaba a sus propios soldados para castigar sus actos de crueldad.

Su brazo derecho estaba manchado hasta el hombro con sangre de sus súbditos. Estos, hartos de matanza, se reunían poco a poco, grupo por grupo, en la plaza y los cementerios de las iglesias. So pretexto de que los altares habían sido profanados por los infieles que allí había enterrados, los soldados se pusieron a profanar y a registrar los sepulcros.

Levantaban las losas de la iglesia con palancas, y abrían las tumbas con picos. Los ladrones despedazaban los féretros de plomo o de cobre, y echaban suertes para repartirse el dinero o las joyas. Las calles, en las que los habitantes habían arrojado brulotes ardiendo y tejas, durante el primer ataque, y en donde la sangre corría entre las piedras, quedaron algunos meses sembrados de osamentas y ataúdes enmohecidos. Los cabellos de algunos cadáveres habían crecido, de modo que pasaban a través de las tablas; otros habían sido embalsamados y se conservaban bien, aunque estuviesen ennegrecidos y resecados; pero, en la mayor parte de las cajas, gesticulaban esqueletos amarillentos, cuyo sudario había caído reducido a polvo. Furtiva y ansiosamente, los hombres buscaban alrededor, y en la sombra, leían sobre las planchas los nombres de un pariente cercano, de una madre o de una hermana. A veces veían como los profanadores echaban aquellos restos podridos al río. A veces, también protegidos por la noche, conseguían recogerlos y enterrarlos fuera de la ciudad. Así, veíase al crepúsculo, algún anciano o alguna vieja, que, ayudados por sus hijos o servidores, se deslizaban, sin ser vistos, llevando penosamente un féretro. Una noche, una banda de saqueadores vivaqueaba en uno de los rincones del cementerio. ¡Qué placer el de formar un gran montón de camas, de sillas, de tablas, que todo en fin, de lo que pudiese pensarse! Las llamas brillaron ante la claraboya del presbiterio. Alrededor de todos, los féretros estaban apilados unos sobre otros, y uno de los más elevados, cuyo fondo estaba entreabierto, dejaba ver el difunto tesorero, tendido a la larga, con su peluca de martillo sobre la cabeza y con aire de decir: "¡Haced el favor!: ¿con qué gente me había reunido?".

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